“Objeto diabólico”, África Nubla

laadrada

Era un día como otro cualquiera. Le habían dado el periódico gratuito a la entrada del metro, y como una rutina establecida, lo había doblado por la mitad uniendo las esquinas con tanta habilidad que siempre conseguía que el doblez fuera perfecto. Al tomar el metro en la parada inicial de la línea raro era el día que no encontraba sitio donde sentarse. Antes de tomar asiento solía quitarse los guantes, cuando los llevaba, desanudarse la bufanda y desabrochar el abrigo. Una vez en su asiento, colocaba el bolso encima de sus piernas y desdoblaba el diario. Siempre lo leía al revés, no es que colocara el periódico boca abajo, sino que comenzaba la lectura por la ultima hoja, avanzando hacia la primera. Y lo hacía porque el horóscopo siempre estaba en la penúltima hoja. No creía que pudieran decirle algo importante, o le advirtieran de cualquier peligro que le acechara, sino que le gustaba imaginar que acertarían en alguna ocasión. Siempre esperaba que el que escribía su horóscopo le dijera que le iba a tocar la Primitiva o que era la adjudicataria de una herencia de algún familiar desconocido.

Cuando llegó a su signo, Escorpio, decía:

“Esta semana podrás elegir entre dos opciones. Pero recuerda que sólo una de ellas hará que tu vida cambie”.

– ¡Anda que ya le vale al señor del tarot!–, dijo en voz alta sin darse cuenta.

Rápidamente, escondió la cara tras el periódico, no volvió a bajarle hasta que llegó a su estación.

Mientras caminaba hacia su trabajo no dejaba de pensar en su horóscopo, en el fondo, le gustó que fuera como un pequeña sorpresa. Deseaba tener una, quizá fuera hoy el día.

Pero la mañana pasó volando, el trabajo ocupó su mente y no volvió a pensar en ello. Lo recordó cuando entró en el vagón del metro de regreso a casa, agarrada a la barra, esperando que alguien dejara un asiento libre para ocuparlo y terminar de leer su periódico. Cuatro estaciones antes de la suya se bajó un pasajero y logró sentarse. Abrió el diario, pero esta vez lo leyó comenzando por la primera página. Al llegar a la sección de cultura vio el siguiente titular:

“Feria Medieval en La Adrada” El próximo fin de semana se celebra en este pueblo de…”.

– ¡Genial!–, dijo en alto.

Pero esta vez no se sintió avergonzada. El sábado se iría a Ávila, le gustaban esas ferias.

Llamó a sus tres mejores amigas y el sábado estaban camino de La Adrada dispuestas a comprar baratijas, buscar objetos antiguos, comer, beber y sobre todo a divertirse, tenían todo el día para ello.

Había puestos de todo tipo, muchos se especializaban en pequeños detalles de bisutería, anillos, pulseras, gargantillas, pendientes. Otros tenían juguetes de madera, espadas, trenes, muñecos articulados. Había varios lugares donde comer pan recién hecho, chorizo de olla, cerveza fría, jamón, vino.

Pero hubo uno que le llamó la atención, era un puesto de objetos decorativos de madera, tallados a mano. Unos asemejaban a baúles, otros a pequeños cofres. Su madre tuvo un cofre en su cómoda durante años, con el que no pudo jugar nunca. Le gustó un cofre de tamaño medio, con una cerradura muy especial, estaba tallada con el dibujo de una mujer que invitaba a mirar por el ojo de la cerradura. Tuvo que mirarlo varias veces, no pensaba que fuera cierto. El vendedor la miraba mientras ella tocaba aquella pieza.

– ¿La hizo usted?, ¿Talló este dibujo con un buril?_ preguntó al vendedor

– ¿Qué dibujo?—contestó el vendedor.

– Pues el de esta mujer, ¿no lo ve?

– Lo siento señorita, aquí no hay nada dibujado, es una cerradura simple.

Se quedó mirando al vendedor y la cerradura de modo alternativo sin saber que decir, y de pronto se acordó de su horóscopo.

– ¡Es verdad!, lo siento, debía ser un poco de polvo y no llevar las gafas puestas– le dijo. ¿Cuánto vale?

– Veinte euros nada más, es un objeto antiguo, la talla de la madera no es tan fácil como la gente cree.

– De acuerdo, me lo llevo.

Tras dejar a sus amigas, llegar a casa y ponerse cómoda desenvolvió su cofre. Buscó una lupa para mirar el grabado de la cerradura con más detenimiento. Y efectivamente, tenía dibujada la silueta de una mujer que invitaba con una mano y con la otra señalaba la cerradura. Una mujer que emitía una sensación muy agradable. No se le ocurrió abrirlo, sino que siguió las indicaciones que la silueta le decía. Guiñó un ojo y acercó el otro al ojo de la cerradura.

Días más tarde sus amigas preocupadas por ella, fueron a su casa. No estaba. Tenían llave de la casa, no faltaba nada, no había indicios de robo, su bolso y su documentación estaban intactos. Denunciaron su desaparición a la policía, pero jamás la encontraron.

Tras seis meses, el contrato de alquiler había terminado y la casera se deshizo de todo lo que había en el apartamento, de todo, menos de un cofre. Le llamó la atención el grabado de la cerradura. Lo escondió en su bolso. Lo miraría con mayor detenimiento cuando estuviera en su casa.

África Nubla©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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