“La felicidad”, Anthony C. Grayling

“La felicidad depende de la sabiduría”, Sófocles.
 
felcidadEsto sugiere que en la vida hay valores más elevados que la felicidad, una conclusión que a primera vista puede parecer errada, pedante, o ambas cosas, pero que el argumento presentado nos obliga a aceptar. Y, de hecho, existen razones persuasivas que nos muestran que la felicidad, particularmente en su actual y débil sentido de contentamiento o satisfacción, no sólo es un objetivo errado en la vida, sino también engañoso.
 
Primero, sin embargo, es necesario deshacerse de una argumentación no convincente que nos lleva a la misma conclusión, y que dice que la felicidad no es un fin porque el sentido de la vida reside más allá de la muerte, en alguna dispensa religiosamente concebida, en donde aquellos que ahora sufren y se lamentan han de ser recompensados. Ésta era una creencia útil para las clases dominantes, quienes la inculcaban a sus siervos y criados, pero Nietzsche no estaba demasiado equivocado al definirla como «moral de esclavos», consuelo para las víctimas de la historia -quienes no deberían haber estado buscando consuelo sino compensación.

El argumento genuinamente persuasivo puede presentarse de una manera más sencilla. Si el verdadero fin de la vida es la felicidad, entonces ésta puede ser fácilmente alcanzada por toda la humanidad sólo con echar alguna sustancia química que induzca a la felicidad en las reservas de agua potable. En tanto que dicho suministro se mantenga constante, no nos daremos cuenta de si las cosas comienzan a ir mal, y no nos importarán los desastres que acontezcan, porque la sustancia química nos mantendrá la sonrisa durante todos estos avatares.
 
El hecho de que ésta sea una idea desagradable nos muestra que la felicidad por la felicidad -el contentamiento, la satisfacción-, es un estado negativo, una condición pasiva que socava las cosas que más valoramos: nuestros esfuerzos y nuestros anhelos, nuestros logros y nuestro crecimiento, nuestra inventiva y descubrimientos. Por supuesto, es posible que algunas de estas cosas que definimos con nombres venturosos nos hagan retroceder, y así ha sucedido con frecuencia; pero no tanto como nos han hecho avanzar como especie, brindándonos los bienes intrínsecos del conocimiento y el progreso, a pesar de los precios que a veces hemos pagado por ambos.
 
Es verdad que con frecuencia, aunque no invariablemente, la felicidad acompaña estos esfuerzos como el humo al fuego, y cuando sucede, los realza. Pero el conocimiento y el progreso son lo principal, y la felicidad un efecto secundario; ellos son el objetivo, la felicidad resultante, cuando llega, es señal de que han sido alcanzados. Pero observemos cómo algunas personas -malvadas o enfermos mentales- pueden ser felices yendo en pos de objetivos malos o lunáticos; así pues, el hecho de que la felicidad surja de ir en pos de algún objetivo no es garantía de que los objetivos sean buenos.
 
Aristóteles afirmó que una vida que vale la pena ser vivida es aquella que produce eudaimonia, el sentimiento de «estar siendo cuidado por un ángel guardián», imagen que utilizó figuradamente y no en un sentido literal religioso.
 
La mayoría de las traducciones al inglés traducen esta palabra como «felicidad», cuyo significado contemporáneo subvierte completamente la connotación fuerte y activa de eudaimonia como bien-hacer y bienestar, como un vivir floreciente. Estos atributos positivos de la buena vida son el resultado, según Aristóteles, de utilizar el atributo más elevado de la humanidad, la Razón, para vivir sabia y justamente, buscando las virtudes que yacen en el «Equilibrio Justo» -coraje como equilibrio entre cobardía y temeridad, generosidad como equilibrio entre egoísmo y despilfarro.
 
A los mejores individuos eudaimónicos Aristóteles les dio el nombre de megalopsychos, que significa «alma grande» (el vocablo latino que traduce el término aristotélico es «magnánimo», de magnus anima). Épocas pasadas tradujeron esta palabra como «caballero», lo cual no nos es hoy útil, ya que esa palabra ha adquirido connotaciones de clase. Pero implica la idea de que el objetivo de una vida ética es de carácter múltiple, y que incluye respeto y preocupación por los otros, el deber del propio mejoramiento y el uso de los talentos personales no sólo para beneficio ajeno sino en pos de la calidad de las experiencias personales.
 
Una vida tal sería verdaderamente «feliz» en una acepción más antigua del término, en el sentido que le daba Shakespeare, y también los redactores de la Constitución de los Estados Unidos, quienes especificaron que «la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad» son derechos inalienables de cada individuo. En esta acepción más antigua «feliz» significa próspero y floreciente. No en términos monetarios, aunque éstos no se excluyan, sino en ser afortunado al poseer placeres vitales como la salud, la amistad y oportunidades para disfrutar la belleza del mundo. Con este uso es como la palabra es mucho más cercana al significado dado por Aristóteles.
 
La pregunta sobre la felicidad es a veces presentada dramáticamente en forma de pregunta: «¿Qué preferirías ser: un Sócrates triste o un cerdo feliz?». Por supuesto que uno preferiría ser un Sócrates feliz, pero la cuestión es que tener autonomía mental, ser consciente del mundo y tomar decisiones propias es mejor, con mucho, que ser pasivamente feliz a costa de estas cosas. Por eso, nosotros -o al menos la mayoría de nosotros- ponemos reparos a los caminos que conducen con facilidad a la felicidad, como es el adquirirla en forma de sustancia química, porque, de esa manera, apenas si se diferencia del olvido.

Anthony C. Grayling©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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