“Una piscucha de nombre Ramón”, Gabriel Morales

Cada  año, en el décimo mes… Ramón se preparaba para recibir con los brazos abiertos, esos vientos tan famosos, que, todavía aún, sobreviven en el recuerdo y en las pláticas de los mayores.

Él mismo, con sus propios dedos, tocaba y escogía, en los bambúes tiernos, las varas dóciles, pero resistentes, que le servirían para dominar las alturas y viajar sobre sus hombros; “hay que dejarse llevar por las alas del viento, pero teniendo también la fuerza suficiente para resistir sus cambios bruscos y inesperados, y poder regresar a la casa”. Decía con la mirada fija en el horizonte.

Preparar el engrudo era uno de sus oficios más felices, chiflando y  riendo, como quien ha hallado el hechizo mágico para alzar el vuelo convertido en pájaro.

Machacándolo con la clásica piedra de río, redonda y bien labrada, sacaba almidón de la yuca  y ya seco por el sol, lo ponía en un cumbo de lata, le echaba un poco de agua, lo meneaba con una cuchara de palo, a fuego lento; no sin antes agregarle las esenciales gotas de limón, que además, de resultar en un pegamento increíble, capaz de soportar los ventarrones, tenía la facultad de no arruinarse y durar mucho tiempo más.

Al empezar ha sentirse en el ambiente las primeras brisas, parecía como que las hormigas le picaban en los pies, y los nervios no lo dejaban quieto, porque de un momento a otro, se presentía que lo dormido de la tarde, se despertaría entre los árboles al ritmo de los fuertes soplos.

Entonces no aguantaba más, rompía el pequeño cuche de barro, sacaba sus ahorros y se iba él personalmente a comprar el papel de china.

“Yo voy a ir, porque a mí no me dan gato por liebre…” Decía entusiasmado.

Y era todo un acontecimiento verlo parado frente al despachador de la tienda, cerrando los ojos como mago de circo en trance, y con su mano, deslizaba palma y yemas sobre la fineza del papel y hablaba a viva voz…

“Para sentir el cuerpo como volando y lo fresco del norte dándome cachetadas en la cara…”
Y lo reafirmaba moviendo su cabeza, con la seguridad del que sabe lo que hace. Ramón podía leer y escribir, chapuceado, pero podía, y como el periódico era escaso por esta zona, cuando llegaba a caer en sus manos, lo cuidaba como a las niñas de sus ojos; pero no por que le gustara leerlo, sino porque el timón, o sea la cola, de sus inigualables barcos de papel, debía ser de la insustituible página de diario.
“Para poder subir y moverse entre los buenos y los malos aires, los flecos tienen que ser del mismo papel de china, lo único que de diferente color. Y la cola como es de un papel más grueso, es lo que le da resistencia frente al viento, y fácil encumbras la piscucha hasta donde querás…”

No había una sola de las piscuchas que fabricaba Ramón, que colaseara, se fuera de lado pues, enredándose en las ramas o viniéndose al suelo; nooo, se elevaban rectas, tipo candelita decían los cipotes, casi encima de la coronilla del que la hacía volar.
Y para eso de echar coca nadie lo igualaba, y si no me equivoco, él fue el primero en usar frenecillos de hilo de zapatero armado con las reconocidas hojas de afeitar Gillette.

Echar coca es cuando el que eleva piscuchas, con el hilo de la suya, enreda el de la otra, lo corta y se la trae para sí, volviéndose en el nuevo dueño de la piscucha atrapada.

Los días pasaban, el tiempo crecía y reía de oreja a oreja con nosotros.  Alcanzaba y sobraba para todo, Ramón estaba allí, sin darnos la espalda, con sus minutos siempre atentos para compartir sus consejos y su larga experiencia de a penas muchacho.

“Para jugar y divertirse, sólo necesitan mis criaturas, aire y viento…” Decía orgulloso de su habilidad.

Y ocurrió que por los asomos de la guerra, Ramón vio romperse un montón de amigos y amigas piscuchas, el corazón le dolió hasta el enojo y las lágrimas, y lloró como un niño sin poder hacer nada.

Los alrededores le parecieron oscuros y sin sentido, ya no había luz ni claridad, agarró un saco de henequén, guardó a todos sus hermanos y a su mamá, y se fue muy lejos… Donde el peligro no los tocara, y poder otra vez caminar y volar a su antojo, sin el enorme riesgo de perder lo colorado que le daba la vida, a pleno sol por sus mejillas.

Ramón no volvió nunca. Con la nostalgia y los años que se quedaron atrás, como en una fotografía vieja, para nosotros él sigue siendo el mismo; aunque haya cambiado sus piscuchas por a saber qué cosas.

Su sonrisa, en arco iris de papel volando por el cielo, desapareció por completo,  y de vez en cuando se ve por ahí, alguna chuca imitación surcando los aires.

Falso espejismo, que lo único que provoca es hacer soñar la memoria y traernos los recuerdos; como cuando aquellos torbellinos del viento bajaban a la tierra y arrastraban sombreros, ropa tendida, sacudían árboles, levantaban faldas.

En el octubre de ayer, Ramón tenía la magia de hacernos olvidar los caminos del mundo y transformarnos en pájaros de papel.

Gabriel Morales©

Datos del autor:

Salvadoreño, Graduado de Letras en la Universidad de El Salvador, UES. Escribe Cuento y Poesía. Ha publicado en Revistas y periódicos de su país. Tiene en su haber la obtención de varios premios a nivel nacional. Entre sus libros inéditos están los siguientes: “Cuentos Comunes y Corrientes”, “Cuentos Cerca de la Cuna”, “Cuentos Breves de los Últimos Días”; “Memoriales de la Vida, las Cosas, Usted y Yo”.

Más de su obra: http://cuentosajenosypropios.blogspot.com/

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

One response to ““Una piscucha de nombre Ramón”, Gabriel Morales

  • Ross

    Un relato de altura, que me ha echo recordar algo leído recientemente ocurrido en la Ciudad de Valparaiso en Chile. Personajes tan sencilos y que terminan siendo pura sabiduría.

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