“Sefarad” Esther Requena

inquisicion1Simeón Maneses, el médico, comprueba una vez más que las correas sujetan firmemente los fardos en los que ha empaquetado lo imprescindible para emprender el viaje: un par de jergones, algunas joyas y la menorah familiar que ha presidido cada ceremonia desde que los primeros Maneses llegaron a San Martín y construyeron la casa de la que mañana, al alba, saldrán para no volver.

A Simeón Maneses, el médico, le quema la llave de la casa en la mano.

Le quema también su futuro incierto y el de su hija Ester. Y también el de los pacientes que se ve obligado a abandonar a su suerte, el viejo Abad de Santa María de Valdeiglesias, con el que comparte conversaciones e interminables partidas de ajedrez, y María Sandino, que optó por conservar su familia y susbienes y prefirió la conversión y el sambenito, en aquella parodia de juicio, indigna y vil, en la que ella y otros noventa y nueve vecinos de la aljama prefirieron doblar la cerviz al exilio. Seis años han pasado desde aquella fecha y, muchas veces, Simeón Maneses, el médico, se ha preguntado por qué  él ha resistido, qué orgullo, que no fe, es el que ha echado raíces en su corazón. Y la diferencia entre la dignidad y el egoísmo.

 

Simeón Maneses, el médico, se ha despedido esta mañana de sus antepasados en el osario que el Santo Oficio hará desaparecer en cuanto las carretas abandonen la judería. No quedará ni rastro de sus padres, ni de su abuelo, ni de su mujer, Sara. Le ha dicho adiós en silencio, murmurando un salmo del Rey David y sintiéndose de nuevo un traidor a su sangre. Malditos tiempos, malditos. Después ha recorrido las calles en las que creció, marchitas calles de casas cerradas como a partir de mañana será la suya. Hasta el ochenta y ocho, cuando el oprobio disfrazó la judería con el sambenito, la aljama bullía de vida: la sinagoga, donde tantas veces fueron a agradecer a Dios el don de la uva y la salud; la antigua carnicería kosher; la casa de Julián Palacios, que llegó a ser Comendador tras la revuelta campesina que terminó con el dominio del Monasterio de Santa María. Nadie recordará a Julián Palacios cuando él se vaya. Su nombre se perderá junto con sus huesos, como su fama de hombre valiente y honesto se olvidó en las crónicas una vez rodó la cabeza de Álvaro de Luna, el noble de infausto recuerdo que sucedió a los clérigos de Pelayos en la tarea de esquilmar a los campesinos de San Martín.

Simeón Maneses, el médico, sonríe. Siempre hay un motivo para sonreír, incluso esta noche amarga de despedida. Sara, su mujer, le enseñó a sonreír y esta noche, más que nunca, rememora su fortaleza y su alegría.

“Sara” -le dice una vez más- “al final vamos a cumplir tu sueño: la niña y yo conoceremos el mar”

Para que llegue ese momento aún quedan largas jornadas por los largos y polvorientos caminos que llevan al sur. Mañana, al alba, la carreta tomará el camino de Almorox para unirse a la expedición que, ayer mismo, bajaba la cara sur de Gredos desde la estepa castellana. Triste caravana en la que quizá vuelva a encontrarse con algún lejano pariente de los que aún conserva en Ávila, quizás Inés Saldaña, la hermana de Sara, y su hijo se encuentren entre ellos. Sería tal vez un consuelo para la niña, su Ester, la luz de sus ojos, la sonrisa de Sara hecha vida, la hija a la que, por orgullo o por soberbia, mañana arrancará, como un tierno brote, de la tierra que alimenta sus raíces.

Cádiz queda muy lejos. El mar, simplemente, es un anhelo y el principio de otro abismo al que asomarse.

Simeón Maneses, el médico, recorre el huerto despidiéndose de los manzanos, casi tan viejos como él, o de la parra, cuya sombra ha acogido tantas horas de conversación. La risa de Sara bajo la parra, en las suaves e interminables tardes de final de verano. También el verano llega a su fin y Simeón Maneses, el médico, sabe que, allá donde se encuentre, añorará el tiempo de la vendimia, el tiempo en el que todo el pueblo goza y canta con el fruto de la vid rebosando los canastos. El final del día de vendimia, que llena el horizonte de cantos y de carros que vuelven rebosando racimos. ¡Cuántas veces Simeón y su hija han salido a los caminos para ver el regreso de los vendimiadores!, ¡cuántas veces Ester Maneses y Juan, su amigo, su hermano, han jugado a recoger los frutos caídos!

Aún faltan dos horas para que el gallo más madrugador anuncie la aurora del día de la partida. Simeón Maneses, el médico, se adentra en el interior de su casa con la llave que se llevará, como el símbolo de la vida que pierde para siempre, quemándole la palma de la mano. Acaba de escuchar el susurro inconfundible de la voz de su hija y comprende, con una punzada de celos en el corazón, que también ella necesita su tiempo para despedirse de lo que va a dejar atrás.

Aún faltan dos horas para que el gallo más madrugador anuncie el alba. Ellos lo saben y aprovechan el tiempo que les queda para estar juntos.

Juan y Ester han nacido en esa casa. Siempre juntos, desde que ambos tienen conciencia de existir. El padre de Juan, más que sirviente, es un hermano para Simeón Maneses, el médico, el que con el mismo empeño ha atendido hasta ahora al poderoso Abad del Monasterio o al más mísero de los mendigos. Al pecho y al amor de la madre de Juan encomendó Simeón Maneses a su hija Ester, huérfana desde su nacimiento en un parto que llevó consigo una sentencia de muerte que ni su sapiencia ni su habilidad consiguieron eludir. Juan y Ester han llenado de risas y juegos aquel huerto que, quizá por última vez, es el escenario de su encuentro.

—Quiero que conserves este libro, Juan. Quiero que lo tengas siempre cerca de ti y que, al leerlo, me recuerdes.

—Hablas como si te fueras para siempre y eso no va a ocurrir. Son malos tiempos para todos, pero verás cómo pronto la reina Isabel abolirá la ley que os expulsa. Mientras tanto, padre y yo cuidaremos de la casa y de los bienes hasta vuestro regreso y entonces, todo volverá a ser como antes.

—No te engañes, Juan. Los enemigos de mi pueblo son poderosos y sus alas de buitre sobrevuelan nuestras cabezas. La Reina ha dado crédito a sus infamias y ya lo ves, hemos elegido el exilio y no la muerte.

—¡Abandona tu fe y quédate a mi lado! No es tanto sacrificio, lees libros prohibidos y solo acudes a la sinagoga por cumplir el precepto. ¿Por qué entonces dejas que la tierra y el mar se interpongan entre nosotros?

—Yo lo soy todo para mi padre. Lo sabes. Él está viejo y cansado y no puedo pedirle que abjure de la fe de sus antepasados. No seré tan egoísta.

El muchacho agacha la cabeza y coge las manos de su amiga. Su corazón, hecho añicos, quiere rebelarse ante la injusticia y su mente imagina una revuelta de vecinos ante el Castillo de La Coracera. Alguien tiene que clamar por Simeón Maneses, que tanto bien ha hecho en San Martín, y por su hija…

Ester, que le conoce, acaricia su cabeza para conjurar la rabia y, después, le mira profundamente a los ojos y un rubor desconocido hasta entonces colorea su dulce rostro.

—Juan, antes de partir, me gustaría que me concedieras un último deseo.

—Lo que me pidas.

—Ya tenemos quince años, Juan. En breve nos desposarán, al menos a mí. Yo… no deseo esposo, pero sí conocer las mieles del amor de las que habla el rey Salomón. Te pido que seas tú, amado Juan, el primero en entrar en mí, para que ese momento endulce en mi corazón la amargura de mi partida.

Juan la mira y la ve por primera vez como una hermosa mujer. Atrás queda la que fuera su hermana y amiga y sus manos y su boca obedecen la súplica de una piel de seda como si hubieran nacido para ello. Las higueras del huerto se convierten en testigos y cómplices del despertar del deseo y, antes de que el más madrugador de los gallos haya anunciado el alba, Juan y Ester se separan para siempre.

Los carromatos avanzan lentamente por los caminos polvorientos en dirección al mar. Los vendimiadores detienen su tarea y se santiguan, quizá alguno de ellos, desde lo más profundo de su corazón de cristiano nuevo, entone para ellos un salmo del Rey David. Así lo ha hecho, sin duda, María Sandino, que ha salido a la Corredera para levantar su mano abierta en señal de despedida. Ya, en el horizonte, apenas se divisa la torre del castillo de la Coracera. Simeón Maneses, el médico, sabe que el frío que ha invadido sus huesos es de la misma naturaleza que el adiós.

Ester, hija de Simeón, vuelve atrás la mirada y lanza sus pensamientos hacia la vida que deja; hacia su casa, su huerto y su amigo. Y a él dedica, porque así lo sienten sus entrañas, las palabras del rey Salomón:

“Mi amado es para mí una bolsita de mirra que descansa entre mis pechos.

Mi amado es para mí un racimo de alheña en las viñas de Engadí.”

Corre el año de gracia de mil cuatrocientos noventa y dos y los judíos abandonan, para siempre, Sefarad.

Esther Requena©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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