“Katia la suave”,por Roberto Alvarez-Quinones

El desmejorado timbre del teléfono suena y Roxana se lanza sobre él antes de que alguien lo vaya a coger.

—Ah, eres tú. Sí, yo sé, pero es que desde que terminé con Felito no tengo ánimo para fiestas. ¿Dónde es por fin? No sé, no tengo ganas de ir…

La joven cuelga el auricular, y con desgano le dice a la mamá que su amiga Maribel insiste en que vaya a los 15 de su prima, que se van a celebrar esa noche en la casa de su tía, en el Vedado, pero que no tiene muchos deseos de ir.

—Embúllate y ve, mi’ja —le dice su madre— desde que rompiste con el chulampín ese de tu novio estás muy alicaída.

Roxana no responde. Queda un rato en silencio. Instantes después acepta y le dice que sí, que tiene razón, que va a ir, pues ella es muy joven para tener ese “gorrión”. Y llama a Maribel.

—Pero, Roxy, no quiero que vengas muy tarde en la madrugada— aclara la progenitora.

—No te preocupes, mami, que Maribel y el novio me van a traer en el carro de él.

Se emperifolla y se perfuma como puede, se pone la mini, esa que deja verle hasta la cocina de par en par cuando se sienta, y se despide de su mamá con un beso.

Camina con sumo tacto por las aceras agujereadas del apagado reparto Santos Suárez. No se ve un burro a tres pasos. Pronto llega a donde la espera la blonda oxigenada de Maribel con su “novio”, al volante de un paraíto Chevrolet del 57. Falta poco para las 8:00 de una noche a galaxia abierta.

—Ay, Mari, me remuerde la conciencia —comenta Roxana— mami se tragó el anzuelo completico. No sé, nunca la he engañado así…

La fiesta de 15 será sui generis. Roxana y Maribel van con el Pichi Aníbal, alias “El Brillo” —por lo resplandeciente que siempre tiene su auto— al hotel Meliá Cohiba.

Al notar que su compañera de carrera y de trabajo está muy nerviosa, Maribel decide darle psicoterapia.

—Relájate Roxy. Mira, yo al principio, hace tres meses, me sentí un tilín mal, pero luego inventé que el Ministerio de Turismo me pagó en dólares unos proyectos para las cabañas de un hotel en Varadero, y ya tú has visto cómo en mi casa empezamos a salir de la Edad Media y la ecochambre.

—Pero Mari, aparte de mami y papi, me preocupa mucho el sida, aclara Roxana.

—Ay Roxy, no —acota convencida Maribel— con condones en tu cartera no hay sida que valga.

El auto sigue avanzando. La trigueña mira por la ventanilla, pero no ve. Las penas se le agolpan unas a otras como las de Sindo Garay ¿Está realmente convencida de lo que va a hacer?

Comienza a ver clarito escenas de Las noches de Cabiria, que tanto la hizo llorar hace unos días en la Cinemateca de Cuba durante un ciclo dedicado a Federico Fellini. Para colmo, su rostro se le incrusta como una careta a la Macorina, y se ve a sí misma oronda en su lujoso Cadillac descapotable rojo por la asombrada calle Galiano, por donde se paseaba la puta más chic de La Habana cuando el charleston y los sombreros de pajilla.

Pero sacudiéndose su mojigato resbalón, Roxy reacciona:

—¿De qué me sirven mi título universitario, los diplomas y las felicitaciones en mi trabajo, el código de moralidad que me han legado mis padres, si no tengo unos jeans, ni un par de zapatos decentes que ponerme, ni pantaletas, ni un vestido bueno, ni perfume, no sé lo que es una cartera bonita, y ni pan ni leche hay en la casa?

Maribel, con sus horas de vuelo en el añejo oficio, la sigue persuadiendo de que “dejarse querer” es la única opción de ella para salir a flote.

Llegan al hotel. Aníbal se baja y entra al lobby a buscar a los “puntos” que ya previamente él ha conseguido. Al poco rato sale con dos turistas españoles. Ambos gachupines se acercan al vehículo, y ellas se bajan.

Cuando Felipe, uno de los dos gaitos, ve a Roxana enmudece. La libido del ballusero aragonés estalla al contemplar aquella ninfa que ya habría querido su coterráneo Goya haber tenido acostada en el sofacito de la célebre duquesa.

Alta, de piel trigueña, con entrada de muslos de locura, con “ojos más negros que la maldad”, como le habría dicho Luis Casas Romero, y aquella cara helénica, Roxana es un manjar de los dioses.

El artesanal chulo de La Víbora rompe el encanto erótico de Felipe y el de Antonio, su compinche malagueño, para “cuadrar la caja” con los dos peninsulares.

—Señores, como ven, lo que les traigo es mamey, caviar, una lotería completa y pa’ ustedes solitos, anuncia “El Brillo”.

Poniendo una mano en el hombro desnudo de Roxana, el proxeneta continúa su gestión de venta: Resulta que Katia, este monumento de hembra tropical que ustedes ven aquí, hace hoy su debut como “guía íntima” de turismo. ¿Qué les parece?

Aclara el Pichi que por ser “nueva en esta plaza” Katia cuesta 100.00 dólares, por un máximo de tres horas contra reloj, y que los honorarios de la no menos suculenta ojiazul Alicia –Maribel—, ascienden a 70.00 dólares, también por tres horas.

Felipe protesta, se queja de que a él le han dicho que la tarifa promedio en el mercado habanero es de unos 50.00 dólares, y le está pidiendo el doble.

—Tú mismo lo estás diciendo, gallego, tarifa promedio —aclara el buscavidas viboreño—, pero, píntala bien otra vez, ¿tú crees que Katia es promedio? Además, ella no es virgen, pero tú la vas a estrenar en este giro, y esa primicia hay que pagarla. Ah, y quiero aclarar que la tarifa normal de mis muchachas es de 70.00 dólares, porque son lo mejor del mercado.

—Yo lo que pongo en la mesa, mis gaitos, es puro faisán, Grandes Ligas na’ maj —prosigue Aníbal—, muchachas finas, de buena familia. Pero si ustedes lo que quieren es calcañal de indígena, material de segunda, se van al Malecón y levantan a una de esas carretillas arrebatáj que se conforman con 20 baros, una saya buty, o alguna otra virulilla de la shopping.

El avispado businessman sigue su agresiva promoción: Fíjense bien en estas dos niñas, ilustres hijos de la Madre Patria, y díganme de verda’ si no valen un bolón de billetes más. Lo que pasa es que na’, ustedes me han caído bacán y les doy un precio especial de la casa.

El aragonés le reclama a Aníbal que cómo él puede estar seguro de que de veras Katia debuta esa noche.

—Mira —responde el chulo—, vamos a hacer una cosa, si tú notas que ella está cujeá en esto, vaya, que no es novata, yo te devuelvo los 30.00 dólares extra que vas a pagar.

Roxana está ausente del diálogo negociador y el regateo de precios, inmersa en el El siglo de las luces y los mercaderes negreros que pululaban en la Martinica y en La Habana, y casi abre la boca para que le revisen sus dientes.

Felipe nuevamente se queja del alto precio, pero esta vez sin mucha fuerza en la voz, admitiendo de hecho que el Pichi tercermundista pudo haberle pedido más por aquel plato celestial. Y sin darle tiempo a su colega, le dice:

—Antonio, yo me voy con Katia.

—Hostias, baturro, que no me has dejao hablar. Pero, sabes, no me lamento. Mírala bien, Felipe, te aseguro, macho, que Alicia para el tránsito en la Plaza del Pilar de tu Zaragoza, joder, comenta el curro.

Los babeantes parientes de Diego Velázquez se comprometen con Aníbal a que podrá recoger exactamente a la medianoche a las dos deliciosas cenicientas.

El discípulo de Alberto Yarini le dice entonces a los cuatro que lo esperen un momento. Se llega a la puerta del hotel y le entrega 5.00 dólares subrepticiamente al guardia que está allí precisamente para bloquear el acceso de criollas con extranjeros, y le da las señas de sus clientes. Luego va a la carpeta y metidos en una cajetilla de Marlboro vacía le da también $5.00 guayacanes a su socio Diosdado, encargado hasta las 3:00 a.m. de esa sección del hotel, de vida o muerte para su boyante negocio.

—Ya todo está querido —les informa Aníbal— ustedes entran al hotel como si na’, no miran pa’ nadie, muy seguros, que nadie los va a parar. A las 12.00 regreso.

Enjoy Cuba yourself, ja, ja— dice sorpresivamente en un inglés nada shakespereano, pero muy potable.

Los gachupines y sus preciosas cargas entran al hotel sin dificultad alguna. Ellos las conducen hacia un acogedor bar-restaurante, pero ambas frenan en seco.

—Preferimos ir directamente a la habitación y pedir los tragos desde allí— dicen al unísono, como si lo hubieran ensayado. No pueden exponerse en el lobby a que alguien conocido las vea en acción.

Ya en la habitación, saboreando un Cuba Libre cargadito, desnudando lentamente a su diosa y dando inicio a la función, Felipe percibe que en efecto Katia es novicia, que el Pichi no lo ha engañado.

Pasado un buen rato, el gachupín no sale de su asombro ante la culta conversación que tiene con Katia, sus buenas maneras y refinamiento.

—Sois una muchacha educada —le comenta el aragonés— seguramente universitaria. Tengo 45 años y es la primera vez que me encuentro un caso así, porque tú, vamos, ni te dedicas profesionalmente a esto, ni te llamas Katia ¿Por qué lo hacéis?

—Prefiero no hablar de eso, Felipe, por favor, contesta ella, y no dice más.

Pero él continúa su homilía.

—Es la primera que vez que vengo a Cuba. Dos colegas míos que vinieron me dijeron que vosotras las cubanas sois las chicas más hermosas y educadas del mundo, pero se quedaron cortos. Estoy perplejo. Yo sé de la crisis económica crónica que hay aquí, pero al verte me doy cuenta de que todo esto, más que sorprendente es increíble. ¿Me equivoco al creer que vos sois universitarias?

—No, no te equivocas; yo soy arquitecta— responde Katia.

— ¡Arquitectaaa!, coño, jolines yo soy arquitecto también, dice él anonadado. Entonces el problema es que no has encontrado aún empleo en tu perfil…

—Nada de eso —aclara Katia—, yo trabajo en el Centro Nacional de Proyectos Arquitectónicos, el más importante del país.

— ¿Y entonces?— pregunta el baturro.

—No quiero hablar más de eso, chico, me pone mal, me vas a desgraciar la noche, señala ella en forma tajante. Lo único que te puedo decir —agrega— es que no son pocas las compañeras mías de carrera y de otras facultades de la Universidad que están en lo mismo. Y punto.

Hablan entonces de sus respectivas especialidades arquitectónicas. Cuando ya bajan al lobby el proyectista ibérico se queda absorto contemplando la belleza extraordinaria de aquella chica, a la que le calcula unos 25 años como máximo. Con una ternura espontánea que no puede controlar, pasa suavemente la mano por el pelo castaño y sedoso de Katia, y le acaricia la cara. Le pregunta si la podrá volver a ver otra vez.

—Claro que puedes, si estás aquí el sábado próximo podrás tener otra vez los favores de Katia… “la suave”.

— ¿La suave?

La Venus de alquiler sonríe lo más natural posible y le explica a su pareja, en un sorpresivo tono de desparpajo:

—Sí, hoy se abrió a los placeres de Afrodita, en La Habana, una nueva geisha sensual, muy suave pero subidita de sal… ¿no te embullas para el reenganche?

—Puñetas, que me voy el viernes en la tarde —se maldice él-—, ¿no puede ser antes?

—No, mi baturrito, no puede ser antes, te pusiste fatal,  ja, ja— espeta ella con sonrisa ya profesional por completo.

Reunidos de nuevo los cuatro, las dos criollitas son escoltadas por sus aún incrédulos admiradores hasta donde ya las espera “El Brillo”, puntualmente. Ambas suben al auto. Ya en marcha, Roxana y Maribel le dan al César lo que es del César: 30.00 dólares la trigueña y 15.00 dólares la rubia.

Se trata de una gabela medieval de un 30%, pero ambas se dan por dichosas de que aquel diestro chulampín viboreño es el que se encarga de conseguirles los paganinis para que ellas no tengan que cabalgar por los hoteles, o en el Malecón, o en la Quinta Avenida de Miramar, contoneándose y guiñando un ojo a los extranjeros para “engancharlos”. Sería exponerse demasiado a que alguien conocido las vea.

Con “El Brillo” en acción ellas van directo del carro para la habitación en cuestión de segundos, pues él regando billetes por delante despeja de obstáculos el camino. El tiempo de exposición se reduce al mínimo. Además, él también reparte “verdes” a los policías que vigilan esa zona del Vedado para tener libre la pista. Luego de cada jornada de trabajo él las lleva cómodamente en el carro a sus casas. No, definitivamente sin su chulo-chofer-agente no podrían hacerlo. Y eso tiene su precio.

Roxana le recuerda a Maribel que el plan suyo es no tocar por unos días ese dinero de verdad que tan rápidamente se ha ganado con el sudor de su cintura y caderas.

—Mañana decimos en nuestras casas —apunta Maribel— que una firma extranjera nos pidió un proyecto para construir cuatro casas en Celymar y que nos pagarán 750 dólares a cada una, pero que será poco a poco y “por debajo de la mesa” y no pueden hablar con nadie del asunto.

Las dos arquitectas, colegas ahora por partida doble, acuerdan que lo harán solo una vez a la semana, para no levantar sospechas. Maribel entonces le dice a Aníbal que les consiga dos turistas a cada una, cada sábado, para ganar el doble. Pero Roxana se niega, y aclara que se acostará con uno solo semanalmente. Alega que los 300.00 dólares netos que se buscará el primer mes con su tarifa especial de primeriza en el oficio, superan con mucho los 192.00 dólares que ella gana como arquitecta en un año entero. Y que cuando su tarifa baje a 55.00 dólares netos como Maribel, estará ganando al mes más del triple de los 17.00 dólares que ella percibe en su trabajo como proyectista.

Todo marcha según lo previsto. El Chevrolet cincuentón desanda su camino. Roxana se deja acariciar por la brisa fresca mientras observa cómo las desvencijadas fachadas oscuras le pasan por al lado. Al fijarse bien, ve sorprendida que son siluetas picassianas fornicando y haciéndole gestos porno. Y atónita, oye clarito que le gritan: ¡Jineteeraaa!

 

  • Glosario

    Chulampín: proxeneta, chulo

    Gorrión: tristeza, depresión anímica

    Emperifollarse: acicalarse, maquillarse, arreglarse para salir

    Paraíto: auto viejo, pero en magníficas condiciones

    Tilín: un poquitín

    Sindo Garay: célebre compositor cubano de guarachas, sones y boleros

    Puntos: clientes

    Bayusero: que frecuenta el bayú, el prostíbulo

    Luis Casas Romero: músico y compositor cubano de principios del siglo XX

    Cuadrar la caja: ponerse de acuerdo

    Carretilla: mujer muy vulgar y sumamente promiscua en sus relaciones sexuales

    Alberto Yarini: famoso proxeneta habanero de inicios del siglo XX

    Jinetera: prostituta que generalmente trabaja en la calle

     

Roberto Alvarez-Quinones©. All rights reserved.
Fuente: http://hispanicla.com/palabra/katia-la-suave-6365

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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