“Mi kibutz”, Fefa Martí Maldonado

Hay un capítulo de “Rayuela”, ahora no recuerdo cuál es, lo miraré si quieres, en el que Horacio hablaba del kibutz, ¿te acuerdas tú? Pero no del kibutz como espacio físico, no como algo real, sino como concepto, como imagen de lugar en el mundo, del lugar que cada uno está destinado a ocupar.

A estas alturas tampoco te sorprenderá si te digo que anda por ahí un cuento, no totalmente adolescente pero casi, en el que se habla del tema. Lo encontré el otro día, rebuscando en papeles viejos, y recordé aquella idea, aquella sensación que ocupó mi ánimo tantos años.

Mi lugar en el mundo.

Cuando escribí aquel cuento yo no lo había encontrado todavía y dudaba seriamente de que existiera uno para mí, ya sabes, un lugar en el que te sientes en casa, en el que puedes vivir, soñar, intentar ser feliz, porque te pertenece y le perteneces. Por aquel entonces, solo podía imaginarme a mí misma en exilio permanente por el mundo, por la vida, yo era un paradigma de la descolocación porque yo no encajaba con casi nada y con casi nadie, ya lo dijo Eva: la pieza defectuosa de un puzle.

Y luego, ya sabes, los años pasan, elegimos un camino, suceden cosas y, al cabo de algún tiempo, esa presión cede un poco y se aprende a dejarla un poco de lado, casi se aprende a olvidarla, o de pronto ocurre algo que requiere toda nuestra atención y nos distrae de esa inquietud y así un buen día, sin que casi nos hayamos dado cuenta, estamos acomodados en un modo de ser y en un modo de estar que nos empuja al olvido.

Y no sé si será por casualidad que haya encontrado ese cuento hace unos días, poco antes de decidir que me llamaré como quieras llamarme y que aprenderé a llamarte por tu nombre, o habrá sido el Destino el que llevó mis manos hasta aquellos folios para que los leyera después de tanto tiempo, para que pensara que podría ser, que tal vez, que quizás no sería un disparate imaginar que mi kibutz eres tú, que mi lugar en el mundo está justo donde tú te encuentres.

Fefa Martí Maldonado©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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