“La mesa parlante”, Carlos Dummond De Andrade

imagesCALZ8AWS Entre los muebles que pertenecieron al médium Aksakovo Feitosa, subastados luego de su fallecimiento, estaba la mesa parlante que durante veinte años sirvió a sus trabajos. Aparentemente no se distinguía de cualquier otra mesa; sin embargo, el largo hábito de prestarse a experiencias había acabado por conferirle poderes independientes de la iniciativa humana.

Convertida en mesa de comedor en la casa del funcionario del Lloyd Brasileño que la remató, comenzó a levitar cuando la familia festejaba el cumpleaños de la hija menor, la niña Leonarda. El susto de los comensales fue inmenso, y los dejó sin habla. Pálidos, ansiosos por huir, y pegados a sus sillas, todos acompañaban los movimientos de la mesa sin que pudieran detenerlos.

El fenómeno duró cinco minutos. La familia volvió a moverse, pero los vasos estaban destrozados y el vino se escurría sobre el mantel. Junto al plato de Leonarda, una mancha roja formaba una cruz, que fue interpretada como presagio lúgubre.

El padre de la niña se deshizo del mueble donándolo a un asilo de ancianos. La niña creció y se casó con el noble italiano Papavincini, cuyo blasón encerraba una cruz como de sangre, y fueron muy felices. Es la primera vez que una historia de esas acaba en casamiento y felicidad.

Carlos Dummond De Andrade

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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