“El cuadro”, por Iñaki Preciado Idoeta

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Contemplabas el valle a vista de pájaro, con sus pueblos diseminados por las laderas y junto al pequeño río. Veías cómo llegaba a perderse a lo lejos, en la oscura y ancha cinta del río de la Felicidad, el río de Lhasa. Y luego éste, allá, muy lejos, confundido con la bruma desaparecía entre las montañas que protegen el Yalungtsangpo. Poderosas montañas cuya fuerza, irradiando desde sus cumbres nevadas, llegaba a apoderarse de ti. Si algo hace diferentes a las cordilleras del Tíbet es esto precisamente, pues en ninguna otra parte se hace tan patente y perceptible la energía que desprenden las montañas. Hay algo, sin embargo, de aquel paisaje que no se puede describir, y sin lo cual todo cuanto acabáis de leer se quedará en pura y vacía sombra, incapaz de provocar el sentimiento que al que esto escribe provocó. Ese algo es… la luz.

Ya desde el mismo monasterio podías admirar aquel sorprendente espectáculo, pero la soledad y el silencio de la gruta acrecían la sensación. Era como si tu capacidad de percepción estética se hubiera centuplicado.

Unos días después estaba allí de nuevo. Instrumentos rituales, libros, el thangku para la tsampa, fruta, saco de dormir, una linterna, papel y lápiz, en fin, todo lo necesario para pasar retirado una semana. Únicamente me alejaba una vez al día para lavarme en un cercano arroyo. De ojos para adentro nada puedo decir, de ojos hacia fuera tampoco puedo, pero por pura incapacidad, como antes he dicho, de describir lo que durante aquellos días me fue dado contemplar. Me sentaba en una piedra, en el borde de la explanada, como cuando te sientas en un museo delante de una tela famosa. Sólo que en Shúgseb el sentimiento era infinitamente más profundo, y no llegabas a saber quién contemplaba a quién. No eras tú el que admiraba el paisaje, sino el paisaje el que te hacía parte suya, y ya no eras más que una gotita de pintura, infinitamente diminuta, en un cuadro de magnitud infinita. Y además una gotita que, una vez puesta en el cuadro, deja ya de ser gotita para convertirse en el cuadro mismo: un cuadro que, en realidad, no es cuadro y que ni siquiera existe.

Iñaki Preciado Idoeta©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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