“De por qué se pierden los paraguas”, por Héctor Álvarez Castillo

arbol-paraguas Están los que por error consideran al incipiente extravío de paraguas consecuencia de la distracción y el embotamiento, cuando un sincero análisis nos revela que, a semejanza de la mayoría de los accidentes y de las fatalidades, éste también se debe a la desorganización en la que, tontamente, nos pasamos la vida.

El desorden proviene de causas de toda índole, desde las naturales hasta las artificiales y humanas. Desde los tiempos de nuestros ancestros, destino es el vocablo más acabado que hemos acunado para relacionar fenómenos a nuestra percepción singulares. No son pocos estos, pero deténgase y piense: ¿Por qué los días son cambiantes? ¿A qué se debe que uno no sepa a qué atenerse cuando abandona temprano el hogar y regresa a altas horas de la noche? ¿Por qué hace frío o hace calor al antojo de las horas? Aunque a usted le cueste creerlo, ahí comienzan, irremediablemente, los extravíos del paraguas. (En esto vamos a ser platónicos: hay un solo paraguas que es el mismo paraguas que perdemos todos nosotros una y otra vez, y que alguien encuentra, sonríe y presuroso pasa a guardarlo en su armario. No hay más paraguas que la idea del paraguas.) Si fuésemos ordenados, si en el mundo algo funcionase cómo Dios manda, a una mañana sin agua, le seguiría una tarde y una noche sin agua, y a un amanecer con llovizna y chaparrones lo continuaría una tarde y una noche con llovizna y chaparrones. Sea sincero, con agua cayendo del cielo quién deja de pensar en su paraguas. Nadie. Y ahí está la pregunta clave: ¿Por qué usted pierde anualmente uno, dos o más paraguas? Porque no nos ponemos de acuerdo en nada, ése es el secreto. Si nos organizáramos y resolviéramos que un día de lluvia es un día de lluvia y un día de sol un día de sol, usted no tendría, siquiera, oportunidad alguna de olvidarse el paraguas en el colectivo, subte o tren. En los cafés no se verían colgando de las sillas paraguas que no son de nadie y que entusiasman miradas anónimas. Usted en medio de la lluvia jamás va a estar distraído al punto de extraviar la herramienta salvadora. Día de sol es día de sol, día de lluvia es día de lluvia. Hay que tener en claro esa dicotomía y no andar con modernas tergiversaciones de la moral. Sólo así seremos salvos.

Recuerde usted cómo era en China, en la época dorada del Imperio. Ahí las cosas funcionaban como se debe. El Emperador era Emperador, el obrero, obrero y el capataz, capataz. Gracias a estas sutilezas se pudo construir esa gran muralla china de la que todos ahora se llenan la boca. En esos lejanos años los obreros chinos usaban una breve sombrilla los días de tormenta y llovizna. La sombrilla, luego denominada paraguas, tenía un diámetro que oscilaba entre noventa centímetros y el metro veinte. Era de color oscuro para los obreros menos calificados e iba atenuándose según la jerarquía en la construcción. Y, por destacamento de soldados obreros, existía una gran sombrilla o sombrilla mayor preparada para proteger cuadrillas enteras de obreros y al capataz. Ésta -debido a su extenso diámetro, cercano a los ocho metros- era transportada y sostenida por uno o dos chinos alimentados especialmente para esa tarea. ¿Dónde guardaban los chinos estos implementos en los días de sol? Ésa es otra clave, ahí cuando llovía, llovía y cuando no, no. Y estos rudimentos pasaban a la custodia de seres especialmente adiestrados para esas tareas, que los dejaban, cuidadosamente, uno al lado del otro en ocultas cavernas construidas a la vera de la gran muralla, sitios que han alcanzado pocas manos y ojos desde aquellos lejanos años. Pero eso es otra historia y no debemos mezclarnos y confundirnos y hablar de uno y otro tema, todos, al mismo tiempo. Ésa no es nuestra intención, esos no son nuestros hábitos.

Héctor Álvarez Castillo©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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