“Dicha” por André Comte-Sponville

Se cree, a veces, que consiste en la satisfacción de todos nuestros deseos. Pero, si tal fuera el caso, jamás seríamos dichosos, y nos veríamos obligados, ¡ay!, a ser kantianos: la felicidad sería “un ideal, no de la razón, sino de la imaginación”. ¿Cómo podrían satisfacerse todos nuestros deseos si el mundo no nos obedece y, casi siempre, no sabemos desear sino lo que nos falta? Esta felicidad es sólo un sueño, que nos impide alcanzarla.
Otros quieren ver en ella una alegría continua o constante. Pero ¿cómo la alegría -que es paso, brote, turbulencia- podría serlo?
La dicha no es la saciedad (la satisfacción de todas nuestras inclinaciones), ni la felicidad (una alegría permanente), ni la beatitud (una alegría eterna). Implica la duración, como había visto Aristóteles (una golondrina no hace verano, ni un solo día la felicidad), y en consecuencia también las fluctuaciones, los altos y los bajos, las intermitencias del corazón, como en el amor, o del alma… Ser dichoso no consiste en estar siempre alegre (¿quién puede estarlo?), ni en no estarlo jamás: es poder estarlo, sin que se tenga para ello necesidad de que algo decisivo suceda o cambie. Que se trate de una posibilidad deja lugar a la esperanza y al temor, a la privación, a lo aproximado… que la distinguen de la beatitud. La dicha pertenece al tiempo: es un estado de la vida cotidiana. Estado subjetivo, por supuesto, evidentemente relativo, cuya existencia incluso se puede negar. Pero quien ha conocido la desdicha no comete tales ingenuidades y sabe, al menos por contraste, que también la dicha existe. Confundirla con la felicidad es ponerla en entredicho. Con la beatitud, es renunciar a ella. Pecados de adolescente y de filósofo. El sabio no es tan tonto.
Se puede llamar dicha, en todo caso es la definición que yo propongo, a todo lapso de tiempo en que la alegría se percibe, incluso retrospectivamente, como inmediatamente posible. Y desdicha, a la inversa, a todo lapso de tiempo en que la alegría parece inmediatamente imposible (en que no se podría ser alegre, ése es al menos el sentimiento que se tiene, si ningún acontecimiento decisivo cambiara el curso del mundo).
Porque se trata de una alegría únicamente posible, la dicha es un estado imaginario. ¿Es darle la razón a Kant? No necesariamente. Porque eso no impide ser dichoso (es un estado, no un ideal), ni alegrarse (lo real forma parte de lo posible), e incluso es ya un motivo para ser dichoso (lo imaginario forma parte de lo real) y regocijarse (¡qué dicha no ser desdichado!). Así, la alegría es el contenido -a veces efectivo, a veces imaginario- de la dicha, del mismo modo que la dicha es el lugar natural de la alegría. Es una especie de joyero: el error consiste en buscarla por sí misma, cuando sólo vale por la perla que contiene.
El error consiste incluso en buscarla simplemente. Es esperarla para mañana, donde no estamos, y privarse de vivirla hoy. Ocúpate mejor de lo que verdaderamente cuenta: el trabajo, la acción, el placer, el amor, es decir, el mundo. La dicha, si se da, se dará por añadidura, y, si no se da, la echarás menos en falta. Es más fácil de alcanzar cuando uno ha dejado de ocuparse de ella. “La dicha es una recompensa -decía Alain- que se les da a los que no la habían pretendido”.
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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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