“Sorpresa de cumpleaños”, Moshé Goldin

Eran cuatro hermanos. Sofía, la mayor que vivía en un kibutz del Neguev había quedado inválida y viuda, en un accidente ocurrido cinco años atrás. Raquel la menor, tuvo la idea de prepararle una sorpresa de cumpleaños y pensó reunir en su casa a los cuatro; a José que vivía en Londres y a Rubén que residía en Roma.

***

Sofía estaba leyendo el periódico, cuando la interrumpió el timbre del teléfono.

–Haló ¿quién habla?

–Buen día Sofía, soy Raquel. ¿Cómo estás?

–Muy bien, hermanita, que alegría escucharte. ¿Ya se mudaron? ¿Es cómoda la nueva vivienda?

–Sí, ya estamos instalados en Natania. El departamento es precioso y tiene vista al mar. Te llamaba para invitarte a conocerlo. ¿Por qué no venís el domingo próximo? Podríamos celebrar juntas tu cumpleaños en algún restaurante de la peatonal.

–Excelente idea y acepto encantada. Tengo que consultar quién viaja ese día para que me lleve. Pero será por la tarde.

–De acuerdo, cenaremos juntas, te quedarás a dormir con nosotros y al día siguiente te llevaremos de regreso al kibutz ¿te parece bien?

–Perfecto, ya lo estoy disfrutando –respondió riendo.

–Te mando un beso, chau

Luego de esta conversación, Raquel llamó a Londres y le confirmó a su hermano José la visita. Le propuso que todos se reunirían todos en su nueva casa. Muy pocas veces los cuatro habían estado juntos para el cumpleaños de Sofía. Para ella sería una alegría inolvidable y el mejor regalo que le podrían hacer. Ya había hablado con Rubén y él estaba de acuerdo en viajar. Llegaría el domingo a las 10.30 hs. y José podría tomar el avión que llegaba a Tel Aviv a las 11.30 hs.

Los esperarían en el aeropuerto. Su hermano aceptó entusiasmado la proposición.

***

Raquel y su esposo Jorge viajaban hacia el aeropuerto para recibir a los viajeros. En ese mismo instante, a bordo del avión su hermano miró el reloj y quedó satisfecho, llegaría puntual. Se arrellanó en la butaca y abrió el periódico.

El aparato de Alitalia aterrizó en el aeropuerto Ben Gurión. Luego de retirar el equipaje, Rubén se encontró con su hermana y su cuñado. Se abrazaron emocionados y fueron a la cafetería para conversar tranquilos mientras esperaban el vuelo de Londres.

–¿Preparada la sorpresa? –preguntó el recién llegado.

–Sí, todo en orden –respondió Raquel– Sofía no sabe nada de este encuentro, será una alegría inesperada para ella.

–¿Cómo sigue?

–Bien, en el kibutz la quieren mucho porque es activa, trabaja y además… el llamado del teléfono celular interrumpió la plática.

–Haló, ¿quién es?

–Te habla José. Hubo una demora, pero ya estamos en vuelo. Llegaré dentro de dos horas.

–No importa, te esperaremos, estamos aquí con Rubén. Tenemos muchas novedades que contarnos.

***

Llegó el avión de British Airways y el reencuentro de los tres hermanos resultó emocionante. Besos, abrazos, sonrisas y más besos. En el trayecto a Natania, mientras guiaba Raquel, todos conversaban animadamente.

–Pensé que llegaría más temprano –recordó José de pronto –y compraría algún obsequio para Sofía ¿Tenemos tiempo?

–Sí, a la entrada de la ciudad hay un centro comercial muy grande. Haremos una parada allí y Jorge volverá a casa con el coche, por si Sofía llega más temprano. Nosotros regresaremos en taxi. Todavía disponemos de un par de horas antes de la reunión.

***

Entraron a la galería y recorrieron varios negocios. Compraron perfumes, blusas, bombones y adornos para la casa. Vagando por los diferentes pisos, decidieron hacer una pausa en la confitería. Era temprano y prosiguieron charlando…

–Se nos fue el tiempo sin darnos cuenta. Ya son casi las seis –dijo Raquel mirando su reloj– busquemos un taxi.

Se dirigieron a la salida, mientras seguían hablando. Ya estaban casi en la puerta cuando un joven de tez cetrina se les cruzó y tropezó con ellos. Parecía borracho o drogado. Llevaba un bolso apretado contra su pecho. A Raquel se le encendió una señal de alarma en la mente, y lo siguió con la mirada, pero no le dio tiempo a nada. Una terrible explosión sacudió todo el edificio. Los cristales de las vidrieras eran filosos proyectiles que se clavaban en todas las personas. La onda expansiva arrojó al piso a los tres hermanos. Del cielorraso se desprendieron grandes trozos de mampostería que caían sobre los presentes.

Gritos agudos de dolor y llantos de mujeres y niños producían una cacofonía infernal. Había cuerpos con heridas sangrantes por doquier. La confusión era indescriptible.

Transcurrieron pocos minutos y el ulular de las sirenas de ambulancias y coches de bomberos superaba en decibeles a cualquier otro sonido. La policía acordonó la zona y no permitió que los curiosos se acercaran. Las ambulancias iban y venían, con su carga de muertos y heridos.

***

Sofía llegó al departamento de su hermana donde la esperaba su cuñado. Se abrazaron y preguntó por Raquel.

–Estará por regresar, salió de compras.

–Por el camino, al escuchar la radio nos enteramos del atentado ¿Se sabe algo más? –preguntó la recién llegada.

–No sé nada –respondió él– estaba leyendo un libro mientras te esperaba. No miraba la televisión ni escuché la radio ¿Dónde fue? –preguntó curioso.

–En el Shoping grande de la entrada a Natania. Hay quince muertos y más de ochenta heridos, pero todavía hay gente bajo los escombros y los bomberos están trabajando a todo ritmo para rescatarlos.

El dueño de casa palideció y un escalofrío recorrió su espina dorsal. No sabía que decir.

–¿Qué te pasa, Jorge? –preguntó ella al observar el cambio– Estás muy pálido.

–Te teníamos reservada una gran sorpresa –le confesó tartamudeando– José y Rubén vinieron desde Europa para que los cuatro estuvieran juntos en tu cumpleaños –con un nudo en la garganta prosiguió– Precisamente fueron allí a comprar regalos.

Sofía comenzó a temblar, se tomó la cabeza con las manos y estalló en un llanto histérico y desesperado. Los colores desaparecieron de su rostro, sus dedos aferraban la silla de ruedas y en un segundo, cruzaron por su mente mil escenas dantescas. La invadió un pánico desconocido.

–¡Oh, Dios mío! ¡Que terrible! Me siento culpable –alcanzó a decir mientras seguía llorando.

–Vayamos allí – dijo Jorge inquieto– no puedo soportar esta incertidumbre.

En el mismo vehículo en que la había traído, Sofía y el atribulado esposo de Raquel se dirigieron a la zona del desastre. La escena era espeluznante, gente que corría buscando familiares a los gritos, luces intermitentes de los coches policiales, y cuerpos inertes sobre el pavimento manchado de sangre. La multitud agolpada contra la barrera policial, miraba angustiada e impotente la catástrofe. Preguntaron por sus parientes a un oficial de policía, pero les respondió que por el momento no se conocía el nombre de ninguna de las víctimas.

–¿A qué hospital levan a los heridos? –preguntó Sofía desde su sillón de ruedas, sin poder contener las lágrimas.

–-Las víctimas son tantas que están trasladando a los heridos, también a los hospitales de Kfar Saba y Hedera, porque los de aquí están abarrotados –contestó el uniformado y se alejó corriendo.

Sofía y Jorge se miraron impotentes con el rostro demudado Lloraban sin saber qué actitud adoptar.

–Sofía, aquí no sabremos nada por la confusión que hay, iremos a los hospitales para tratar de ubicarlos.

–Sí, tenés razón –aceptó ella.

Salieron ansiosos hacia los nosocomios y Sofía ni siquiera pensó en su cumpleaños.

***

Un mes más tarde, los vecinos del edificio observaban curiosos una escena surrealista que se desarrollaba en el balcón de los Toledano.

Cuatro personas sentadas en silla de ruedas, tres de ellas con múltiples vendajes, yesos y cabestrillos, brindaban jubilosos mientras el dueño de casa, único que se podía desplazar sin dificultad, se afanaba sonriente en servir manjares y bebidas a tan extraños comensales.

Moshé Goldin©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

2 responses to ““Sorpresa de cumpleaños”, Moshé Goldin

  • Ross

    Espeluznaste historia, pero de esos retazos de vida y sosobra que deja la guerra, siempre hay una esperanza, brindar por la vida, aun cuando sea a medias.

  • bettybup

    muy repetida y cansadora ese tipo de tematica,es tan previsible el final. Ni siquiera lo salva una buena escritura.

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