Íbamos los domingos a ver cómo se hacía la casa. Se hacía muy despacio, llevábamos la linterna para mirar los azulejos del baño, eran de color patito como habíamos pedido. Cumplieron, también cumplieron con la alfombra de la pieza y con el tamaño de la cocina.
Papá miraba una pared y yo estaba detrás.
– ¡Papá!.
– ¿Qué?
- ¿Viviremos acá?
- Sí Nico, aquí.
Quiso la vida o vaya a saber qué capricho del destino que nunca llegáramos a habitarla.
Todo comenzó cuando mi viejo quedó cesante como empleado de correos. Con sus cincuenta y ocho años se sintió un viejo. ¿Qué sería de nosotros? Cayó en una terrible depresión y no se levanto más.
Pasaron los años…
Un día caminando por San Telmo una casa me llamó la atención, mi curiosidad no se hizo esperar. Llamé, un anciano me atendió, hablé con él. Hacía mucho tiempo que vivía allí. “Pase usted” –me dijo. Entré, no podía creer lo que veía, estaba destruida, las paredes, los pisos, los muebles, todo arruinado.
Pero… al llegar al baño los azulejos, los que quedaban, eran de color patito.
Tito Miller©