“La aventura de oír: ¿Cuentos maravillosos para los niños de hoy?”, por Ana Pelegrín

En cada época surgen defensores o detractores de los cuentos maravillosos; ¿realidad o magia?, ¿realismo mágico tal vez? Mientras las opiniones se cruzan, a los niños se les ha contado cuentos, a otros se les ha protegido, escamoteando su contenido para salvarlos de la crueldad, o para fijar los límites entre realidad y ficción. A la mayoría ni se les ha dado ni protegido; se les ha ignorado. Mientras pedagogos, psicólogos, padres, analizan el bien y el mal que se desprende de la narración de cuentos tradicionales, éstos siguen aquí, allá, vivos, sabios, universales, incólumes al tiempo, cercanos a los sueños, aproximándose a la confusa interioridad del niño, acompañándoles en la marginación de su infancia, ayudando su esfuerzo cotidiano y maravilloso del desarrollo del pensamiento.

«Sea cual sea nuestra edad, sólo serán convenientes para nosotros aquellas historias que estén de acuerdo con los principios subyacentes de los procesos de nuestros pensamientos. Si esto es cierto en cuanto al adulto […] lo es especialmente para el niño puesto que su pensamiento es de tipo animista».

(Bethelaim)

3268-32227El niño que cae y reacciona golpeando el suelo, mientras le grita malo, malo, tiene un procedimiento (un pensamiento-acción) animista, porque cree que el suelo le ha agredido, de la misma manera que él puede devolver la agresión al suelo. Los objetos, los elementos de la naturaleza «viven» como las personas. Se mueven (la idea de movimiento-vida es esencial en el pensamiento del niño), hablan, reaccionan, tienen las mismas actitudes que las personas. Es una explicación de las leyes -casi siempre tan misteriosas- del universo. Nubes, sol, luna, lluvia, piedras (lo intangible y lo tangible) viven por su movimiento.

Un niño mira a lo alto y afirma:

«La luna se mueve, se mueve porque está viva».

Otro niño no encuentra la relación causal y desconcertado pregunta:

«¿Por qué las piedras no mueren como los insectos cuando se las pone en una caja?».

Uno y otro saben que todo a su alrededor está animado, alentado, vivo.

La vida y la muerte concierne a todo lo que sus ojos ven, las manos tocan, los oídos escuchan. En el cuento maravilloso, los elementos de la naturaleza, las plantas, los objetos, actúan y ayudan a los protagonistas de los cuentos, les advierten de los peligros, se transforman, acompañan o dañan a los humanos, tienen su reino y sus leyes. ¿No emprende su camino el joven del cuento Blancaflor, preguntando al Aire, al Viento, a la Luna por el Castillo de Oro? ¿La princesa transformada en un rosal que ríe? Recordemos el rosal de Cenicienta, el pañuelo al que le aparecen manchas de sangre cuando el personaje-protagonista está en peligro, el huso que hiere y adormece a la Bella Durmiente.

Todo esto, para el niño, tiene la lógica de su pensamiento animista, la lógica de su juego simbólico y de sus auxiliares de juego: muñecos, carretes de hilo, cubos, son soportes para el desarrollo de su pensamiento y sus transferencias.

El niño vive con los objetos auxiliares en la dura adquisición de su pensamiento, dialogando, organizando, construyendo. O consigue objetos auxiliares de su afectividad, que le ayudan, acompañan, consuelan: la pequeña almohada con tacto tan relajante cuando tiene que dormir; el muñeco-compañero-confidente; el cromo tan arduamente obtenido; la piedra mágica que le ayudará para sortear el cuestionario escolar.

En los cuentos maravillosos, los objetos auxilian al héroe en momentos críticos, ayudan a sortear las pruebas imposibles, y han sido obtenidos por el protagonista por su bondad o por su astucia.

El símbolo emerge de los objetos, emparentados con creencias de un mundo mágico. Por ejemplo, el espejo de la madrastra, emparentará con objetos mágicos de los iniciados o magos, que les permiten «ver» otras cosas; el espejo-cristal contiene una visión, «la luz» del otro reino, siendo utilizados en prácticas adivinatorias como la reconocida bola de cristal que usan los magos o el espejo de la madrastra de Blancanieves.

Pero son los animales los que en el cuento maravilloso tienen una vida importantísima. Tan importante como en la vida del niño, esa intensa amistad del niño y su gato, el niño y su perro, ese vuelco de la afectividad del niño, también ese conocimiento de la vida nacimiento-crecimiento-emparejamiento-muerte, que le dan los animales.

Buscar la ayuda de los animales, o que los animales ayuden al protagonista, responde a los mecanismos más reales del cuento maravilloso (y de la vida). Ahí está la hormiguita del cuento El chivito, ahí el Gato con Botas, la herencia más pequeña pero más preciosa que pudo dejar el molinero a su hijo, ahí la maravillosa ave tamaña del príncipe, en Blancaflor, que le lleva hasta el reino del Irás y no volverás, o del Castillo del Oro, le trae el caballo del Viento, el caballo del Pensamiento.

Aparecen los animales como integrantes del mundo interno y externo de las personas, esto es, aparecen los deseos, cualidades, comportamiento de los humanos. ¿No le habla a los niños Los siete cabritos de una situación como la de ellos, alejada la madre, quedarse los niños solos, sentirse abandonados, tener miedo y dejarse vencer, morir de miedo, abrir las puertas al miedo, desoyendo los consejos maternos?

Tan cercanos están los héroes a ese mundo de los animales, que no sólo tienen amistad con ellos, hablan con ellos porque conocen su lengua, sino que suelen, por su poder, transformarse en ellos (en hormiga, en pez, paloma o zorro) para no ser descubiertos, o por maleficios o encantamientos (véase la Blancaniña, pág. 171, o recuérdese El rey rana, La bella y la bestia, Los doce hermanos, de los Grimm). Maleficio que sólo podrá disiparse, romperse, por el amor de un ser humano, que «vea» su interioridad y pueda devolverle a su apariencia anterior. Según los psicoanalistas, esa presencia de lo animal y de los personajes transformados está aludiendo también a los impulsos del inconsciente, desafíos, de las fuerzas ciegas de los deseos, que a través del lenguaje simbólico del cuento, el niño (el adulto) puede comenzar a reconocer como la otra parte de su yo, de su pensamiento no «lógico», pero que configura a su persona, o a estadios de su personalidad, de su crecimiento.

El cuento maravilloso no invalida la necesidad de lo real en el niño, su discriminación entre lo real y lo fabulado, sino que cumple una función, la de alimentar la imaginación. Como tal es una invitación a viajar a un tiempo mágico, a unos personajes de gran fuerza/o debilidad, porque son creación de los hombres, son experiencias de emociones múltiples, una invitación a la fantasía y a la imaginación.

Insistir en los cuentos maravillosos es simplemente delimitar, acotar un tema de trabajo, no desvalorizar ni desconocer las corrientes de la literatura infantil actual, para los niños de hoy; literatura de la realidad contemporánea que despierta la actitud crítica del niño ante su entorno social, familiar; tampoco la aceptación en bloque de toda la temática de lo tradicional, sin desvelar previamente sus contenidos, ni la estratificación en un solo prisma de lo maravilloso, continuado en la última producción de lo fantástico y la ciencia-ficción; ni la literatura de humor disparatado, del Non-sense, o los libros de viajes aventuras, ni las propuestas de la obra abierta, recreativa.

Intentamos defender el espacio de lo imaginario y la formación del símbolo, y acompañar el desarrollo del pensamiento del niño con elementos literarios y, en este trabajo, con literatura oral.

Las imágenes, los cuentos, la poesía, los olvidamos como olvidamos tantas cosas de nuestra primera visión del mundo. Podemos ahora analizarlos, incluso emocionarnos con el recuerdo, pero ¿dónde ése temblor, esa herida en nosotros de la fantasía?; ¿dónde la comprensión de la esencia de la literatura?

Ana Pelegrín©

Mañana: ¿Y por qué cuentos?

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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