“Tonto el que lo lea”, Luis Arturo Hernández

dedo Aquella frase, garrapateada por una mano anónima en la tapia desconchada de la infancia, era un bombón envenenado a la puerta del colegio, un caramelo chupado a la salida de la escuela.Un analfabetismo multisecular se vengaba, por boca de un iniciado en las letras, del escolar de turno con una burla selectiva, cifrada, críptica.

El desprecio de la lectura por alguien que dominaba la escritura revelaba cierto resentimiento de quien había sido instruido y, sin embargo, se rebelaba contra ello.

La humillación de la lectura -la cabeza gacha, las manos en el Libro, los labios bisbiseando oraciones- conllevaba el recogimiento del enclaustrado en una celda.

La población reclusa es, dicho sea de paso, la que arroja mayores porcentajes en la actividad contemplativa. Un libro tal vez nos haga más libres -como reza el tópico-, pero cuando uno se siente libre -y la sociedad de mercado provoca esta suerte de espejismo colectivo con éxito- lo último a que aspira es a encerrarse con un libro.

Y es que el Estado del bienestar embota los sentidos y la superabundancia de la oferta comercial empacha al comprador, logrando en las sociedades desarrolladas un efecto equivalente al del analfabetismo en las sociedades en vías de desarrollo.

Quizá no haya mejor solución, tras la cosecha de fracasos de tanta campaña de animación a la lectura, de tanto intento baldío por enganchar al libro como a una droga-”que lea lo que sea, pero que lea”, clama tolerante tanto desescolarizador-, que compensar el desequilibrio Norte-Sur con una nueva oenegé, la de Libros sin Fronteras, que dé salida a la bulimirexia lectora a la vez que a la sobredosis de los productos editoriales -por no llamarlos libros- de tanto papel impreso por reciclar. Guardar los Libros, ocultarlos, dar pistas, dejar huellas:alguien sabrá dar con ellos.

En un país como España, en el que-según los cálculos de la Sociedad General de Autores- la mitad de la población no lee, la lectura seguirá teniendo algo de rito de iniciación, de signo de pertenencia a una secta, y el libro un algo de fetiche de culto.

El lector, miembro de una logia legal, abducido por la Ilustración, que tararea el “Todo, todo está en los libros”-¡qué patraña grandilocuente, meliflua y totalitaria!- y se ve acorralado por el tiempo del Capital y las fantasmagorías de lo audiovisual, por la superproducción libresca y la sobredosis de la tentación mercantil, doblega la cerviz y se somete al dictado del alfabeto o alza la vista, como tú ahora -si has llegado, lector, hasta este sermón perdido y esto no ha sido predicar en el desierto- ante el atril de un altar electrónico desgranando unas desveladas prosas profanas.

LE GUSTA LEER MÁS QUE A UN TONTO UNA TIZA.Y se insinúa, ahí, el aleve dardo popular contra el garabateo de la escritura, sine qua non de la lectura.

Círculo vicioso, en fin, de lectores y escritores, porque entre tontos anda el juego.

Y, entretanto, cada vez que pregunten por uno, la respuesta inexorable será la de aquel chiste de Mingote -¿o era de Forges?- en que una señora muy peripuesta, de visita en casa de una amiga, se interesa por el marido.”Ahí está, leyendo, como un tonto”, se le dice. “Ahí está, leyendo como un tonto”. No sé, no debí de leerlo bien.

Luis Arturo Hernández©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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