“Norah Borges, la mujer invisible”, Iván de la Torre

Yo quería ser un hombre invisible"

Jorge Luis Borges

 

Norah Borges siempre fue descrita a través de sus relaciones con los demás: era la hermana de Jorge Luis, la esposa de Guillermo de Torre, la amiga de Silvina Ocampo, alguien que estaba ahí para contar como sucedieron las cosas pero cuyo trabajo como pintora, ilustradora y dibujante era automáticamente relegado, minimizado u olvidado.

Su carrera fue particularmente ninguneada por los biógrafos de su hermano Jorge Luis Borges. En las revistas donde el adolescente escribió y publicó sus primeros poemas vanguardistas en la España de inicios de la década de los 20, a ella, quien colaboró en las mismas revistas como ilustradora, apenas se le hace referencia. Como sucedió con todos los primeros compañeros de Borges, Norah aparece en una foto intencionalmente difuminada donde la única cara que reconocemos es la del personaje más famoso del grupo.

Es fácil convertir con estos datos a Norah Borges en mártir: la víctima pasiva de la inmensa fama de su marido, su hermano y sus amigos, condenada a ser vista y pensada a partir de los demás; alguien a quien se coloca en un eterno papel secundario, sin darle ningún valor ni reconocimiento por su propio trabajo. El procedimiento de canonización, facilitado por estas pruebas de mala fe ajena, es especialmente útil a la hora de contar cuentos con moraleja donde el verdadero genio oculto es la persona a la que ahora no se le presta atención pero a quien la posteridad –en forma de otros escritores/apologistas– rescatará, poniendo las cosas en su lugar.

El mismo Borges, apenas la menciona en sus memorias, según su sobrino Miguel de Torre, porque “para él las mujeres eran seres a los que había que venerar pero no leer. Solamente lo oí ponderar a una escritora, a Silvina Ocampo, de quien recitaba versos de ‘Enumeración de la Patria’ (…), aunque no le gustaban sus cuentos. De otra escritora, Estela Canto, me dijo que era la mujer más inteligente que había conocido, pero ni una palabra sobre sus novelas”.

La relación entre ambos hermanos, a pesar de esa falta de reconocimiento explícito, fue muy cercana: durante la larga estadía de la familia Borges en Europa (1914-1921), Norah tomó clases de pintura y grabado con Maurice Sarkisoff y Arnaldo Bassi mientras su hermano escribía, pero fue ella y no él, quien publicó primero un libro de poemas llamado Notas Lejanas (1915) que el propio Borges prologó, reconociendo posteriormente que “cuando Norah ensayó la litografía, escribía poemas, pero los destruyó para no usurpar lo que juzgaba mi territorio”.

Cuando ambos se convierten, a comienzos de 1919, en colaboradores de varias revistas ultraístas, parecen trabajar paralelamente, como si uno ilustrara lo que el otro escribía, influyéndose e intercambiando puntos de vista aunque es Norah y no su hermano el personaje reconocido por los demás; habría que esperar la fama y la facilidad para la insolencia verbal aprendida de Shaw, para que Jorge finalmente eclipse públicamente a su hermana.

El ejemplo más claro lo da Gómez de la Serna cuando publica en la muy respetable Revista de Occidente una crítica en la que festeja la aparición del primer libro de poemas de Borges y Norah desplaza a su hermano del centro de atención: “Jorge Luis se me presenta siempre unido a su hermana Norah, la inquietante muchacha con la misma piel pálida del hermano y como él perdida entre las cortinas, atisbando las cosas de la noble casa de los Borges, llena de cuadros, de perspectivas de salón, de espejos con lluvia, de candelabros a cuyas velas, en ratos efusivos y misteriosos, se asoman las llamitas sin haberlas encendido. Mientras Jorge Luis callaba, Norah Borges nos descubría esa casa de donde la muy unida y patriarcal familia Borges no salía nunca. En sus grabados de madera representaba Norah y nos confiaba sus tertulias con unas amigas que en la soledad cruzaban las piernas en T y enseñaban el torneado de la confidencia, dedicándose a jugar ajedrez moviéndose como un lento cotillón sobre el ajedrezado pavimento de las estancias, ¡niñonas solemnes!; los veladorcitos de ilusionista con tapetes de flecos, los maceteros que valen un jardín y una gruta, los sofás que se comen a la gente, las jaulas de los pájaros artificiales, las mesas del tresillo, mesas con chaleco y bolsillos de mesa en el chaleco. Después, Norah nos hacía salir a esas terrazas en que suenan, los pasos en las habitaciones, como si la noche inmensa adquiriese profunda intimidad sobre ellas y fuese una habitación estrellada y encortinada de terciopelos frenéticos de caricias”. (…)

Norah se convirtió en una de las primeras ilustradoras de la literatura argentina, dibujó, además de las tapas de los dos primeros libros de su hermano, Fervor de Buenos Aires (1923) y Luna de enfrente (1925), las obras de Norah Lange, La calle de la tarde (1924), de Eduardo Mallea, Cuentos para una inglesa desesperada (1926), de Alfonso Reyes Fuga de Navidad (1929) y de Ricardo Molinari El imaginero (1927) y El pez y la manzana, (1929).

También pintó cuadros de trazos simples y despojados, poblados obsesivamente por “jóvenes silenciosos que viven esperando amor” donde parece haber encontrado finalmente su estilo, que Estela Canto describiría como “unas típicas jovencitas pálidas, de perfil griego, dibujadas sobre fondos rosados o celestes, con balconcitos y galerías, alguna maceta, algunos floreros. La línea era pura y nítida; los colores, chatos y mitigados”.

Ese periodo de consagración pública, donde Norah opaca a su hermano, terminará abruptamente en 1928 cuando, después de un largo noviazgo de diez años, se case con Guillermo de Torre, crítico y escritor a quien había conocido durante su estadía familiar en España.

En Borges a contraluz, Canto recuerda la casa del matrimonio y como, después de una visita, Borges se burló de las ideas sobre arte de su cuñado (“una cháchara bastante tonta y snob”), mientras defendía a su hermana, explicaba que había sido una niña voluntariosa y traviesa (una idea que repetiría obsesivamente en sus biografías y reportajes, aunque luego se olvidara de nombrarla como artista), eclipsada, según él, por su celoso y exigente marido que le había impedido dibujar.

“Norah –reconoce Alicia Jurado, biógrafa de Borges– probablemente sacrificó bastante de su arte con la familia”, lo que confirma que: “Borges pensaba que De Torre la había apartado demasiadas veces de sus pinceles”; pero Canto no aceptaba esa versión: “Él no advertía que Norah estaba perfectamente contenta con las cosas como estaban y que su única ambición era ser una buena esposa y madre. Pero Georgie culpaba de esto a Guillermo de Torre, que quizá no hacía más que aceptar lo que Norah había elegido”.

Después de casi una década de retiro público, finalmente Norah volvió a trabajar gracias a la invitación de su hermano para colaborar como ilustradora y crítica de arte en Anales de Buenos Aires, revista donde apareció “Casa Tomada”, el primer cuento de Julio Cortázar.

A pesar de esta muestra de afecto pública, la complicidad que los había hecho trabajar los mismos temas y compartir los amigos en su juventud, habían desaparecido desde el casamiento de Norah, aunque ésta acompañó fielmente a su hermano desde su primer libro hasta Adrogue de 1977.

El escritor postergó su tributo hasta 1974, cuando escribió el prólogo de Norah, un libro de litografías donde confesó: “Mucho le debo a Norah, más de lo que pueden decir las palabras, menos de lo que pueden significar una sonrisa y el compartido silencio”.

Diez años después, en el prólogo para el Breve Santoral, un libro de Silvina Ocampo ilustrado por Norah, Borges celebraría “una antigua y triple amistad”, aunque él era mucho más amigo del esposo de Silvina, Bioy Casares. Solían reunirse a trabajar dejando afuera a Silvina que estableció su propia relación paralela con Norah, quien ilustrara sus libros Las invitadas (1961) y Autobiografía de Irene (1982).

Alicia Jurado puntualiza que a pesar de estas diferencias, siempre mantuvieron “una relación fraternal. Almorzaban juntos, se vieron hasta que él se fue a Europa para morir”.

Norah trabajó hasta su muerte, el 20 de julio de 1998, convertida finalmente en el opuesto exacto de su hermano, como si ambos hubieran iniciado un proceso de transformación donde el antiguo alumno obediente se había convertido en un rebelde y la antigua rebelde en una apacible ama de casa que había aceptado existir a la sombra de los demás; posición que facilitaría la mitificación lanzada por su hijo sobre su destino como artista injustamente olvidada por la fama mediática de su hermano.

¿Pero que había de cierto en todo eso? Su alejamiento de los medios y la decisión de pintar exclusivamente en su casa, sin tener un atelier y regalando sus pinturas a conocidos y amigos, demuestra su voluntad de alejarse de la vida pública para consagrarse totalmente a la pintura mientras su hermano elegía el extremo opuesto: usar a los medios como una forma de estar siempre acompañado, hablando interminablemente de los temas que le apasionaban.

Así, más allá de la fábula construida a su alrededor por su hijo y su hermano, que la convertían en un objeto pasivo, atado a los demás, Norah consiguió trabajar durante más de 40 años sin ser molestada. La conclusión de Canto posiblemente sea real: era Norah y no su marido quien decidió en 1928 que necesitaba estar sola para trabajar mejor y su destino final, ese silencio obstinado en que la sepultó la fama desmesurada de los demás, era más una elección propia que un castigo.

En una de sus últimas entrevistas de 1996, una Norah casi centenaria que había trabajado como ilustradora hasta principios de los 90 y todavía pintaba, parece confirmar que su deseo personal –coherente con la tradición familiar– era desaparecer completamente de la luz pública, como declaraba su hermano antes de ser devorado por su personaje mediático; para ella, la gloria, era que sus cuadros e ilustraciones fueran reconocidos y admirados sin que el observador supiera que había existido una mujer llamada Norah Borges.

Iván de la Torre©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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