“Un tapete de cultura…”, Lorena Pérez Quan

Ahhhhhh Puchis!!!!

Es la expresión reina del enojo. De un niño… de un joven, de un adulto. Y es lo que aprendimos a decir, por no decir otras cosas. jajaja.

El ¡Ah Puchis! del guatemalteco es no dejarse atropellar por algo o por alguien que quiera quitarle lo que es de él. Es "alegarle" a la madre cuando nos manda a hacer algo que no queremos (siempre y cuando no nos escuche, jaja). Es expresar nuestro enojo moderado ante una situación que nos parece… desde chiquitos… jejeje.

Chuchoooooooooooooooooooooos!!!!

En Guatemala, todos tienen chucho… (menos yo)… Chucho es como familiarmente le decimos al perro… a cualquiera… el chucho de la familia… el chuchito de mi vecina… el chucho de enfrente, y sucede que últimamente, mientras más pequeño, mejor… será que ya no cabemos y necesitamos ser prácticos.

Mi chucho favorito ha sido, fue y siempre será el chihuahueño… por lindo, por chiquito, por práctico y por enojado… me encantan… Pero he tenido de muchas razas, y tamaños… Pastor Alemán, Cocker Inglés, Salchichita (dackel), Eléctrico (o sea… el corriente… el de la calle), en fin… Pequineses (con mi abue siempre habían un puño)… Y les ponemos nombres increíbles… (mis dos chihuahueños se llamaban Campeón…) otro que conocí se llama Taco… la última… la de mis sobrinas se llama Stacy Malibú… jajajajaja… que creatividad por diossssss…..

El chucho es indispensable para nosotros… es el otro hijo, el hermano, el compañero… el que se duerme en la cama… Yo quiero uno… pero me lo estoy pensando bien… es mucha responsabilidad, jejejeje…

El jabón de coche

No se si le dicen de "coche" porque huele a mil demonios, porque se ve feo… o porque realmente utilizan alguna parte del cerdo para hacerlo. Yo solo me recuerdo que era una tradición de mi abuela paterna, tener jabón de coche en la casa.

Era como un ritual. Era de esas teorías híbridas de cosas que no puedes dejar de hacer. Lavarse el pelo con jabón de coche lo ponía más bonito. (Seguro… gracias a Dios yo era pequeñeja, y no tenía novio que me oliera el cabello), seguro era bueno… yo nunca lo comprobé… mi pelo siempre fue rebelde. Lo que si era seguro, es que los calzoncillos de mi padre y mis hermanos, siempre salían blancos relucientes.

La Alcancía

tecolote Las alcancías para guardar sus fichitas (moneditas), era lo que nos decían las abuelas cuando nos regalaban una, la más popular… "la del tecolote" (tecolote= búho), esa era clásica… también existían los cochinitos con las mejillas coloradas, y las de perro bóxer… El ajo gigante, o el banano gigante… todas con un denominador común… ¡no tenían por donde sacarles la plata!

Entonces nos tocaba acostarnos en la cama, y con un cuchillo "puyarles" por donde entraban las monedas y si teníamos pulso… y buena suerte, lográbamos sacar unas fichas… para ir a la tienda. O para comprar las estampitas del álbum de moda. O para echarnos una Coca bien fría.

Yo me las ganaba en la feria… la de Esquipulitas, que se hacía cada 15 de enero… me encantaba jugar a todos los jueguitos que ponían, y cada premio… era una alcancía… (que luego mi madre desaparecía como por obra de magia)… Eran de barro, con pintura de colores muy brillantes.

Siempre escogía la misma… la de tecolote…

El ratón
A todos nos llegó el momento de estar "cholcos" (sin dientes) y quizás uno de los consuelos era el "señor ratón" al que le dejábamos el diente bajo la almohada… y al otro día una "choca" (moneda de veinticinco centavos) aparecía… habían quienes eran mas suertudos… les daban de a billete…

El Atol de Elote

No hay tarde de sábado más bonita que esa que te tomas el tiempo para ir con los amigos a tomarte tu atol de elote… a la Avenida de las Américas… o a San Lucas…

Te sientas en los banquitos de la vendedora, miras con ansias como llena el vasito de vidrio, después de que abre el canasto, rodeado de miles de nylons… y rebozos (para que no se enfrié el atol) y te lo sirve con un cucharon… y te quedas esperando que saque la bolsita de granitos de maíz, que le espolvorea cuando ya te lo ha servido… y te entrega el vasito lleno con ese elixir de dioses….

Acá no se usa cucharita, se va todo para dentro, a sorbitos, y cuando llegas a los granitos, los masticas con deleite porque le dan ese sabor especial a la bebida, sin granitos, el atol… no es de elote…

La grapete

grapeteSi le preguntás a un niño guatemalteco, su sabor favorito… seguro todos dicen UVA. La grapete es el "agua" que la mayoría preferíamos… antes que la Coca y que la Pepsi… siempre en mi casa habían grapetes… era su sabor, una mezcla de las picardías infantiles, y la novedad de descubrir y preferir cosas que no eran las usuales.

Habían unas chiquitas que les llamaban "grapetías" de esas no me acuerdo… pero mis tías y mi mamá si se acuerdan bien… siempre el "agua" en envase de vidrio… nunca latas… y juntábamos las "tapitas" para hacer trabajos manuales… o para coleccionar promociones…

Ahora las siguen vendiendo, en lata, en doble litro y en megas… pero para mi la más rica, siempre será aquella que de niña… me compraba con mi "domingo"… acompañada de una buena bolsa de ricitos o picarones.

Regáleme una agua

Vas a la tienda y le pedís al tendero "una agua", una coca, una pepsi… la que sea… pero le decís "regáleme una agua porfa"…

No creo que en ningún otro país del mundo te entiendan esta expresión… así somos los guatemaltecos, amigables… dulcitos… pidiendo de a regalado cuando en verdad es comprado…

Sextear

lasexta Antes… cuando no habían malls… ni mucho poder económico… cuando éramos patojos pues… la diversión de todos era ir a sextear… la Sexta Avenida, era el lugar in… donde encontrabas lo mejorcito… el Cine Lux…, el Fu Lu Sho… el Centro Capitol. Por ahí pasábamos cuando veníamos del cole… y nos metíamos todas a Mac Donalds, a pasar el rato… porque desde ese día que lo abrieron, hasta casi el día de hoy… las papitas eran las mejores…

En la sexta salías a pasear de la mano con el novio, y tu mamá te llevaba ahí… al almacén El Cairo a comprar las telas de tus vestidos importantes… Que georgette, que si po de sua… o Satín… carísimas, eso si… y si tenias hambre te metías al Macarone y pedías una oferta de tres pedazos de pizza y un agua por un quetzal…

Todo era un caos desordenado, de rótulos, almacenes de vitrinas atractivas, a un costado el parque central y el Pasaje Rubio… el Portal del Comercio marcaba el inicio… la Empresa Eléctrica en una esquina… y cuadras y cuadras para caminar y perderse en la nada, como buen grupo de patojos colegiales… que andaban buscando traído… o traída… en la sexta avenida…

El domingo

El domingo no era el día… así le llamaban al dinero que nos daban para gastar los papás si nos portábamos bien toda la semana… "vengan, les voy a dar su domingo", y pues nos lo daban, cinco len… nos alcanzaba para todo… dulces de a cuatro por len… chicles en forma de cajetillas de fósforos… un chocolate granada, o un crispin, o un layer de la Sharp… jajaja era nuestro paraíso personal… algunos lo guardaban bah… así no se disfrutaba!!!

El domingo en la casa… y el caldo de res

Llegan todos y cuando vas pasando el umbral de la casa de la mama… sentís el olorcito a carnita, cilantro y verduras… el estomago se te altera, la tripa te ruge… y querés sentarte ya… con tu muñeco de tortillas, el limón, la sal, el chilito, la cuchara y para adentro… ahh… mama por favor páseme un aguacate!!! para echarle a mi caldo!!!

Lorena Pérez Quan©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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