“Identidad vs. diversidad”, por Jimena Escalante

Yo soy la persona menos adecuada para hablar de identidad. Y por varias razones.
La primera: De niña crecí en un lugar singular: un edificio donde los habitantes componíamos una geografía única. Mis vecinos no eran cualquier cosa. Eran -en su mayoría- exiliados de distintas partes del mundo y, también, de distintas ideologías.

diversidad Frente a la ventana de mi cuarto se veía la ventana de una anciana. Era alemana y loca. Todas las tardes -a la misma hora- gritaba un monólogo inteligible en alemán y sin armonía. Nosotros, los niños, interpretábamos que eran las historias que ella había vivido con los nazis. La primera vez que escuché la palabra “nazi” ya tenía cara: la de una anciana. Me obsesioné con ella, la observaba en secreto, hasta que se dio cuenta y decidió arrojarme objetos: su plancha, sus zapatos, ceniceros… la palabra “nazi” tenía para mí una emoción en su significado: furia.

Mis mejores amigas eran mitad mexicanas – estadounidenses. También eran bipolares. Una pelirroja y otra rubia. Cuando se peleaban hablaban en inglés; de modo que el aprendizaje de mi segundo idioma se aceleró gracias a ellas, sólo por el morbo de saber qué dicen unas hermanas que pelean. El país vecino no era para mí un mapa en el libro de la escuela; eran ellas, la cara de mis amigas bipolares.

Admiraba a las novias chilenas de mis hermanos, que fueron sus primeras novias, y en realidad no eran hermanas, eran medio hermanas. Hijas de un escritor que cambiaba de mujer cada década y, por eso, ellas se acomodaban tan bien con mis hermanos. Las cuñadas chilenas me enseñaron mis primeros coqueteos con la feminidad; por lo que siempre agradecí al país Chile la forma en que se dicen secretos a los novios o se deben rizar las pestañas o cómo, hasta hoy, me pinto los labios.

Mi segunda madre era argentina. Segunda madre porque me adoptó: era una famosa actriz que ya veía en mí el gusto por el drama. Su hija, la única hermana que he tenido y ya no tengo era, obvio, argentina. Me cayó del cielo una hermana argentina. Así que, de pronto, me volví erudita en marcas de dulce de leche, caras y nombres de futbolistas y acepté a muchos parientes que nunca supe quiénes fueron ni lo sabré. La mitad de la semana dormía en mi casa “auténtica”, y la otra mitad dormía en mi casa “adoptada”, con mi otra madre y mi otra hermana. Me enseñaron a amar a la familia, aunque no esté a tu lado.

Mi primer enamorado era francés – mexicano. Los padres de mi enamorado tenían en su departamento una pequeña Francia: moverse en el interior de esa casa era como visitar otra ciudad, otro idioma, otros sabores, otros gustos, otras conversaciones, más libertades. Ah… a todos los niños nos gustaba ir a esa “Francia” donde podíamos quedarnos despiertos toda la noche -entre otras libertades prohibidas en la infancia- y comer chocolate a lo bestia.

En la esquina del edificio había una repostería libanesa. El dueño, un pastelero muy sexy, además de hacer unos dedos de novias exquisitos –supongo que gracias a las múltiples novias que tenía en la cuadra-, leía el Corán a quien tenía tiempo de tomarse un café turco con su pastelito. Era musulmán y su cultura árabe nos cautivó a muchos. Leía cuentos de Rumi, fue mi precoz contacto con el sufismo.

Había en el edificio un sector muy importante de catalanes. Muy gritones y peleoneros. Se vestían de negro. Recuerdo algunas parejas de homosexuales. Una adolescente marimacha. Y al poeta alcohólico. Imposible olvidar a toda la población de comunistas. Imposible olvidar a los hippies y el olor a marihuana. Imposible olvidar al gitano con su oso bailarín que pernoctaban en la cantina; un lugar prohibido porque era oscuro y me daba miedo.

También teníamos vecinos judíos. Muchos de ellos ancianos. Pero sus nietos, que venían de visita, se hicieron amigos de nosotros; todos esos niños que moríamos por probar sus sopas, pues los olores de sopa que salían de sus casas eran únicos. Una mujer inglesa, un tanto aburrida, tenía un negocio de estambres y daba clases de tejido, a las que íbamos las niñas. Imposible olvidar a las hermanas polacas que usaban minifaldas y cada vez que salían de su casa algunas ventanas se poblaban de caras de hombres que, casualmente, se asomaban para ver cómo estaba el clima. Había una familia de Sonora y la madre hacía unas tortillas de harina suculentas. Una familia de mujeres otomíes trabajaban en diversos departamentos y entre ellas hablaban otomí.

Además de vecinos…. tenía padres. Mi madre es española. Los domingos la pasábamos en la casa de mis abuelos, exiliados de la Guerra Civil. Esas comidas eran todo un recorrido por los refranes que aún hoy me son útiles: “me cago en la leche de los mexicanos”, “que muera Franco”, “aquel es más feo que pegarle a Dios” y “las cosas son claras y el chocolate espeso”. Mis abuelos, tíos y toda la familia española nunca dejaron España: aunque vivieron años en México, sus hábitos, creencias y lenguaje no llevaron el ritmo de la realidad. Vivían en una complicada anacronía, que nunca mejoró.

En cambio, en la familia paterna son mexicanos, muy tradicionalistas y conservadores y nunca aceptaron ni a los españoles ni a los argentinos, ni a los chilenos ni a nadie que no formara parte de su clase o su círculo social. Con ellos, entendí la verdadera dimensión del concepto “gachupín”; o la dimensión de la palabra “xenofobia”; o cómo el racismo es una complicidad que se expresa plena de humor en las sobremesas.

Mis padres estaban divorciados y en la misma época decidieron, cada uno por su cuenta, casarse por segunda vez. Mi mamá se casó con un peruano. Mi papá con una panameña. Nosotros, los hijos, creíamos que nuestros padres competían por sumar nacionalidades a sus vidas amorosas, hábito que siguieron usando en sus sucesivos matrimonios.

Nosotros, los hijos, pasábamos temporadas en los países de sus parejas; lo cual no fue nada difícil para nosotros que, sin movernos de nuestro edificio, ya habíamos viajado a distintas partes del mundo, hablábamos otros idiomas y nuestros paladares estaban cultivados en la diferencia de los sabores.

“Los otros”, “lo diferente”, “los de allá” , “los que llegan”, “los extranjeros”, “los pinches gachupines”, “la leche con los mexicanos”, “explícame qué es tantito o qué es ahorita”, “puaj las tortillas”, “tan cerca de los gringos y tan lejos de Dios”, “no es mi país/sí es mi país”, “¿de dónde soy?”… etc., eran frases y experiencias tan cotidianas como lavarse los dientes.

Entonces: está claro que no soy la persona adecuada para habar de la identidad. Lo poco que sé de mí lo adquirí en la diversidad. Lo que sé de la historia de México son episodios de guerras o de anhelos por crear una idea de lo que podría ser una identidad, siempre fragmentada. En todo caso, soy adecuada para defender la diversidad, que es lo que conozco y en donde me siento fuerte.

Tengo un mapa que describe la geografía de mi diversidad:

Catálogo de mis “primera vez”:

Primer insulto recibido y aprendido: España.
Primera conciencia de clases sociales: México.
Primer maquillaje en el rostro: Chile.
Primera noción de una guerra: Alemania.
Primera infatuación con una diva: Argentina.
Primer beso: Francia.
Primera lectura de mano y primera sensación del dolor ajeno: gitanos.
Primer medio hermano en la familia: Panamá.
Primera varicela: Perú.
Primera idea de poesía: Líbano.
Primera vez en oír que alguien grita al prójimo: Cataluña.
Primera experiencia bipolar: Estados Unidos.
Primer morbo hacia la cocina del vecino: judíos.
Primera definición de comunista: alguien que usa suecos.
Primer suicidio: un poeta alcohólico.
Primer tabú normal: la homosexualidad.
Primer ataque de pánico: un avión de madrugada.
Etc.

Durante muchos años eso fue lo que yo creía que era México: un lugar donde los lunes, podía ser argentina. Los martes, chilena. Los miércoles, mexicana. Los jueves, gringa. Los viernes, francesa. Los sábados, comunista. Los domingos, española… alguna tarde musulmana, otra judía y otra católica o actriz o poeta o lo que se presentara… y así. Hace unos días, al caminar por las calles de mi edificio de la infancia reconocí algunas personas y reconocí los cambios: ya no existe la cafetería del libanés, pero en su lugar hay un restaurante italiano; los hijos de mi hermana argentina son llamados argenmex; los hijos de las chilenas son historiadores de la historia de México; la enfermera de la vieja alemana sigue siendo enfermera pero de otra vieja; los homosexuales siguen juntos; los franceses murieron pero sus nietos estudian en el Liceo Franco Mexicano; los comunistas se volvieron ricos y ahora son bohemios que viven de sus rentas; los nietos de catalanes van al Colegio Madrid; las gringas tienen a sus hijos en el Colegio Americano; las polacas se perdieron pero reaparecieron en Facebook; los judíos tienen más departamentos; el local de la inglesa es una papelería con servicio de fax e Internet; los hippies tienen muchos nietos porque no les sirvieron las pastillas anticonceptivas; mis padres se volvieron a divorciar y a casar y a divorciar; al lado de la tortillería hay un restaurante chino y al lado del restaurante chino hay un argentino y al lado del argentino una tintorería que es atendida por la misma familia desde hace 40 años… En unas cuadras: lo pasado y lo presente, la tradición y la vorágine de la red, los extranjeros y las familias tradicionales, mestizajes de todo tipo… y el viejo edificio sigue ahí. En medio de la Ciudad de México, que es una identidad totalmente distinta a lo que llamamos país México. Es una ciudad plagada de exilios. Políticos, ideológicos, económicos, culturales, civiles, raciales… espirituales.

*

La otra razón por la que no soy adecuada para hablar sobre la identidad pero sí para defender la diversidad es que me dedico a la dramaturgia: esa herramienta que la ficción ha elaborado para describir la fractura de la identidad. Vivo cotidianamente sumergida en el océano de los personajes dramáticos que son, todos, apátridas, refugiados, exiliados, escindidos, bipolares, renegados, excéntricos, solitarios, abandonados, excomulgados…. Y, ahora que escribo esto, pienso: ¿no son todos estos personajes, los grandes paradigmas de la literatura dramática, un fiel retrato de mis vecinos de la infancia?, ¿no son como la gente que camina por las calles de mi ciudad… diversa y sin una, sino múltiples identidades?, ¿buscar entender una identidad, para qué?… ¡Si ya tenemos varias: una para cada día de la semana!

Jimena Escalante©

Fuente: http://www.casarefugio.com/

About these ads

Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

2 respuestas a ““Identidad vs. diversidad”, por Jimena Escalante

  • Mercedes

    Entretenido relato engancha al lector.
    Un saludo.

  • Maia

    “Para que la vida circule y devenga hay que poner en movimiento el territorio, emprender líneas de fuga, desterritorializarse” Gilles Deleuze (París, 18 de enero de 1925 – París

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 298 seguidores

%d personas les gusta esto: