“Los otros oficios del escritor”, por Diego Gándara

Dijo Faulkner, con conocimiento de causa, que una de las cosas más tristes que un hombre puede hacer durante ocho horas es trabajar. No pocos son los escritores reconocidos que tuvieron que desempeñar las más variadas labores a fin de poner un plato sobre la mesa y pagar el alquiler.

Médico, profesor, ingeniero, traductor y banquero. Empresario, camarero, reportero y corrector. Delincuente, artesano y periodista. Un escritor puede ser todo eso y mucho más, incluso habitar una torre de marfil con vistas al mar o permanecer sentado a la mesa de un bar cualquiera con una libreta Moleskine en la mano y una taza de café humeante a la espera de que Dios, o el demonio, le dicten inefables palabras, el perfil de una trama que, sin embargo, deberá despuntar en orgullosa soledad tras haber trajinado oficios diversos, empleos y trabajos.
A pesar de que el lugar común haga pensar, a veces, que dedicarse a la literatura es lo menos parecido a trabajar, lo cierto es que los escritores también trabajan. Y mucho. Pero no sólo como directores de una colección de libros, como articulistas o conferenciantes o como miembros de un jurado en un certamen cualquiera. Muchos de ellos han debido inmiscuirse en empleos que nada tenían que ver con el tenaz oficio de sentarse frente al teclado una buena cantidad de horas al día para sacar adelante una novela, un puñado de cuentos o construir una serie de endecasílabos que acabarán formando un libro de poemas para redondear sus ingresos y comprar pañales al recién nacido o llenar la cesta semanal del supermercado.
Juan Carlos Onetti fue camarero y vendedor de máquinas de sumar, además de trabajar en un taller de reparaciones de coches y en una empresa que fabricaba silos para las cooperativas agrarias. Roberto Bolaño, que llegó a Barcelona en 1977, aprendió a vivir fuera de la literatura y fue lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos y vendimiador. El inglés Jake Arnott dejó los estudios a los dieciséis años, posó como modelo para artistas, fue intérprete para sordomudos y ayudante en una morgue. J.M.G. Le Clézio, que quiso ser marino y hasta guionista de historietas, tuvo una fugaz aparición en un filme de Mario Camerini que contó con Vittorio Gassman, Alberto Sordi, Nino Manfredi y Silvana Mangano en los papeles protagónicos.

trabajosdeescritores Periodismo, medicina…
Hoy en día son muy pocos los escritores que pueden vivir exclusivamente de la literatura, a no ser, claro, que se trate de un autor consagrado por su propia obra y por los años y que, por haberse embolsado una suma importante de dinero gracias los premios recibidos y a las becas concedidas por variadas instituciones y gobiernos, no tenga necesidad de recalar en otros ámbitos.
Roberto Arlt, por ejemplo, que trabajó como periodista en el diario El Mundo de Buenos Aires, en el prólogo de su novela Los lanzallamas afirmó haber escrito “siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana”, dado que escribir, para él, no era precisamente un lujo, sino una forma penosa y ruda de ganarse la vida. Como no disponía de rentas, soñaba hacerse algún día millonario imaginando inventos tan estrafalarios como confeccionar unas medias femeninas que nunca se rompieran, montar una tintorería para perros u organizar una cadena prostibularia para financiar la revolución social en su país.
Más allá del periodismo y, aunque resulte curioso, la medicina fue una de las tantas profesiones en las que se lucieron escritores de la talla de Antón Chéjov, Conan Doyle, Mijaíl Bulgákov, Louis Ferdinand Céline y, más cercano en el tiempo, el poeta William Carlos Williams y el novelista estadounidense Ethan Canin. Chéjov era un estudiante de medicina cuando decidió ponerse a escribir textos humorísticos sobre la cotidianidad de su país para ayudar económicamente a su familia. Aunque empezó a ejercer la medicina apenas se graduó en la Universidad de Moscú, con la publicación de Cuentos de Melpómene se convirtió en un escritor de renombre, hasta el punto de que su siguiente libro, Al anochecer, fue galardonado con el prestigioso Premio Pushkin.
Su compatriota Mijaíl Bulgákov, el celebrado autor de El maestro y Margarita, desempeñó durante algunos años la labor de médico rural en la provincia de Smolensk, una experiencia vital que luego plasmaría en los cuentos pertenecientes a las Notas de un médico rural, donde relata su labor galénica a mediados de la década del 1910 por diversas aldeas rusas y, particularmente, su adicción a la morfina, de la que finalmente se libraría en 1919.
Céline, por su parte, en 1924 se integró en la Sociedad de las Naciones como un médico especializado en cuestiones de higiene. Residió un tiempo en Ginebra, aunque también viajó por Estados Unidos, Cuba, Canadá, Gran Bretaña, Nigeria y Senegal hasta que regresó a Francia y abrió una consulta privada en París. El consultorio, de todos modos, no prosperó, con lo cual se empleó como ayudante en un dispensario en el popular barrio de Clichy y, al mismo tiempo, comenzó a escribir Viaje al fin de la noche, una novela que una de sus secretarias se encargó de pasar a máquina y que en 1932, cuando fue publicada, recibió el elogio unánime de la crítica.

Si uno ha de escribir…
Aún así, el caso más emblemático de los escritores secretos que han ejercido una profesión alejada del universo libresco es, sin lugar a dudas, Franz Kafka. Tras acabar sus estudios en Derecho, ingresó en una agencia de seguros de accidentes laborales, un trabajo con el que, según su padre, ni siquiera podría pagar las cuentas, pero que al autor de El proceso le sirvió para mantener una rutina y no perderse en los vastos territorios del lenguaje y la ficción. En cualquier caso, ninguno de sus compañeros de trabajó advirtió que detrás de ese empleado de salud enclenque, que durante dieciséis años cumplió religiosamente con su labor burocrática en una oficina gris de una calle de Praga, se escondía el escritor que marcaría el pulso de la literatura del siglo XX.
La vida de Raymond Carver tampoco resultó ajena a las vicisitudes del mundo laboral y a las preocupaciones habituales de un padre de familia. Se casó con su primera mujer, Maryann Burk, cuando ambos tenían veinte años, y el autor de Catedral debió afrontar todo tipo de dificultades económicas para llevar adelante un matrimonio con dos hijos pequeños que apenas le dejaban tiempo para escribir. “Escoja usted el oficio, yo lo hice”, dijo Carver sobre aquellos años en los que, para pagar el alquiler, fue celador, mensajero, empleado en una gasolinera y dependiente, entre muchos otros trabajos.
“Si un escritor está condenado a escribir, escribirá, a pesar del trabajo que le ofrezcan, pues siempre podrá sacarle partido a cualquier situación vital que se le presente”, afirmó Cortázar, que en 1951 llegó a París becado por el gobierno francés y que, en julio de 1952, cuando se acabó el estipendio, fue empleado en una distribuidora de libros, donde se encargaba de armar paquetes. Atrás habían quedado sus años de juventud como profesor de Lengua en un colegio de provincias y su empleo en la Cámara del Libro de Buenos Aires. De todos modos, hasta que pudo vivir, casi al final de su vida, de las traducciones de sus libros y de los derechos de autor, trabajó como traductor de textos infames en las oficinas de la UNESCO, una labor que le ocupaba casi todo el día pero que no le impidió, al regresar a su casa, teclear los capítulos de su gruesa novela Rayuela.
Según contó William Faulkner en una famosa entrevista a la revista The Paris Review, el mejor empleo que le ofrecieron fue el de inspector de un burdel, un lugar ideal para cualquier artista, dado que le proporcionaba libertad económica, no sufría hambre ni temor y no tenía “nada que hacer salvo llevar unas pocas cuentas sencillas e ir todos los meses a pagarle a la policía local.” En la misma entrevista, el propio Faulkner recordó sus años de juventud en Nueva Orleans y sus inicios como escritor. Como sólo precisaba un lugar para dormir, un poco de comida, whisky y tabaco, no le resultaba extraño timonear embarcaciones, pintar casas o pilotar aviones. Eso sí, con el paso de los años, su concepción del trabajo ya no era la misma. “Una de las cosas más tristes que un hombre puede hacer durante ocho horas –dijo-, es trabajar.”

De bancos y enciclopedias
El mundo bancario también fue otro de los sitios elegidos por algunos escritores para ganarse la vida. Apenas llegó a Buenos Aires desde su Polonia natal escapando de la Segunda Guerra Mundial, Witold Gombrowicz consiguió un trabajo en la sucursal del Banco Polaco gracias a la ayuda de sus compatriotas. Y, aunque estar rodeado de máquinas de calcular y de personas que sólo pensaban en el dinero le resultaba engorroso, supo robarle horas al tiempo y al trabajo para escribir una de sus novelas más importantes, Trans-Atlántico, en la que cuenta, entre otras cosas, su llegada a la Reina del Plata, sus vicisitudes como inmigrante y su vida como empleado bancario.
El poeta americano T. S. Eliot, recién instalado en Londres en 1917, también aceptó un puesto en las oficinas del Lloyd’s Bank, aunque posteriormente decidió cambiar de rubro y llegó a ser uno de los más altos directivos de la editorial Faber & Faber. A su vez, la escritora Toni Morrison, premio Nobel de Literatura en 1993, era editora de libros de texto en Random House cuando publicó su primera novela. Tenía 38 años, se levantaba todos los días a las cinco de la mañana y recibía el amanecer escribiendo una historia sobre una niña que deseaba tener los ojos azules, aunque en ningún momento les hizo saber a sus compañeros de trabajo que, además de editar, también se dedicaba a escribir. Sólo descubrieron que era una escritora cuando The New York Times publicó una reseña elogiosa sobre el libro.
J. G. Ballard, que hizo estudios de medicina, cuando llegó a Londres en 1953, después de haber sido criado y educado en Shangai, empezó a trabajar como redactor en una agencia de publicidad, “una tarea pesada, consistente en escribir folletos e información para manuales”, según recordó en su autobiografía. Tiempo después, como necesitaba disponer del día para escribir sus obras de ficción, aceptó un empleo de camarero y trabajó en la sección de crisantemos de un gran mayorista. Como empezaba muy temprano, a las seis de la mañana, y acababa al mediodía, prefirió cambiar de trabajo y se puso a vender enciclopedias de puerta en puerta.

Dar de comer al artista
Mención aparte merecen los escritores que llegaron tardíamente a la literatura. “Leí El Extranjero y quise ser escritor”, dijo Alain Robbe Grillet, uno de los iniciadores del Nouveau Roman francés que, a pesar de la fascinación que le produjo la novela de Camus, optó por estudiar la carrera de ingeniero agrónomo y trabajar como tal durante diez años. Algo similar le ocurrió a Raymond Chandler, que fue vendedor de raquetas de tenis, recolector de melocotones y ejecutivo de una empresa petrolera. En 1932, en plena depresión económica, comprobó que podía hacer dinero dedicándose a la literatura. Tenía 44 años y se apuntó a un curso de escritura por correspondencia. “Dediqué cinco meses a una novelita de 18.000 palabras y la vendí por 180 dólares”, recordó. Al año siguiente, la revista Black Mask le compró su primer cuento: Los chantajistas no disparan.
En 1959, Anthony Burgess trabajaba como oficial de educación en Brunei y Malasia cuando le fue diagnosticado un tumor cerebral que, según los médicos, lo llevaría a la tumba en cuestión de meses. El autor tenía entonces 42 años y muy pocas posibilidades de conseguir un empleo. “¿Quién me hubiera contratado?”, se preguntó. Así que se retiró de la enseñanza y se puso a escribir como un poseso, con la esperanza de dejarle a su esposa como herencia sus derechos de autor. El tumor, finalmente, no resultó tan terrible como se habían previsto y en un año terminó cinco novelas. Desde entonces hasta su muerte en 1993, se dedicó completamente a la literatura: escribió y publicó más de cincuenta libros y todo tipo de textos, desde críticas literarias hasta ensayos sobre Shakespeare y Joyce y numerosos artículos periodísticos.
No es extraño, entonces, que, con los tiempos que corren, en el gremio de los escritores haya sitio para todas las profesiones posibles: desde marineros hasta músicos, oficinistas y psicólogos, lavaplatos, vendedores ambulantes y una amplia gama de oficios cuyo único propósito, tal vez, sea nutrir al artista que todos llevan dentro. Como bien señaló el poeta, periodista y Premio Cervantes Juan Gelman, “no es el poeta el que alimenta al periodista; es el periodista quien le da de comer al poeta.”

Fuente: http://www.que-leer.com/1446/los-trabajos-y-los-dias-los-otros-oficios-del-escritor.html

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

3 responses to ““Los otros oficios del escritor”, por Diego Gándara

  • josefina magaña

    Juan gelman es un poeta que deberíamos leer cada vez que nos duele la uña o un pelo. No hay nada que un ser humano pueda aguantar que la desaparición de sus hijos. Gracias, Juan.

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  • romeo Penagos

    excelente información para los que queremos ser escritores, ahora se que existen otros oficios para dar de comer al escritor y al poeta.
    gracias por ello Juan Zapato.

    atentamente

    Romeo penagos

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  • Gregorio Anduja

    Muy buen “trabajo” poeta, busque un empleo ja ja ja

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