“Galería de Arte”, Carmen María Camacho Adarve

ana-obregon Cierta tarde vagaba entre infinitas paredes cargadas de cosas que habríamos de llamar obras, a riesgo de convertirnos en blanco de los peores insultos y la inscripción terrible, de reaccionaria, decadente, intolerante y antidemocrática. Ya se sabe, es menos inmoral robar, antes que tener una fe mal disimulada: bueno-malo, bello-feo, y más. Por ello, si se quiere evitar esa salmodia de epítetos, lo mejor que se puede hacer, si a ello se ve obligado, es verter un suave y contemporizador: “sí, está claro que esos hierros dentro de una bañadera vieja, salpicado todo con hermosos trozos de aglomerado, papel arrugado y esferas de plástico, está muy claro, que eso es Arte y con mayúscula por si parece poco".

Andaba en ese pausado recorrido entre dibujos de jardín de infantes, telas avejentadas, hierros retorcidos y genialidades incomprensibles, o entre la misma basura de la calle acomodada, eso sí, sobre importantes pedestales; pero, sobre todo, me guiaba la certeza o la esperanza de que en medio de todo eso, algo que tuviera derecho a la existencia pudiera nacer. Y a veces, hasta nacía.

Seguía recorriendo esos laberintos cuando de pronto me pareció que desde una tela dos ojos me seguían. Temiendo ver confirmados los peores pronósticos acerca de mi salud mental, vacilé infinitamente hasta que me acerqué al cuadro. Efectivamente, entre los colores formando manchas como los que hacen los niños de primaria, pude distinguir dos ojos que me miraban fijo. Por fin, una grieta se abrió en el cuadro, y salió una voz que me saludó amablemente; yo, en principio, no respondí el saludo, por si se trataba de mi homónima de la vanguardia, además, no me parecía bien eso de andar hablándoles a los cuadros como no fuera en la intimidad del propio pensamiento. La voz debió darse cuenta del motivo que me hacía incurrir en semejante falta de educación, porque me dijo: “oye, soy una persona, o eso dicen, me llamo Yolanda, gusto en saludarle". Me pareció que hablar y tener un nombre no es propio de otros mundos y que eso es suficiente como para ser considerado persona, o no, pero en tal caso yo saludaba cien veces al día a muchos seres, sólo porque tenían nombre y hablaban, y no tenía por qué haber una excepción ahora. Entonces le respondí: “El gusto es mío. ¿Pero sería tan amable de decirme qué carajo hace allí colgada como si fuera un cuadro?".

"Cómo no, cómo no -me respondió. La verdad es que no me encuentro muy cómoda aquí, pero ya me acostumbraré. Resulta que estaba yo la mañana del martes en el metro como todos los días, dirigiéndome hacia el trabajo, suelo aprovechar el viaje para retocarme un poco, rímel, y maquillaje, y en eso estaba cuando de golpe un marchante me confundió con un cuadro expresionista.

No pude evitar interrumpirla con una exclamación salida de lo más hondo de mi ser. Qué horror, -le dije- ¡Si al menos la hubieran confundido con un Picasso!, vaya y pase, pero… La señora me contestó un poco molesta: Lo que usted quiera, pero es un pintor muy conocido con una reputación en Europa y los Estados Unidos, me dijo, repitiendo sin duda alguna reseña de un suplemento dominical. ¡Para mí es un honor que me hayan confundido con un cuadro suyo!

-Si, claro -dije-, para qué modelos de Botero, desnudas o vestidas, ahora no hay nada mejor que confundir a las mujeres con cuadros expresionistas, llenos de chorreones de pintura y cosas pegadas. Las mujeres hemos evolucionado junto con el arte, eso se ve muy claro.

-Ya ve usted que tengo razón. Así que me confundieron con un cuadro que hace unas semanas había sido sustraído de una de las galerías más importantes de nuestra ciudad. El pintor es tan genial que hasta los ladrones le roban sus cuadros, como en las galerías de Nueva York.

-Claro que si -le dije-, no hay como los ladrones para críticos de arte; eso que usted me cuenta me confirma absolutamente la calidad de su obra.

-¿Ve lo que le digo? Bueno, entonces el marchante, que era muy entendido a todas luces, me confundió con esa obra, y como a duras penas podían ocultar su júbilo, gritaba, "las vanguardias tenían razón, el arte verdadero está en la calle", me devolvió a la galería, y como esta semana ha comenzado una muestra retrospectiva sobre el Maestro, pues me han traído junto con otras obras".

-Interesante, interesante -dije para decir algo mientras me alejo unos pasos hacia atrás.

-Yo siempre quise vivir cerca del arte, es mi vocación.

-“Sí, se ve", le dije.

-Gracias. Es por eso quizás que cada mañana ponía todo mi afán en maquillar minuciosamente mi cara, porque eso no es cualquier cosa, no, no, es todo un arte. Y no me he conformado con la pintura, ¡no! También he experimentado la escultura clínica, luego de años en quirófanos, de inflarme un poquitito aquí, de sacarme una cosita acá para ponérmela un poco más allá, lo he logrado, soy una obra de arte!".

"-Qué bonito, qué bonito" -dije mientras me seguía alejando imperceptiblemente.

-No es tan cómodo estar colgada de una pared, pero todo sea por el arte, continuó mientras yo me iba casi corriendo de ese Templo de la Cultura.

Carmen María Camacho Adarve©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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