“En busca del tiempo leído”, por Laura Devetach

Primera parte:

Los textos que nadie nos puede quitar

Quiero referirme a algunos aspectos del acercamiento a la lectura de ficción y poesía que no tienen mucho que ver con las relaciones “oficiales” propuestas para el abordaje a estos textos. Me refiero al reconocimiento y valorización de los orígenes, de las fuentes del tiempo leído con deseo, con gozo, sufrimiento, curiosidad, sobresalto. Me refiero a ese tiempo privadísimo que se logra transgrediendo algunas normas de la vida cotidiana institucionalizada. Un tiempo no cronológico durante el que nada se mide, ni se pesa, ni se ciñe a obligaciones. Suele suceder en lugares no convencionales y comienza con la vida misma, mucho antes de que aprendamos a leer la letra escrita.

Tiempo neto leído, me gusta llamarlo, –si tengo que hablar del que fuera mío– con sabor a fruta caliente, al inalienable tiempo de la siesta, o al de la noche, a escondidas y con linterna, o en el baño, o en la cama, o debajo de la cama. La cuestión era aislarse, sustraerse del espacio-tiempo lineal para deambular en los cuentos, en los poemas. Construir una burbuja, un lugar en el mundo sin nuestros adultos, aunque fuese ahí nomás, al lado, pero dejándolos afuera de esas búsquedas de los caminos de la libertad.

* * *

Para muchos chicos de mi generación, (finales de los años 30 y los 40) –y creo que para casi todos los chicos– la vida se iba llenando de palabras, de historias o de fragmentos de historias, ritmos y cadencias escuchados al vuelo. Historias contadas o, simplemente, cosas dichas sobre la vida cotidiana. Los chismes, los sucedidos, las narraciones de películas vistas o de las novelas por capítulos que salían en las revistas de la época, las poesías populares, las canciones. Y los repetidos estribillos del folklore familiar privado:

medio de pan

medio de criollo

seis facturas.

Repetido y repetido para no olvidar, hasta que se convertía en puro ritmo, en una pequeña canción. O las letanías maternales:

tendé la cama

peinate

llevá un saquito

comé todo.

Y nosotros remedando –esa palabra decíamos–:

llevá un sapito

llevá un coquito

llevá un ñañito

llevá un plopito.

O –Mamá, quiero ir a lo de la Nené.

–Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe.

–¿Qué es cántaro, mamá?

– (silencio musical)

–¿Qué es cántaro mamá? ¿El que canta–ro?

Y todo se repetía como en un ritual o en un juego

¿De dónde salen las palabras luminosas si no es de situaciones como esas? La literatura y el habla cotidiana se mezclaban en una oralidad no comprendida todavía. A veces, para nosotros, las palabras eran pura cadencia, tonos y tramas que nos decían muchísimas cosas misteriosas.

Lo escuchado vino de la mano del ritmo, del gesto, del olor, del afecto, del gusto. La palabra entraba por todo el cuerpo. Eran palabras con olor a humo, gusto a buñuelos, mandarinas verdes, ardor en los labios, un chirlo en la cola, moras calientes, la tonada de la región del Litoral, la fuerza o suavidad de una mano que nos ata el moño a la cabeza, el olor del mate que aún no tomábamos. Eran, son, palabras en el cuerpo.

Todo esto fundó un piso, inició un camino, preparó un espacio para los libros de cuentos y poesías que a algunos de aquellos niños que fuimos, por suerte, nos llegaron. A muchos otros no, ya se sabe. John Berger, escritor y pintor inglés que desde sus obras me ayudó tanto en estas indagaciones, dice: La elección de una palabra es como encontrar el lugar preciso del cuerpo que se quiere tocar con la lengua materna” .

Para eso hay que tener un sentido del cuerpo completo, del cuerpo en la realidad, que es la que nos ayuda a tener una identidad. Berger se ocupó también de la mirada como un instrumento para leer la realidad. Con su programa de la BBC en los años 70 que se llamaba “Modos de ver” ayudó a un inmenso público a apreciar el arte. Dice también: Creo, como creían los chinos, que lo que parece una creación no es sino el arte de dar forma a lo que se ha recibido .

Laura Devetach, escritora argentina, nacida en Reconquista, provincia de Santa Fe. Autora de “La torre de cubos”, “El brujo de los tubitos”, “La hormiga que canta” y “Así, así, asá”, entre otros numerosos e imperdibles títulos.

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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