A veinte minutos de cualquier parte
los periódicos gratuitos enseñan sus titulares rojos
y las asistentas ecuatorianas sueñan con hombres musculados que las levantan
del suelo y se las llevan a los paraísos arbolados de las urbanizaciones de lujo
libros forrados con papel marrón se abren por la página en que el protagonista encuentra por fin fortuna en los labios de una mujer melena escarlata y cintura de bailarina que habla cinco idiomas y no conoce ninguno
escolares dormidos imaginan lecciones de inglés y aritmética saltando de sus mochilas como ejércitos defensores de un universo invadido por nombres extraños
hay rezos que murmuran hombres de camiseta blanca y zapatos de oficio sucio que rebuscan esperanza en los callos de sus manos y ocultan los ojos vidriosos de ahuyenta-penas con gafas de humo
los cupones de lotería saltan en el bolsillo de sirenas perfumadas de lavanda
que leen los poemarios viejos pegados debajo de las palancas de los frenos de emergencia
y los obreros en paro cantan internacionales asustadas por mercados invisibles que les conducen a ninguna parte.
Mara Nefill©
Nota: dicen que en el metro de Madrid puedes llegar a cualquier parte en veinte minutos. Tal vez. Yo aún no lo he conseguido. Quizá es que las estaciones que elijo como destino no son las adecuadas. O debería subir en otra para llegar a ellas. Probablemente sea eso.



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7/06/12 at 12:06 pm
Bella prosa Mara Nefill. Verdades de rostros que transitan en las inmensas ciudades, donde veinte minutos se deshielan en las manos.
9/06/12 at 5:32 am
“y las asistentas ecuatorianas sueñan con hombres musculados que las levantan del suelo y se las llevan a los paraísos arbolados de las urbanizaciones de lujo”
Respeto la cita pero, las “asistentes” ecuatorianas fueron en su mayoría a buscar un medio de trabajo honrado para satisfacer las necesidades en sus hogares, gente humilde y trabajadora con el único sueño de encontrar una luz de esperanza a sus vidas.
11/06/12 at 7:01 pm
muy bueno, Mara, un lujo para los sentidos! Enhorabuena..
16/06/12 at 11:54 pm
En las urbes y en los metros el hombre es tratado peor que ganado -ved cuando están repletos los metropolitanos, en qué se convierten los pasajeros- y el hombre se vuelve marioneta de otros o caricatura de sí mismo. Se vuelve esclavo de una pesadilla, de la cual no puede despertar. Juan, buena me parece esta entrada. Saludos, Lino