“Extrañezas”, Carlos Alberto Boaglio

 

1

Después del temporal la huella de una zapatilla fue partida en dos por la rueda de una bicicleta en la calle de tierra al final del pueblo.

En este momento está siendo intervenida quirúrgicamente por las manos de un niño que opera con barro.

2

Después de una intensa noche, escapando de una patota de gomas, una frase se quedó dormida debajo del puente de un renglón sombrío en cercanías del margen azul del río.

Una lapicera la encontró esta mañana y, después de abrazar sus letras con ternura, la incorporó a las líneas de un poema.

3

Una damajuana ha sido discriminada por obesa.

Llora, con desconsuelo, frente a la puerta cerrada del aparador.

Desde la ventana un coro de ángeles, colgados de un llamador, le canta canciones para aliviar su pena.

4

Sobre la playa de una mesa de planchar una media llora la pérdida de su pareja. Una mujer se ha hecho cargo de la búsqueda. Hasta hoy no ha habido novedades.

Dicen que desapareció después de un maremoto que se originó en horas de la siesta, en el océano de un lavarropas.

5

          Ayer se escapó un secreto. Fue de la boca de un hombre que conversaba con un amigo mientras tomaba un café. Abrió tanto la boca que el secreto cayó dentro de la taza salpicando la mesa que se vistió de dálmata. De allí rebotó contra el techo del bar y quedó prendido de una lámpara. Una señora lo vio al abrir la puerta y el secreto, como una pelota de pin pon saltó a la calle.

El hombre corrió detrás de él, con desesperación. Era un secreto importante.

Al llegar a la avenida principal fue tomando fuerza y aumentó su volumen. Y el secreto se transformó en rumor y, como un enjambre de abejas, se propagó por el pueblo como un río furioso.

El secreto estalló al llegar a la plaza. Los altavoces anunciaron su llegada y se coló en las alcantarillas, en los patios, en los estantes, en las copas de los árboles, en las bocas, en los hilos de lo cables, en las lenguas, las macetas, los oídos, y los párpados…

Al morir la tarde el secreto era ya evidencia y el hombre fue mucho más pobre.

6

En el pasillo oscuro del colectivo de un placard se ha caído al piso un saco negro. Es negro y es viejo.

El guarda, que sube y baja pasajeros colgados de las perchas no se ha percatado de lo sucedido.

El saco llora. Las lágrimas que escapan desde su ojal tienen la dureza de los botones.

Un pañuelo amarillento, surcado por arrugas, se escapa del bolsillo superior y le brinda un aliento nostalgioso, con olor a naftalina.

El colectivo sigue su marcha transitando los días.

7

Una guitarra ha amanecido esta mañana recostada en el regazo de un hombre. Él duerme, todavía, apoyado al rincón de un viejo bar.

Ella siente que las manos de él le oprimen suavemente la cintura; sin embargo se siente cómoda. Son manos fuertes, de hombre fuerte. Son manos selectas, de hombre refinado. Las yemas de esos dedos rozan su dilatado ombligo, lunar gigante, túnel sombrío.

Anoche fue tocada como nunca y sabe que ha perdido la cabeza. Sabe que está loca y no le importa. Ya no siente ni sus brazos ni sus piernas. Sólo percibe un aliento, mezcla de alcohol y cigarrillo. Mezcla de tango, sabor a vino tinto.

Ella está entregada a él y él le regala el sueño.

8

Los soldados de un ejército de libros están alineados, firmes y rígidos, sobre el piso de madera encerada del estante de la biblioteca.

Están de espaldas y en silencio, casi dormidos, mirando, siempre, el mismo punto fijo de la oscura pared.

Son soldados de buen lomo. Son soldados de buen porte. Tropa instruida. Centinelas del tiempo y la palabra.

El dedo índice de la máxima autoridad pasa revista tocándole los hombros con cierta suavidad.

Hay seducción en el roce.

Todos saben que busca al elegido. Quizás no sea el mismo de ayer ni el mismo de mañana.

De pronto, el jefe toma a uno por la espalda y el letrado guerrero, abre sus brazos, en señal de victoria, y queda suspendido en la hamaca paraguaya de unas manos.

9

Cuando apago la luz de mi casa y la luna ilumina mi entorno, todo se trasforma. Las sombras fantasmean por los pisos y paredes adormecidas y lánguidas. Las sillas se estiran como perros galgos sobre la alfombra negra y los sillones del living son enanos monstruosos.. Las plantas

Los cuadros se deslizan para besarse en el rincón. Las plantas crecen en un bosque oscuro y el candelabro duerme adherido a la mesa.

En la cocina, la pava se convierte en la mágica lámpara de Aladino para cumplir los sueños de mi hombre pequeño.

Carlos Alberto Boaglio©

www.carlosboaglio.com.ar

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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