“La aventura de oír: Del cuento oral”, por Ana Pelegrín

Del cuento oral

El romance, la canción, enlaza con el movimiento corporal, gestual, rítmico, ya sea en los cantado-jugados por los niños, o los que acompañan -aún- algunas tareas o trabajos colectivos -la siega-, o en danzas y música en los días exultantes de la fiesta.

El cuento requiere otro marco, otra es su función. Necesita del reposo, de un detenimiento en el trabajo, un oído grupal, un narrador. La palabra se despoja del cuerpo-espacio-ritmo, se desnuda en el Oído-agrupado. Lo oral se esparce, se difumina; lo oral, como lo recuerda el diccionario, también es «viento fresco y suave». Recibir, percibir por el oído lo elemental, escuchar voces y movimiento, como el personaje del cuento que «de rodillas sentía nacer las hierbas, crecer las hierbas, no las veía», supone un transcurso temporal diferenciado. Supone distender el tiempo, tenderse en el tiempo, oír pasar el tiempo, urdir pasatiempos.

En la vida cotidiana de los pueblos y en la urbana de la Edad Media, del Renacimiento, del siglo XIX, y aun en este siglo, el contar cuentos, anécdotas, chascarrillos, constituye parte de las costumbres y formas sociales. Y no sólo «consejos o cuentos de viejas, como aquellos del caballo sin cabeza, varilla de las virtudes, con que se entretienen al fuego las dilatadas noches de invierno», recuerda Cervantes; no sólo cuentos de viejas, sino agudezas de la corte, las sobremesas, veladas y charlas familiares, dichos e ingenios de los españoles.

Las narraciones, alimentadas por cadena de comunicantes o por los cuentos impresos, leídos en conjunto, ya sean libros o pliegos populares, se recuerdan de oírlas o de leerlas. Aún en el siglo XIX y principios del XX, los pliegos de cordel en prosa adaptan historias de los libros de Caballería, o personajes históricos, o literarios como Carlomagno y los doce pares, Oliveros de Castilla, Flores y Blancaflor, Merlín o la voz misteriosa, Aladino y Simbad, La puerca Cenicienta, Robinson Crusoe, Bertoldo, Pierre y Magalona, según lo documenta Caro Baroja; estas historias se vendían en librillos de entre dos y dieciséis pliegos en la Biblioteca Moderna de la antigua Imprenta Universal, fundada en 1850.

Timoneda, en la colección de cuentecillos Sobremesa y Alivio de caminantes (1563), declara en el prólogo: «fácilmente lo que yo en diversos años he oído, visto y leído podrás brevemente saber de coro, para decir algún cuento de los presentes. […] Estando en conversación quieres decir algún cuentecillo, lo digas a propósito de lo que trataren».

Con verdadero alivio para nosotros, caminantes en el camino andado, Timoneda sintetiza los datos hasta aquí expuestos:

  • La relación entre lo oral-escrito (lo que en diversos años he oído-visto-leído).
  • La memoria (podrás brevemente saber de coro).
  • La continuidad en la transmisión (para poder decir algún cuento).
  • La función del cuento-comunicación (estando en conversación, digas a propósito).

Leer el cuento es saber desentrañar lo escrito, descifrar un conocimiento persistiendo en el tiempo, recuperar la función social, la comunicación oral-grupal de la palabra. Alivio del caminante de lo tradicional son las conversaciones mantenidas con Justo Martínez (ochenta y tres años), narrador inacabable y excepcional. Después de escuchar muchos cuentos, le preguntamos cómo los aprendía y, en otro momento, si uno de ellos no provenía de Las mil y una noches. Transcribo sus palabras:

«Anduve por muchos pueblos del Concejo de Cangas y del de Tineo, trabajando con aquel maestro serrador, y después yo solo, de por mi cuenta. Pues un día en una casa contaron un cuento, yo tenía memoria, que lo aprendía, otro día en otra casa contaron otro y lo aprendía, y así fui aprendiendo muchos. Así aprendí muchos cuentos. Y todos los que aprendí de aquélla, no se me olvidaron. Y los que aprendí de más pequeño tampoco […].»

«De Las mil y una noches, sí señor. Lo aprendí yo de Las mil y una noches, y éste me pareció guapo y traté de aprenderlo, para que se hiciera. […] La mayor parte [de la gente] saben, pero aunque los leyeran no se dan cuenta. Yo los leí, los leí muy detenidamente y los aprendí porque se hicieran».

A través de caminos, trabajos, años, el narrador tradicional recibe la palabra. El que ha sabido ver y oír puede escribir en su memoria, continuar la cadena de transmisores. Pero también el que ha sabido leer, es el que puede decir; o el que puede contar lo leído es el que se ha dado cuenta, alimentado, de la lectura. ¿Por qué contar? (Porque se hicieran)… en el decir, en el nombrar, las cosas se hacen, se construyen, se crean. La palabra fundacional. El Verbo creador. Cosas de viejos, los cuentos transmiten una visión del mundo, un conocimiento primero, una forma cultural, una intención socializadora, que ha estallado y se ha desintegrado, como se ha desintegrado su misión en esta sociedad misil. Cierto es que estos tiempos son otros tiempos; la vida se ha atomizado, las estructuras familiares-sociales han cambiado, no hay por qué reunirse, no hay fuego donde congregarse. La voz mínima para el oído-grupo está liquidada; otros son los que poseen la palabra, controlan, manipulan y multiplican. Su poder no es ya crecer en el viento, sino dominar, o afincarse en los dominios precisos e indispensables de la tecnología. Sin embargo, la palabra antigua, conocimientos tan primarios, ¿no significan nada para las nuevas generaciones de esta galaxia cultural?

Ana Pelegrín©

Mañana: Cuento oral y libro infantil. Los clásicos: Perrault, Grimm, Andersen

Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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