“La carta”, por Roberto Mendiondo

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Te escribo por hacerlo.
Yo sé que lo que cuento
ya lo intuyes,
lo presientes ¿lo sientes?
Soy una mujer rota.
Ahora ya lo sabes.
Por años te esperaba,
aún sin conocerte.
Las mañanas pasaban
entre retos y mimos.
Las tardes se perdían
entre juegos.
Y en las noches soñaba
con tu rostro.
Más mañanas pasaron,
con carpetas y estudio.
Más tardes ya sin juegos,
con trabajos y llantos.
Y en las noches de miedo,
soñaba con tu rostro.
Hubo otras mañanas
ya sin padre ni madre
seguidas de otras tardes
con trabajo y sin llanto
(lo había gastado todo).
Por las noches, de nuevo,
soñaba con tu rostro.
Y me tranquilizaba.
Después nos conocimos
y te esperé por meses…
Agoté mis recursos
para que me miraras.
A que te decidieras
orienté mi trabajo.
Y al final, al lograrlo,
soñé que era dichosa.
Porque tu rostro por fin
estaba ahí.
Y luego – estando juntos –
te esperé tanto tiempo.
No importaba el trabajo
que era mucho,
la ausencia de proyectos.
Ni siquiera importaba
que tuvieras tu mundo.
Mundo aparte. De hombres.
¿Sólo de hombres?
¿Para qué ver fantasmas?
El dinero faltaba;
no importaba.
Los niños exigían;
no importaba.
Porque tu amado rostro
estaba ahí. A veces.
Fui una mujer entera.
Trabajé, amé, crié,
crecí mientras amaba;
envejecí al amarte.
Un día al despertarme
tu rostro ya no estaba.
Y pasaron mañanas
de amargura y trabajo,
y tardes agobiantes
de trabajos e hijos…
Y noches trabajando,
sin dormirme…
Para que el pan alcance
y para no soñarte
no soñar con tu rostro.
Otras mañanas luego,
algo más descansadas.
Otras tardes sin hijos
pues crecieron; se fueron.
Otras noches sin sueños,
insomnio voluntario.
Hoy me enteré que has muerto
y por eso es que escribo.
Por tus años de ausencia
soy una mujer rota.
Te juro: no me alegro
pero me tranquilizo.
Ahora (en tu estado)
no estás en condiciones
de volver a dejarme.
Casi afectuosamente…
- la firma no se entiende,
pero tiene postdata –
Hoy dormí, dormí mucho,
y no soñé con nada
ni con nadie.

Roberto Mendiondo©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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