“Peggy”, Abraham de Maalot. Taller de Escritores Kibutz Saar

Me desperté pensando: hoy puede ser un gran día. Estaba dispuesto a todo.

La había conocido desfilando y su presencia sobresalía de todas las demás.

Una cara digna del pincel de Picasso. Grandes ojos color miel. Sus piernas parecían no terminar nunca. Un rayo de sol había quedado atrapado en su pelo. Pero su cuerpo… necesitaría la sapiencia de Neruda para describirlo. Todo en ella era perfecto.

Mientras me dirigía al banco, reflexionaba: compraré un chalet y en el comedor, sobre la pared más larga pondré su foto. Quiero que esté en mi despertar cada mañana y verla, así como la vi aquella tarde cuando la música de su nombre atravesó mis oídos: “Peggy”.

Todos mis ahorros estaban en mi bolsillo. Esa tarde, estaba seguro, cambiaría mi vida.

¡Largaron! Con aire de princesa marchaba al frente “Peggy”. Sentí celos de todos los que la nombraban, hasta que no aguanté más y me sumé al coro.

¡Peggy! ¡Peggy!, ésta te pido, no me falles.

Se estiraba cual bandoneón buscando la nota distinta, pero ¿qué hace ese alazán?

Se acerca por fuera, ¡ja!, no va a llegar. Mi Peggy es mejor, y ganó…

Pero no, ¿bandera verde?, no puede ser, ¿qué vieron esos atorrantes?

No puedo creerlo, perdió por el hocico, no hay justicia, ladrones.

Todos mis ahorros… pero no importa, el sábado corre Melchor. Mujer tenías que ser para fallarme así. Te odio Peggy.

Abraham de Maalot©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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