“Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento”

libreria La mañana del viernes 3 de abril de 1993, como prestador de servicio social del Juzgado Segundo de lo Civil en el distrito judicial del centro, me tocó auxiliar al Actuario de la mesa de asuntos pares para llevar a cabo un embargo en el Juicio Ejecutivo Mercantil 344/93. A las nueve en punto pasó por nosotros el abogado que llevaba el caso, recién bañado. Nos subimos a una camioneta que había estacionado en doble fila frente a las puertas del Juzgado.

Ser prestador de servicio social en un juzgado lleva las de perder cuando se trata de cargar, coser expedientes, ir a traer o dejar cosas. El actuario sacó de la gaveta el expediente, tomó su código, hojas blancas, papel carbón y me pidió cargar la máquina de escribir, una Olimpia de tapa blanca que pesaba casi 10 kilos y que ahora debe estar vendida como hierro viejo.

En la cabina de la camioneta, el abogado que litigaba el asunto ofreció llevarnos a comer unas carnitas a Zaachila si terminábamos temprano el embargo. El actuario con su cara regordeta volteó a verme y sonrió haciéndome un guiño. Promesa de por medio, nos perfilamos hasta una casa ubicada al fondo de una vecindad en el centro histórico, desde donde se veían los campanarios de Santo Domingo.

Hecho el trámite el Código de Comercio y la Ley General de Títulos y Operaciones de Crédito establecen para estos penosos casos, “constituido legalmente en el domicilio que se señala como de la parte demandada, y requerido que fue el deudor del pago que por concepto de tá tá tá…” se procedió a trabar formal embargo sobre bienes que bastaran para garantizar las prestaciones reclamadas, como no se encontraba en la ciudad el deudor, según informó quién dijo ser su sobrina, el Actuario al entrar al domicilio procedió a señalar los bienes objeto del embargo, vio un refrigerador destartalado, una estufa repleta de platos sucios y tazas con residuos de café, la casa era un cuchitril, un chaislone mugroso constituía toda la sala; no había nada digno de embargarse.

Al final del pasillo había una puerta cerrada, la sobrina dijo que ahí no podíamos entrar porque ese cuarto tenía llave, realmente no tenía llave, solamente estaba atrancada; al abrirla descubrimos que era una señora biblioteca, libros por todos lados, en las cuatro paredes, de extremo a extremo, desde el suelo casi hasta el techo, sobre banquitos, apilados en dos viejas sillas y en medio de tantos libros y un verdadero desorden, sobre una mesa de madera sólo había un pequeño espacio donde había hojas sueltas, apuntes y una maquinita Olivetti, de esas portátiles que venían en su estuche (para mí, que era quien las cargaba, todas las máquinas de escribir eran portátiles) a pesar de los ruegos de la sobrina para que no tocáramos ningún libro de la biblioteca, el Actuario dijo que con todos esos libros se garantizaba el pago del adeudo y sin hacerle caso a la muchacha me continuó dictando el acta y yo seguí escribiendo. Los dos cargadores, el mismo abogado litigante, el Actuario (a quien el abogado lo llamaba siempre “lic”) y yo empezamos a bajar los libros de los estantes y cargarlos hasta la camioneta.

Por mis manos de estudiante pasaron libros de todo tipo y diferentes editoriales, colecciones, enciclopedias, diccionarios… recuerdo que el Actuario me decía “a ver muchacho, bájame esos libros que están ahí a tu lado, esos grandotes colorados” (como si fueran mangos o ciruelas que se bajan de un árbol) se refería a la colección original de 1888 de “México a través de los Siglos”; “Ayúdame a cargar estos verdecitos de pasta roñosa” (era la colección completa de los Clásicos editada por Grolier) “Estos chiquitos yo creo que los dejamos lic, no han de valer mucho, son de puras caricaturas” (se refería a los libros de Rius).

Recuerdo haber tenido, durante las casi 5 horas que duró la diligencia, libros que iban desde Emecé, Siglo XXI, Porrúa, Lumen, Editores Unidos Mexicanos, Planeta, Fondo de Cultura, toda la biblioteca breve de Seix Barral, Ediciones de Cultura Popular, Espartaco, Jus, Grijalva, Era, colección Austral y la famosa BAC, hasta libros viejos que venían de la librería del Señor San Germán y Julián S. Soto en el Oaxaca del siglo XIX, pasando por las ya desaparecidas ediciones Botas, Dante quincenal y Sepsetentas.

Casi al terminar, el abogado litigante, empapado en sudor se me acercó y en voz baja me dijo: “órale mi lic, chínguese un libro, mire, aquí encontré éste que le puede servir para la carrera” era una edición reciente de “El abogado del diablo”, que no se lee ni por equivocación en la facultad de Derecho.

Nunca supe bien quién era el demandante en el juicio ni quién era el dueño de tantos libros, ignoro por qué no pagó la deuda o por qué nunca acudió a defenderse en el juzgado, sólo recuerdo que al final, cuando ya quedaban pocos libros y los estantes estaban casi vacíos, noté que las hojas que al principio estaban sobre la mesa, ahora estaban regadas en el suelo, levanté este pequeño legajo que en su hoja frontal decía “breve manual para robar libros y no sentir remordimiento” lo que llamó mi atención y me hizo tomarlo antes de salir, bañado de polvo, rumbo a mis clases vespertinas en la facultad.

Hace poco, en un cambio de casa encontré este documento dentro de una caja donde guardo diversos papeles que aún conservo de mi época universitaria. Por si llegara a ser útil a alguien que leyere esto, aquí lo transcribo tal cual:

“BREVE MANUAL PARA ROBAR LIBROS Y NO SENTIR REMORDIMIENTO”

I.- ¿POR QUÉ ROBAR UN LIBRO?

(Parte deontológica en el fino arte del hurto a las librerías)

Un libro es como un hijo para quién lo ha escrito, el autor siempre se queja que cuando alguien roba su libro y no lo compra, él está perdiendo, pero desde el momento en que lo saca a la calle y lo pone a la venta, ese vínculo de consanguinidad literaria se rompe ¿Cómo puede alguien vender un hijo y rebajarlo con un descuento para lograr que se lo lleven? El libro es de quien lo lee, así sea transitorio y fugaz este elemental acto. La posesión bibliográfica es un derecho que legitima la forma en que se obtiene.

Nunca se debe robar un libro si no es para leerlo y darle una utilidad intelectual. Eso es lo que hace la diferencia entre un ladrón vulgar y un ladrón de libros. Aquel es visto con morbo por la sociedad en la nota roja de los periódicos cuando es atrapado por la policía, éste es juzgado exclusivamente por la historia.

Un ladrón de libros siempre es culto. Por eso el primer reto es saber qué libro robar. Nunca se deben escoger por ser los más fáciles o los más pequeños, porque estén a la mano o porque tengan el precio más caro, no, entre el libro y quien lo roba debe existir una relación directa e inequívoca de necesidad: Una necesidad académica (para preparar un examen o aprobar un curso), una necesidad intelectual (para tener derecho a participar en una tertulia, en una buena conversación, en un debate escolar), una necesidad emocional (hay libros, como las mujeres, que desde la primera vez que los miras te llaman la atención) o bien una necesidad sentimental (para poder ganarse el beso impoluto de la mujer pretendida) aunque esto sólo se aplica en los libros de poesía.

De ahí que lo peor que le pueda ocurrir a una librería es ser visitada frecuentemente por un joven, escaso de dinero, basto de emociones y con unas ganas inmensas de amar y leer.

Hay un código no escrito que tuvo auge en la primera mitad del Siglo XX, establece que no hay que sustraer ningún libro de aquellas librerías que acaban de abrir sus puertas, por lo menos en los primeros doce meses en tanto recupera el capital invertido; a esa acción se le conoce en el argot de los ladrones de libros como “año de gracia”. Por el contrario, cuando las librerías cumplen una década, cincuentenario, centenario, sesquicentenario o celebran cualquier jubileo, sus libros son cotizados altamente en este ambiente.

Ese código también establece: Nunca robes un libro de texto gratuito ni te burles de un librero cuyo negocio has visitado varias veces. Nunca platiques tus actividades después de 10 años. Nunca robes por encargo. Nunca robes un segundo libro si no has acabado de leer el primero.

II.- ¿CÓMO ROBAR UN LIBRO?

SOLITARIAMENTE

Son tres las palabras que la escuela clásica recomienda tener presente a los iniciados en esta materia: serenidad, prudencia y habilidad. Aunque hay una corriente contemporánea (conocida como escuela urbana o escuela del profesor Enrique) que añade un cuarto elemento: Cinismo. Lo cierto es que más de un neófito que no ha tomado en cuenta estos puntos, ha ido a parar a la Comisaría. El ladrón de libros debe ser superior siempre a los ojos del policía, de la persona que atiende tras el mostrador, de la cajera, e incluso de las cámaras filmadoras. Desde el momento en que entra a la librería y sabe su propósito, debe saberse superior psicológicamente a todos los que están dentro.

Nunca se debe robar en la primera vez que se visita una librería. Si se logra hacer es suerte, no es técnica, y un buen ladrón de libros no depende del azar.

La “naturalidad” que muchos llaman “sangre fría” es una cualidad genética que no se aprende robando libros de teatro o de política para leerlos; sin embargo controlar los nervios cuando se está frente al dueño del establecimiento o al pasar junto al policía también es una cuestión de disciplina mental.

EN CONJUNTO

El hurto organizado es válido pero demerita mucho la obtención natural del libro. Un buen ladrón, aún en sus peores épocas de estudiante, nunca robará acompañado.

Si se recurre a este método, uno hará el trabajo y el otro servirá como señuelo o “factor de distracción”. Sólo se requiere de coordinación y adoctrinamiento previo, sobretodo cuando uno de los dos que participan está en su camino iniciático y siente “pánico escénico” o se le nota obnubilado. Portando la ropa adecuada, un libro puede ser ocultado en 2 segundos, de acuerdo al estándar internacional aprobado allá por la década de los sesenta.

En cuanto a jurisdicción o competencia, afortunadamente las librerías no son territorio de nadie y el libro es de quien llega primero a él.

III.- ¿DÓNDE ROBAR UN LIBRO?

LIBRERÍAS

Son los lugares idóneos. Toda librería tiene siempre un “lado débil” o “punto ciego”, en las primeras incursiones se debe encontrar este “punto ciego” y lo demás es cuestión de seguir el procedimiento. Cuando el librero está a la ofensiva y tiene experiencia en el contra ataque, pondrá un rincón aparentemente no vigilado, a manera de trampa o “caza-bobos” para que el novato sea presa de su propia inexperiencia.

Es necesario, para “legitimar” la constante presencia en las librerías y no despertar sospechas entre los empleados, adquirir de vez en cuando un ejemplar, siempre de bajo costo. La antigua recomendación que daban los grandes maestros es a razón de un libro comprado por cada cinco libros robados. Esta proporción nunca fue aceptada por las siguientes generaciones.

BIBLIOTECAS DE AMIGOS, PARIENTES Y CONOCIDOS

Lo difícil aquí es encontrar alguien que tenga una biblioteca con buenos libros. Generalmente se les da por comprar sólo enciclopedias y colecciones de mal gusto que nunca leen. Como dijo Emilio Abreu Gómez, gran maestre de la Orden de Visitadores Nocturnos de Bibliotecas, a su paso por las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria: “El mundo está lleno de libros malos que parecen buenos”. En el caso de las bibliotecas que tienen en su despacho los abogados, generalmente están llenas de libros que compraron durante su carrera y que nunca vuelven a consultar, de tomos de jurisprudencia y leyes que no siempre están actualizadas.

BIBLIOTECAS PÚBLICAS

Aunque pareciere la excepción de la regla, las bibliotecas públicas requieren de un minucioso examen previo, no tanto por las medidas de seguridad (que siempre son deficientes en todos los edificios del gobierno) sino para justipreciar la verdadera necesidad de sustraer el libro. Cuando un buen libro nunca es consultado por los usuarios y permanece como invitado desconocido en los libreros, está pidiendo a gritos que se lo lleven. Un libro fallece cuando permanece estático como simple adorno.

FERIAS DE LIBROS

Cuando raramente se organiza una buena feria, se deberá aprovechar las horas de mayor concurrencia, utilizando por lo general la técnica del “deslizamiento de mano” que por no ser visual, confunde a los que vigilan y facilita la tarea. El desorden natural en la organización de todas las ferias de libros en México, genera las condiciones óptimas para incrementar el haber. Un librero siempre perderá ante una multitud que pide, pregunta, hojea, toca y compra al mismo tiempo.

IV.- ¿CUÁNDO HAY QUE DEJAR DE ROBAR?

La teoría y los viejos cánones señalan que en el fin de la carrera está la consagración, es decir, todo buen ladrón de libros se retira cuando ya percibe un ingreso que le permite comprar una obra, o cuando no teniéndolo aún, ya no siente la necesidad de que se habló en el punto uno de este documento.

A lo largo de la historia se ha visto que esto no siempre es posible, porque hay algo que no tiene que ver con el ingreso económico. La necesidad de robar se puede volver una adicción y eso siempre genera problemas. Un buen ladrón de libros no se junta con un bibliocleptómano, pero es su deber ayudarlo en su readaptación, si fuere requerido para ello. Se sabe que a la fecha se han readaptado profesores, escritores, investigadores, jueces y abogados que hoy gozan de prestigio en su profesión, y que antaño fueron jóvenes talentos en el latrocinio a librerías.

Cabe señalar, aunque no venga al caso, que un ladrón de libros no es amigo de aquellos que piden prestado un libro y dolosamente no lo devuelven. Esa manera de adquirir libros es mal vista en este ambiente. No devolver un libro que se pide o se ofrece es un absurdo que pone en evidencia al que abusa de la confianza.

V.- ¿CÓMO CURARSE DE LA BIBLIOCLEPTOMANÍA?

Robar libros nunca debe confundirse como un entretenimiento, una prueba de valor personal, un negocio o motivo de apuesta. Provocado por una necesidad intrínseca, se convierte en arte, nunca en enfermedad. Cuando una persona no puede contener su impulso de hacerse de libros, debe curarse, sometiéndose a un tratamiento de acuerdo a los siguientes pasos:”

Hasta aquí termina el documento que tengo, no sé si la siguiente hoja se perdió en aquel embargo o nunca fue escrita por ese autor anónimo, lo cierto es que me hubiera gustado leer la continuación para conocer las etapas de ese tratamiento encaminado a exorcizar a los bibliocleptómanos que, quizás, deambulan hoy todavía por las calles de la Verde Antequera, hambrientos más de libros que de pan y de besos.

La mañana de un domingo de hace algunos meses, leyendo la nota roja del periódico mientras hacía mis necesidades fisiológicas, me enteré de la detención de un sujeto que sustrajo 8 libros de céntrica librería y echó a correr con ellos, siendo alcanzado por los propios empleados del negocio cuatro cuadras adelante y puesto a disposición de unos policías que pasaban en ese momento. La nota, que aún conservo para su análisis, se titula “Ladrón, pero con cultura”.

La fotografía del vulgar e inculto ladrón (ver foto) me hizo recordar el “Breve Manual…” que encontré en el embargo de aquellos años de estudiante, por cuya segunda parte me habían preguntado intrigados mis hermanos y algunos amigos que lo habían leído, incluso, unos llegaron a pensar que yo lo había inventado; motivado por este bochornoso acontecimiento que desprestigia este fino arte, me di a la difícil tarea de investigar en manos de quién había quedado aquel lote de libros que se había embargado, porque sabía que encontrándolos, con mucha suerte era posible hallar la otra parte del Manual.

Así pues, antes de levantarme, ya tenía aprobado mi protocolo de investigación.

Después de un lento e intenso recorrido por el laberinto kafkiano de la burocracia local, que incluye largas filas, siestas intermitentes en la sala de espera de los funcionarios, llamadas telefónicas, escritos “con copia para”, y cuyos pormenores no viene al caso contar, pero que tampoco se lo deseo a nadie (ni al más vulgar de los ladrones) me encontré con que, contrariamente a lo que pensaba, los libros no habían sido adjudicados en remate público y tampoco se habían asignado en depositaría, así que teóricamente los libros deberían estar en alguna bodega.

¿Qué por qué no se me ocurrió ir a investigar en la casa donde fue el embargo? Claro, fue lo primero que hice, pero no tuve suerte; encontré la vecindad con cierta facilidad y al fondo la casa donde yo recordaba que se había llevado a cabo la diligencia, en la cual, después de llamar cuatro o cinco veces a una vieja puerta de madera, entreabrió una abuelita, asomando únicamente parte de su cara, sin responder a mi saludo miró con detenimiento el portafolios que yo llevaba en la mano derecha, y me dijo “¿qué no sabe usted leer?” señalándome con un movimiento de cabeza su ventana, tras cuyo cristal estaba colocado un letrero tostado por el sol que decía: “Este hogar es católico, no admitimos propaganda protestante”

Heme pues ahí, semanas después de haber iniciado mi búsqueda, con la autorización original en mano, a las puertas de un edificio con cara de almacén y cuerpo de nave industrial. Después de la identificación respectiva y previa anotación en una libreta, el agente de la Policía Auxiliar que custodiaba el edificio, me dio su bendición y me permitió el paso a unas enormes galeras húmedas donde había cientos de colchones, camas viejas, refrigeradores, reproductores Beta y VHS, aparatos de sonido conocidos en otro tiempo como “modulares”, trofeos de fútbol despintados, televisores enormes, enfriadores de agua, carriolas, cabezas de venado disecadas, tanques de gas y un sin fin de objetos usados que en los remates mensuales nunca tuvieron postor.

Después de unas horas encontré por fin lo que quedaba de aquella biblioteca embargada 16 años atrás. El cuadro era archivísticamente dantesco (bibliófilamente tétrico): libros desbaratados y amontonados a ras del piso, colecciones revueltas, pastas sueltas, hojas tiradas; era una tumba zapoteca saqueada, eran libros expulsados del paraíso donde una vez estuvieron formados y que ahora sufrían la oscura soledad del purgatorio. Mi labor a lo largo de las siguientes dos semanas, incluyendo sábados y domingos, fue descender hasta el octavo círculo de ese pequeño infierno y tratar de armar el rompecabezas, limpiar, ordenar, apilar y hasta remendar con cinta canela, todo era parte de una búsqueda místico-frenética por encontrar la parte restante del Manual.

Cuando empezaba a darme por vencido y mi paciencia franciscana estaba en sus últimas, aparecieron de pronto entre las hojas de un libro de poesía y prosa del gran Alejandro Gómez Arias, un documento escrito con la misma máquina y el mismo tipo de hoja, amarilla muy delgada, en la que se había escrito el Manual, lo que provocó que intensificara mis pesquisas. Después aparecieron otros documentos similares, no me había equivocado, estaba en la dirección correcta.

En fin, para no hacer el cuento más largo, me concreto ahora a transcribir esta segunda parte que encontré, formada por dos hojitas dobladas a la mitad, dentro de las páginas de un libro que hoy tengo como recuerdo en mi oficina:

1er PASO. Identificación del enfermo. Es aquel que no respeta los devocionarios de su abuelita, la Biblia abierta que se queda entre misa y misa sobre el atril de la iglesia, ni el librero de su mejor amigo. Ha perdido de vista el fin moral de la lectura.

2º PASO. Aceptación de culpa. El bibliópata debe aceptar su enfermedad y estar dispuesto a su rehabilitación. A los ojos de su biblioterapeuta, él tiene un padecimiento hasta en tanto no demuestre lo contrario.

3º PASO. Aislamiento riguroso. El paciente debe ser aislado de cualquier contacto con librerías, bibliotecas, puestos de periódicos e incluso de los cafés que exhiben revistas para los comensales. Un bibliópata desenfrenado es capaz de llevarse las revistas atrasadas de espectáculos que se leen en las estéticas y peluquerías.

4er PASO. Individualización del método. Las terapias grupales nunca fueron buenas, el tratamiento es persona a persona, cara a cara, por lo menos mientras dura la cuarentena.

5º PASO. Esterilización del sitio. Contrariamente a lo que todos suponen, la rehabilitación no debe llevarse a cabo en aquellos lugares donde se expendan bebidas alcohólicas, cualquiera que sea la denominación que adquieran estos sitios: bares, cantinas, antros, peñas, pulperías, vinaterías, tascas, tabernas o mezcalerías. La desvergüenza que en juicio se recrimina, en un par de horas con el alcohol se puede convertir en una verdadera hazaña.

6º PASO. Sentido de la terapia. La carga ideológica debe ir encaminada a resaltar la utilidad de un libro para la colectividad, la adrenalina del robo debe ser sustituida por la piedad literaria, la congoja editorial o el arrepentimiento.

7º PASO. Regresión natural. Un paciente, a punto de superar el tratamiento, no puede ser obligado a devolver los libros que forman parte de su haber. Estos son equiparables a insignias de batallas libradas y desprenderlo de estos sería tanto como echar al paciente en un vacío existencial de su juventud o adolescencia.

8º PASO. Convencimiento que todo es por el arte. Es saludable que el bibliocleptómano esté convencido que con su tratamiento no se pretende la devolución de los libros o el ofrecimiento de una disculpa pública a manera de expiación, sólo se trata de rescatar el arte en este oficio furtivo para que la tradición no se desvirtúe. No habrá recaída que valga si se está convencido de ello.

Ante los tratamientos que parecen imposibles, es válido recurrir a nigromantes o hechiceros para lograr una cura total. Hasta donde se sabe, no existen amuletos que conjuren este vicio.

Para los creyentes, existe una oración impresa sin licencia eclesiástica, atribuida al Papa Pío VII, que a principios del siglo pasado los frailes carmelitas distribuían en las cárceles para que todos los que estaban recluidos por hurto de misales, libros de coro, cuadernos o pergaminos, pudieran rezarla tres veces al día después del Ángelus; la leí muchas veces cuando era niño, fue cuando mi abuela me contó que su hermano estuvo preso en los tiempos del gobernador García Vigil en la cárcel del antiguo convento de Santa Catalina, que hoy es un hotel; la oración dice más o menos así:

“Oh Señor, por tu grandísima misericordia perdona mis debilidades, ata mis manos y cierra mis ojos para que no sean ocasión de pecado y yo respete todo aquello que quiero tener pero que no me ha sido dado en el mundo; dame sólo lo que mis ojos sean capaces de leer sin cometer pecado, purifica mi espíritu como lo hiciste con el buen ladrón, que en el patíbulo alcanzó la salvación a través del arrepentimiento y…ta ta tá ta ta tá. Amén”

Según mi abuela, después se debían rezar 3 Aves Marías, un Yo pecador y un Gloria, hasta donde alcanzo a recordar.

VI.- ¿QUÉ HACER CON LOS LIBROS?

(La fatalidad de la obra hurtada)

Acerca de aquellos que los terminan devolviéndo. Cuando el sol de la vida está por ocultarse hay quien habiendo dejado el ego intelectual muy atrás, decide regresarlos. Hubo un caso en 1985, días antes del terremoto, en la antigua calle de República de Argentina y Justo Sierra en la ciudad de México, una mañana se presentó en la librería Porrúa un anciano, se quitó el sombrero, puso sobre el mostrador una bolsa de cuero, saludó, dijo su nombre completo y teniendo en frente al gerente le dijo a secas “vengo a devolver estos libros que me robé de aquí hace 55 años”

Acerca de aquellos que los conservan. Hay en cambio otros que se aferran a ellos, nunca los prestan, cuando los vuelven a leer no les doblan las esquinas de las hojas ni los subrayan, van de un lado a otro junto a ellos en sus mudanzas, más que la vajilla de plata, las copas de cristal de baccarat, la cama o los sillones de la sala, les interesa que lleguen bien los libreros y no se pierdan los libros.

Acerca de aquellos que los regalan. Hay otros que los regalan, se van desprendiendo de ellos poco a poco, les van diluyendo el afecto y si los prestan nunca reclaman su devolución; los ven como algo cada vez más lejano conforme pasa el tiempo hasta que de esos libros no se vuelve a saber nada.

Acerca de los libros que terminan regresando solos. No sé si me crean, pero hay libros que cuando nacen (quiero decir, cuando salen de la imprenta) ya traen un destino, una fatalidad, una predestinación, un fatum. Tarde o temprano tienen que encontrarse con su lector, que no siempre es su dueño; así, hay libros que se pierden, se olvidan en un lugar, se extravían en el tiempo, y sólo aquellos a los que me refiero vuelven a casa (quiero decir, a las manos de su lector), de muy extrañas formas, no se sabe cómo pero vuelven. Nadie debería dudar de esta certeza.

Un domingo fui al mercado de la lagunilla en el centro de México, tras andar curioseando terminé comprando un calendario del más antiguo Galván del año 1969, porque extrañamente ahí viene la predicción sobre el arribo del hombre a la luna; el vendedor no tenía cambio y a cuenta me dio un librito muy viejo de pasta dura y lomo de piel.

El libro era “Tratado para la conservación de la planta del café”, en el interior tenía pegados dos ex libris con iniciales diferentes y en otra hoja venía estampado un sello ¿Quién de los tres había sido el primer dueño? ¿Quién lo robó, quién lo regaló, quién lo vendió a quién? En la última hoja, un nombre manuscrito en tinta sepia que me era familiar, arriba de la inscripción: “Finca Las Flores, Pluma Hidalgo, Oaxaca, año de 1904”. Era mi bisabuelo y era el año en que falleció.

No sé cómo llegó hasta el mercado de la lagunilla tantos años después, pero volvió a mi, por eso sé que aunque se vayan, hay libros que siempre terminan regresando”.

Aquí termina la trascripción de este Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento.

Moisés Robles Cruz©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

5 responses to ““Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento”

  • Valeria U.

    Juan
    He disfrutado mucho tu lectura ja-ja-ja… eres muy divertido, gracias por tu entretenido relato.-
    Slds,
    V.-

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  • Doris Guzmàn S.

    Estimado Juan, bonita historia casi real. cuando era niña mi madre habia comprado un libros de las Tradiciones peruanas de ricardo palma. Las hojas del libro muy grueso (por supuesto), eran de papel de seda transparentes y las letras eran doradas (como letras de oro) así era todo el libro (y se leìa colocando una hoja blenca detràs de la hoja para poder distinguir las letras, era precioso (tenìa todas las tradiciones peruanas (ya que le costò muy carito a mi madre) y tenía una cinta de color marrón para señalar donde estabas en la lectura (parecia una Biblia). Cuando nos fuimos de vacaciones con mi madre y mis hermanos, al regresar nos dimos con la sorpresa que ya no estaba en la pequeña biblioteca que teniamos, (mi padre al verse libre de la familia, bebìa cojn sis amigos y unos de ellos (profesor por supuesto) se lo llevó no se si prestado o no, el hecho es que nunca volvimos a ver ese libro y aun me da pena son casi 40 años… el relato me hizo recordar.
    saludos
    Doris

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  • lennin linares

    bella historia, para todos los amantes de los libros y que alguna vez sentimos la emocion de haber robado uno.
    Recorde que hace muchos años lei y expuse en la Universidad una obra de Oscar Lewis ” los hijos de Sanchez”. Y una compañera mia pidio que le prestara este libro, era una chica linda y no me pude negar pese a que ese libro tenia un valor sentimental para mi. No la volvi a ver por años pues ella se traslado de universidad, nos encontramos en un congreso años despues, nos saludamos y yo no pensaba en el libro sino en lo mas linda que estaba ella pese al tiempo, al dia siguienta de vernos me entrego mi libro muy bien cuidado prolijamente forrado y me dio las gracias y comentamos nuestra vida estudiantil años antes. Este libro guarda hasta hoy un recuerdo inborrable para mi

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  • SANTIAGO

    Hace mucho tiempo un tio cura me prestó un diccionario Francés-Español. A mi se me olvidó que él me lo había prestado y a él tambien… al menos por un tiempo ya que unos días más tarde se acordó, pidiendo que se lo devolviera.Yo, que realmente no me acordaba, se lo negué firmemente, como si realmente no me lo hubiera prestado nunca. Un par de años más tarde, de visita en casa de un amigo descubrí en su biblioteca el Diccionario que con tanta firmeza le había negado a mi tio, sintiendo al mismo tiempo remordimiento y codicía ya que se trataba de un bello ejemplar de finales del siglo XIX y entonces decidí conservarlo. Pasado algun tiempo viajé a Venezuela con la intención de regresar al poco tiempo y llevarme mis pertenencias… sinembargo solo pude hacerlo al cabo de diez años. La mayor parte de mis pertnencias se perdieron. Entre ellas el Diccionario.

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  • Carolina Ochoa Rubi

    He robado y me han robado libros, pero los pasos para terminar con la bibliocleptomania espero llevarlos a cabo uno por uno fielmente un paso a la vez y solo por hoy …

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