“La Tercera Ola”, por Alvin Toffler (fragmentos)

La arquitectura de la civilización

Hace trescientos años —medio siglo arriba o abajo— se oyó una explosión cuya onda expansiva recorrió la Tierra, demoliendo antiguas sociedades y creando una sociedad totalmente nueva. Esta explosión fue, naturalmente, la revolución industrial. Y la gigantesca fuerza de impetuosa marea que desató sobre el mundo —la segunda ola— chocó con todas las instituciones del pasado y cambió la forma de vida de millones de personas.

campesinos Durante los largos milenios en que la civilización de la primera ola ejerció su absoluta soberanía, la población del Planeta podría haberse dividido en dos categorías, los “primitivos” y los “civilizados”. Las llamadas sociedades primitivas, que vivían en pequeñas bandas y tribus y subsistían mediante la caza o la pesca, eran las que habían sido dejadas de lado por la revolución agrícola. Por el contrario, el mundo “civilizado” estaba constituido por aquella parte del Planeta en que la mayoría de la gente cultivaba el suelo. Pues dondequiera que surgió la agricultura, echó raíces la civilización. Desde China y la India hasta Benín y México, en Grecia y en Roma, las civilizaciones nacieron y murieron, lucharon y se fundieron en interminable y policroma mezcla.

Pero por debajo de sus diferencias existían similitudes fundamentales. En todas ellas, la tierra era la base de la economía, la vida, la cultura, la estructura familiar y la política. En todas ellas prevaleció una sencilla división del trabajo y surgieron unas cuantas clases y castas perfectamente definidas: una nobleza, un sacerdocio, guerreros, ilotas, esclavos o siervos. En todas ellas el poder era rígidamente
autoritario. En todas ellas, el nacimiento determinaba la posición de cada persona en la vida. Y en todas ellas la economía estaba descentralizada, de tal modo que cada comunidad producía casi todo cuanto necesitaba.

Hubo excepciones… nada es simple en la Historia. Había culturas comerciales cuyos marineros cruzaban los mares, y reinos altamente centralizados, organizados en torno a gigantescos sistemas de riego. Pero, pese a tales diferencias, estamos justificados para considerar todas estas civilizaciones aparentemente distintas como casos especiales de un fenómeno único: la civilización agrícola, la civilización extendida por la primera ola.

Durante su dominación se dieron ocasionales indicios de cosas futuras. En las antiguas Grecia y Roma existieron embrionarias factorías de producción en masa. Se extrajo petróleo en una de las islas griegas en el año 400 a. de J.C., y en Birmania, en el 100 de nuestra Era. Florecieron grandes burocracias en Babilonia y en Egipto. Surgieron extensas metrópolis urbanas en Asia y América del Sur. Había dinero e intercambios comerciales. Rutas comerciales surcaban los desiertos, los océanos y las montañas, desde Catay hasta Calais. Existían corporaciones y naciones incipientes. Existió incluso, en la antigua Alejandría, un sorprendente precursor de la máquina de vapor.

Sin embargo, no hubo en ninguna parte nada que ni remotamente hubiera podido denominarse una civilización industrial. Estos atisbos del futuro, por así decirlo, fueron meras singularidades producidas aisladamente en la Historia, dispersas a lo largo de lugares y períodos distintos. Nunca se combinaron, ni hubieran podido combinarse, en un sistema coherente. Por tanto, hasta 1650-1750, podemos hablar de un mundo de la primera ola. Pese a los parches de primitivismo y a los indicios del futuro industrial, la civilización agrícola dominaba el Planeta y parecía destinada a dominarlo siempre.

2121487586_f3af3a15ae Este era el mundo en que estalló la revolución industrial, desencadenando la segunda ola y creando una extraña, poderosa y febrilmente enérgica contracivilización. El industrialismo era algo más que chimeneas y cadenas de producción. Era un sistema social rico y multilateral que afectaba a todos los aspectos de la vida humana y combatía todas las características del pasado de la primera ola. Produjo la gran factoría Willow Run en las afueras de Detroit, pero puso también el tractor en la granja, la máquina de escribir en la oficina y el frigorífico en la cocina. Creó el periódico diario y el cine, el “Metro” y el “DC-3”. Nos dio el cubismo y la música dodecafónica. Nos dio los edificios de Bauhaus y las sillas de Barcelona, huelgas de brazos caídos, píldoras vitamínicas y una vida más larga. Universalizó el reloj de pulsera y la urna electoral. Más importante, unió todas estas cosas —las ensambló como una máquina— para formar el sistema social más poderoso, cohesivo y expansivo que el mundo había conocido jamás: la civilización de la segunda ola.

 

La familia aerodinámica

Pero esta tecnosfera de la segunda ola necesitaba una “sociosfera” igualmente revolucionaria en que alojarse. Necesitaba formas radicalmente nuevas de organización social. Antes de la revolución industrial, por ejemplo, las formas familiares variaban de un lugar a otro.

Pero dondequiera que predominaba la agricultura, la gente tendía a vivir en grandes agrupaciones multigeneracionales, con tíos, tías, parientes políticos, abuelos o primos viviendo todos bajo el mismo techo, trabajando todos juntos como una unidad económica de producción, desde la “familia colectiva” de la India, hasta la “zadruga” en los Balcanes y la “familia extensa” en la Europa Occidental. Y la familia era inmóvil, enraizada en la tierra.

Al comenzar a moverse la segunda ola sobre las sociedades de la primera ola, las familias experimentaron la tensión del cambio. Dentro de cada una, la colisión de frentes de olas adoptó la forma de conflicto, ataques a la autoridad patriarcal, relaciones modificadas entre hijos y padres,
nuevas nociones de decencia. Al desplazarse la producción económica del campo a la fábrica, la familia dejó de trabajar como una unidad. Con el fin de liberar trabajadores para la fábrica, las funciones clave de la familia fueron encomendadas a nuevas instituciones especializadas. La educación de los niños fue encomendada a las escuelas. El cuidado de los ancianos fue puesto en manos de casas de beneficencia o asilos. Por encima de todo, la nueva sociedad necesitaba movilidad. Necesitaba trabajadores que siguieran de un lugar a otro a los puestos de trabajo.

Agobiada bajo la carga de parientes ancianos, enfermos, incapacitados y gran número de hijos, la familia extensa era cualquier cosa menos móvil. Por tanto, empezó a cambiar, gradual y dolorosamente, la estructura familiar. Desgarradas por la emigración a las ciudades, vapuleadas por las tempestades económicas, las familias se deshicieron de parientes indeseados, se hicieron más pequeñas, más móviles y más adecuadas a las necesidades de la nueva tecnosfera.

La llamada familia nuclear —padre, madre y unos pocos hijos, sin parientes molestos— se convirtió en el modelo “moderno” estándar, socialmente aprobado, de todas las sociedades industriales, tanto capitalistas como socialistas. Incluso en Japón, donde el culto a los antepasados otorgaba a los ancianos un papel excepcionalmente importante, la gran familia multigeneracional, estrechamente unida, empezó a derrumbarse a medida que avanzaba la segunda ola. Aparecieron más y más unidades nucleares. En resumen, la familia nuclear se convirtió en una identificable característica de todas las sociedades de la segunda ola, singularizándolas frente a las de la primera ola con tanta evidencia como los combustibles fósiles, las fábricas de acero o las cadenas de tiendas.

El programa encubierto

Además, al desplazarse el trabajo de los campos y el hogar, era necesario preparar a los niños para la vida de fábrica. Los primeros propietarios de minas, talleres y factorías de la Inglaterra en proceso de industrialización descubrieron, como escribió Andrew Ure en 1835, que era “casi imposible transformar a las personas que han rebasado la edad de la pubertad, ya procedan de ocupaciones rurales o artesanales, en buenos obreros de fábrica”. Si se lograba encajar previamente a los jóvenes en el sistema industrial, ello facilitaría en gran medida la resolución posterior de los problemas de disciplina industrial. El resultado fue otra estructura central de todas las sociedades de la segunda ola: la educación general.

Construida sobre el modelo de la fábrica, la educación general enseñaba los fundamentos de la lectura, la escritura y la aritmética, un poco de Historia y otras materias. Esto era el “programa descubierto”. Pero bajo él existía un “programa encubierto” o invisible, que era mucho más elemental.

industria-textil-siglo-xix Se componía —y sigue componiéndose en la mayor parte de las naciones industriales— de tres clases: una, de puntualidad; otra, de obediencia y otra de trabajo mecánico y repetitivo. El trabajo de la fábrica exigía obreros que llegasen a la hora, especialmente peones de cadenas de producción. Exigía trabajadores que aceptasen sin discusión órdenes emanadas de una jerarquía directiva. Y exigía hombres y mujeres preparados para trabajar como esclavos en máquinas o en oficinas, realizando operaciones brutalmente repetitivas.

Así, pues, a partir de mediados del siglo XIX, mientras la segunda ola se extendía por un país tras otro, asistimos a una incesante progresión educacional: los niños empezaban a asistir a la escuela cada vez a menor edad, el curso escolar se iba haciendo cada vez más largo (en los Estados Unidos aumentó en un 35% entre 1878 y 1956), y el número de años de educación obligatoria creció irresistiblemente.

La educación pública general constituyó, evidentemente, un humanizador paso hacia delante. Como declaró en 1829 un grupo de obreros y artesanos de Nueva York: “Después de la vida y la libertad, consideramos que la educación es el mayor bien concedido a la Humanidad.” Sin embargo, las escuelas de la segunda ola fueron convirtiendo a generación tras generación de jóvenes en una dócil y regimentada fuerza de trabajo del tipo requerido por la tecnología electromecánica y la cadena de producción.

Ambas juntas, la familia nuclear y la escuela de corte fabril, formaron parte de un único sistema integrado para la preparación de jóvenes con miras al desempeño de papeles en la sociedad industrial.

También en este aspecto son idénticas todas las sociedades de la segunda ola, capitalistas o comunistas, del Norte o del Sur.

 

El concepto del tiempo

Hemos visto, en un capítulo anterior, cómo la extensión del industrialismo dependía de la sincronización del comportamiento humano con los ritmos de la máquina. La sincronización era uno de los principios orientadores de la civilización de la segunda ola, y en todas partes las gentes del industrialismo les parecían a los extraños que estaban obsesionados por el tiempo, siempre mirando nerviosamente a sus relojes.

rellotge_24_h_web Mas para crear esta conciencia del tiempo y lograr la sincronización, había que transformar las presunciones básicas sobre el tiempo de la gente —sus imágenes mentales del tiempo — Se necesitaba un nuevo concepto del tiempo.

Las poblaciones agrícolas, que necesitaban saber cuándo plantar y cuándo recolectar, desarrollaron una notable precisión en la medición de largos lapsos de tiempo. Pero como no necesitaban una estrecha sincronización del trabajo humano, los pueblos campesinos rara vez elaboraron unidades precisas para medir lapsos cortos. Característicamente, dividieron el tiempo no en unidades fijas, con horas o minutos, sino en trozos indefinidos, imprecisos, que representaban la cantidad de tiempo necesario para realizar alguna tarea doméstica. Un granjero podía referirse a un intervalo como “el tiempo de ordeñar una vaca”. En Madagascar, una unidad de tiempo aceptada se llamaba “una cocción de arroz”; un momento se conocía como “el freír de una langosta”. Los ingleses hablaban de “el tiempo de un padrenuestro” —el necesario para una oración—, o, más terrenamente, “el tiempo de una meada”.

De manera similar, como existían escasos intercambios entre una comunidad o aldea y la siguiente, y como el trabajo no lo necesitaba, las unidades en que se agrupaba mentalmente el tiempo variaban de un lugar a otro, de una estación a otra. Por ejemplo, en la Europa Septentrional medieval, el período de luz solar se dividía en horas iguales. Pero como el intervalo entre el alba y el ocaso variaba día a día, una “hora” de diciembre era más corta que una “hora” de marzo o junio.

En vez de vagos intervalos como el invertido en rezar un padrenuestro, las sociedades industriales necesitaban unidades sumamente precisas, como hora, minuto o segundo. Y estas unidades tenían que ser uniformizadas, intercambiables de una estación o comunidad a otra.

En la actualidad, el mundo entero está nítidamente dividido en zonas horarias. Hablamos de una hora uniformizada. Los pilotos de todo el mundo tienen como referencia la hora zulú, esto es, la hora del meridiano de Greenwich. Por convención internacional, Greenwich, en Inglaterra, se convirtió en el punto desde el que se medirían todas las diferencias horarias. Periódicamente, al unísono, como impulsadas por una única voluntad, millones de personas adelantan o atrasan sus relojes una hora, y, aunque nuestra percepción subjetiva, interior, de las cosas pueda decirnos que el tiempo se está arrastrando o, por el contrario, huyendo velozmente, una hora es ya una única e intercambiable hora uniformizada.

La civilización de la segunda ola hizo algo más que dividir el tiempo en trozos más precisos y uniformes. Colocó también esos trozos en una línea recta, que se extendía indefinidamente hacia el pasado y hacia el futuro. Dio al tiempo una estructura lineal.

De hecho, la presunción de que el tiempo tiene una configuración lineal se halla tan profundamente incrustada en nuestros pensamientos, que a quienes hemos nacido en sociedades de la segunda ola nos cuesta concebir ninguna alternativa. Sin embargo, muchas sociedades preindustriales, y algunas sociedades de la primera ola aún hoy, ven el tiempo como un círculo, no como una línea recta. Desde los mayas hasta los budistas y los hindúes, el tiempo fue una historia circular y reiterativa, repitiéndose a sí misma indefinidamente, y con las vidas reviviéndose a sí mismas a través de la reencarnación.

La idea de que el tiempo era como un gran círculo se encuentra recogida en el concepto hindú de kalpas recurrentes, cada una de ellas de una duración de cuatro mil millones de años, cada una de ellas representando un solo día de Brahma, que empieza con la recreación, termina con la disolución y vuelve a empezar. La noción de tiempo circular se encuentra también en Platón y Aristóteles, uno de cuyos discípulos, Eudemus, se imaginaba a sí mismo viviendo una y otra vez el mismo momento mientras se repetía el ciclo. Pitágoras lo enseñó. En Time and Eastern Man, Joseph Needham nos dice que: “Para el indohelénico, el tiempo es cíclico y eterno.” Además, mientras que en China predominó la idea del tiempo lineal, según Needham: “El tiempo cíclico prevaleció, ciertamente, entre los primeros filósofos especulativos taoístas.”

También en Europa coexistieron estas alternativas concepciones del tiempo en los siglos que precedieron a la industrialización. “Durante todo el período medieval —escribe el matemático G. J. Whitrow—, estuvieron en conflicto los conceptos cíclico y lineal del tiempo. El concepto lineal fue fomentado por la clase mercantil y el nacimiento de una economía monetaria. Pues mientras el poder estuve concentrado en la propiedad de la tierra, se sentía el tiempo como algo fértil y lleno de plenitud y se lo asociaba al inmutable ciclo de la agricultura.” . Al cobrar fuerza la segunda ola, este viejo conflicto quedó resuelto: triunfó el tiempo lineal. El tiempo lineal se convirtió en la concepción dominante en toda sociedad industrial, oriental u occidental. Se acabó viendo el tiempo como una carretera que se desplegase desde un remoto pasado y, cruzando el presente, se adentrara en el futuro, y esta concepción del tiempo ajena a miles de millones de humanos que vivieron antes de la civilización industrial, se convirtió en la base de toda planificación económica, científica y política, ya fuese en el gabinete ejecutivo de la IBM, la agencia japonesa de Planificación Económica o la Academia Soviética.

No obstante, debe hacerse notar que el tiempo lineal constituía un requisito previo de las concepciones indusreales de evolución y progreso. El tiempo lineal hizo plausibles la evolución y el progreso. Pues si el tiempo fuese circular en lugar de rectilíneo, si los acontecimientos se volvieran sobre sí mismos en vez de avanzar en una única dirección, ello significaría que la Historia se repetía y que evolución y progreso no eran sino ilusiones, sombras proyectadas sobre el muro del tiempo.

Sincronización. Uniformización. Linealización. Afectaron a las presunciones básicas de la civilización y provocaron masivos cambios en la forma en que las gentes corrientes manipulaban el tiempo en sus vidas. Pero si el tiempo mismo se transformó, también el espacio tenía que ser remodelado para encajar en la nueva indusrealidad.

Alvin Toffler©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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