“La noche en que el dimenticatoio se abrió”, Javier de Isusi y Luciano Saracino

Catania tiene devoción a Santa Ágata. Gracias a su invocación la ciudad se salvó de un incendio provocado por una erupción del Etna, en no sé qué siglo… creo que me he olvidado, o no, tal vez nunca lo he sabido. A mí me lo contó Milena, que es siciliana y cataniana, o cataniesa o catana como las espadas japonesas (cómo se llama la gente de Catania es algo que no he podido olvidar nunca porque lo cierto es que nunca lo he sabido). El caso es que Milena y su amigo Pippo nos condujeron a un local donde se cenaba una pasta alle vonghole de morirse de gusto, y en ese momento nuestro grupo se había hecho tan numeroso que utilizamos todas las mesas de la terraza del restaurante. A ellos, los del restaurante, no les debió importar aquello porque eran amigos de Pippo y porque ya era tardísimo -algo así como las once o tal vez las once y media- y habría sido muy raro que viniera algún cliente más.
 
Era verano. Un verano extrañamente fresco, por cierto, y el viaje nos había llevado a cinco amigos en una furgoneta desde San Sebastián hasta Catania. En el camino nos habíamos ido encontrando con más y más amigos italianos de modo que cuando cruzamos el estrecho de Messina éramos una comitiva de cuatro coches… o cinco… bueno, no lo sé, esto sí que lo he olvidado, así como los nombres de algunas de esas veinticuatro personas que nos llegamos a juntar en Bivongi.
 
Pero yo no iba a hablar de Bivongi, ni de su sagra del vino, ni de la intoxicación selectiva que sufrimos allá, ni del baño tan especial que nos dimos en las aguas del río. No, lo que pasa es que los recuerdos y los olvidos se mezclan de manera caprichosa y, aunque no fue hace tanto, uno lo lía todo.
 
Yo iba a hablar de Catania. Y del vórtice que se abrió esa noche después de cenar.
 
El local era una especie de albergue juvenil mezclado con casa okupa y restaurante formal, pero lo más impresionante de él (aparte de la pasta alle vonghole) era su subsuelo. Por unas escaleras se accedía a un subterráneo en el que veía transcurrir plácidamente el curso de un pequeño arroyo que salía a la luz ahí mismo, entre las capas de la tierra y luego volvía a enterrarse. En ese sótano se llegaban a ver hasta siete estratos superpuestos de tierra volcánica. Las siete erupciones del Etna que habían sepultado otras tantas veces la ciudad. ¿Exagero? No lo sé, eso es lo que recuerdo, pero ya se sabe cómo son los recuerdos.
 
El local estaba en una simpática placita, presidida -cómo no- por una pequeña iglesia renacentista. Unos amables peldaños conducían a la entrada principal. Y eran tan amables aquellos peldaños que invitaban a sentarse. Y eso es lo que hacíamos mientras la noche avanzaba: sentarnos y hablar. Hablar, y fumar y beber. Y descubrir secretos.
 
El desencadenante se le escapó inocentemente a Massimo. Tina (o Milena, o alguna chica, en definitiva) le hizo una pregunta cualquiera; no la recuerdo, así que me inventaré una:
 
Massimo, ma all afine hai chimato a Giovanni o no?
 
Massimo hizo un gesto de ’cazzo’, echó la cabeza hacia atrás, se llevó la mano a la frente y dulcemente recompuso el gesto con una sonrisa de león manso; puso cara de pena y tranquilamente se excusó:
 
Ah, sai Tina? Questa tellefonata… l’ho lasciata nel dimenticatoio.

Tina (o Milena, o quienquiera que fuera la chica) puso el grito en el cielo porque Massimo era muy despistado y se olvidaba siempre de todo. Pero Amaia y yo nos quedamos estupefactos: ¿dónde demonios dijo que había dejado la llamada telefónica? Una llamada se hace o no se hace pero… ¿se puede dejar en algún sitio como si fuera un… no sé, una figurita de Lladró por ejemplo? Supusimos que lo que había hecho era olvidarse el número de teléfono de Giovanni escrito en algún sitio. Pero lo que habíamos entendido no era eso.
 
En el dimenticatoio, Massimo había guardado su llamada telefónica en el dimenticatoio. Eso es lo que nos repitió tres veces seguidas atendiendo a otras tantas preguntas nuestras. No un papelito con el teléfono escrito dejado en un armario, no un teléfono móvil abandonado en un estante: había guardado el hecho-de-hacer-la-llamada en un lugar llamado dimenticatoio.
 
Yo bebí un trago de la cerveza que tenía en la mano. No lejos de nosotros la mayor parte de nuestros amigos estaban de pie contándose algo gracioso porque se reían mucho. Cecco, uno de los chicos del restaurante-casa-okupa-albergue nos dijo que no armáramos ruido para no despertar a los que dormían. Ya era muy tarde, la noche se había ido deslizando sin querer, y yo concordé con Cecco: era el momento de hablar bajo. Me daba cuenta de que estábamos a punto de descubrir algo importante y ese tipo de cosas suelen preferir palabras quedas, ¿o por qué si no a los secretos les seducen mas los susurros que los gritos?
 
Dimenticare en italiano significa olvidarse, por lo que cuando preguntamos a Massimo qué era el dimenticatoio él nos respondió naturalmente que es el lugar donde se almacenan los olvidos. Amaia no lo entendió muy bien, ¿era una especie de despensa que Massimo tenía en su casa para guardar las cosas que ya no recordaba para qué servían? Como concepto era bastante alucinante; hace falta una casa muy grande para llegar a tener un cuarto con una función tan específica. Sin embargo eso era más fácil de entender que lo que Massimo había querido decir realmente, eso es: el lugar a donde van los olvidos.
 
Simplemente.
 
No reaccionamos de inmediato. Nos costó un poco entender qué era eso que nos estaba contando Massimo. Por una parte, había algo muy extraño en esa idea, y es que nosotros entendemos un olvido algo así como el vacío que deja la ausencia de un recuerdo (nos habría resultado más fácil entender un lugar al que van a parar los recuerdos). La idea de dimenticatoio sugería una despensa donde se almacenaran los agujeros de un queso gruyère en vez del queso en sí. Me vino a la cabeza Oteiza y su búsqueda del vacío y le di otro trago a la cerveza. Por otra parte, creo que buscábamos una palabra en castellano para poder traducirla pero no la hay. No la hay porque no existe el concepto.
 
-¿En castellano sería algo así como… ’olvidadero’? -aventuré.
 
-Pero olvidadero suena como a desagüe, ¿no? -decía Amaia.
 
-Pues precisamente; aunque no sé, a mí olvidadero me suena a… perchero… una especie de armario viejo con olor a naftalina.
 
Se levantó una brisa fresca de madrugada con olor a mar, y aunque ninguno de nosotros estaba muy abrigado nadie se movió de su sitio. El fuego de la excitación ante el descubrimiento que estábamos haciendo nos calentaba mucho más que nuestras finas sudaderas. Alentados por la noche y la emoción empezamos a preguntar a Massimo más cosas acerca del dimenticatoio; necesitábamos saber cómo era, dónde estaba, si era un lugar mental que cada uno tenía en su cabeza o uno colectivo para todos, cómo se guardaban en él los olvidos, si se mandaban por carta o nuestro inconsciente los llevaba en mano… Massimo y Tina (o Milena) se divertían con aquella febrilidad nuestra pero no nos contestaban. Al parecer todo el mundo en Italia conocía la existencia del dimenticatoio, pero aceptaban con total naturalidad que no tenían ni idea de cómo era, lo cual a mí en ese momento me resultó un poco sospechoso. ¿No sería que los italianos tenían la llave exclusiva a otra dimensión y no querían compartirla con nadie más?
 
Vale, era un pensamiento fantasioso y hasta conspirofóbico, pero en aquel momento no parecía tan irreal. Las formas de los edificios se desvanecían en la noche, nuestras propias caras eran manchas borrosas, la ciudad estaba en silencio y Catania se me antojaba de repente como el decorado mudo de un escenario que ardía en deseos de enseñarme su parte trasera. Fugazmente me invadió la certeza de que dando la vuelta a la fachada de la iglesia iba a descubrir que era plana y estaba sujeta por unos frágiles entramados de madera.
 
Apuré lo que quedaba de cerveza y supe que me sentía embriagado no por el alcohol sino por el descubrimiento genial que habíamos hecho: habíamos encontrado la puerta a una nueva dimensión y aunque la puerta estaba cerrada… ¡qué demonios!, con tanta cerveza me habían entrado ganas de hacer pis.
 
Me dirigí al cuarto de baño del albergue-casa-okupa-restaurante con paso tambaleante. Aquel local no cerraba ni de día ni de noche y aunque no había ningún encargado a la vista allí podías andar sin problemas de un lado para otro.
 
El cuarto de baño estaba en el sótano, a media altura entre la entrada del local y el subterráneo por donde se veían los estratos de la ciudad y el riachuelo.
 
El silencio dentro del local era aburridamente real, totalmente ajeno al silencio mágico que se respiraba en la plaza. Dentro del local yo ya no parecía embriagado por la emoción sino simplemente borracho de alcohol, lo cual me resultó un poco triste, la verdad, así que decidí acabar lo que tenía que hacer cuanto antes.
 
Y sin embargo no fui directamente al cuarto de baño.
 
Sin saber porqué bajé hasta el subterráneo, que estaba iluminado débilmente por unas antorchas eléctricas. Ahí el silencio era diferente. No era como el de la plaza ni como el del local. Curioso eso de que los silencios puedan ser diferentes. ’Será como lo de los olvidos -pensé-; lo mismo que un olvido no es una simple ausencia de recuerdos, un silencio no debe ser una simple ausencia de sonido’. El silencio de aquel lugar era muy otro, un poco claustrofóbico y sobre todo más inquietante; un olor húmedo y a la vez caliente salía de aquellas paredes que hablaban de tantas vidas enterradas y olvidadas. Dentro del silencio, sé que suena imposible, había un eco. Un eco que repetía una y otra vez (como una gota cayendo de las piedras) una nada de sonido.
 
Cerré los ojos y las dimensiones del espacio desaparecieron, y se expandieron por el cosmos y me sentí en una gruta de confines inexplorados, un laberinto subterráneo que conectaba toda la ciudad, o incluso que llegaba más allá de ella. Confusamente me vino a la cabeza aquella serie de televisión llamada Dentro del laberinto donde tres adolescentes sufrían todo tipo de penalidades viajando por los túneles infinitos de un laberinto subterráneo que los iba transportando por diferentes lugares y épocas. Había una bruja y un objeto mágico, el Nidus…
 
Me estaba empezando a marear (aquella serie siempre me produjo un poco de dolor de cabeza) cuando, como un fogonazo, otro pensamiento me sacudió por dentro: ¿no salían los protagonistas de Viaje al centro de la tierra por el mismísimo Etna después de recorrer miles de kilómetros por el subsuelo?
 
Abrí los ojos. Tontamente me había entrado un poco de vértigo y, por qué no decirlo, también un poco de miedo. Necesitaba recuperar el sentido físico del lugar en el que estaba. ’No era el Etna -me dije estúpidamente y en voz alta como para reconfortarme. Era el volcán de Strómboli por donde Axel y su tío salían’. Como si la pequeña distancia entre el Etna y Strómboli hubiera sido un impedimento para Julio Verne, que recorría tanto sin moverse apenas.
 
Pero había un niño delante de mí.
 
Habría soltado un grito de no ser porque mi lengua estaba como pegada al paladar. Acurrucado en una esquina y mirándome fijamente había un niño casi desnudo. Un niño salido de quién sabe dónde porque no estaba allí antes y no había otra entrada que la que quedaba a mis espaldas. No voy a escribir que ’había aparecido un niño delante de mí’. No. Simplemente repetiré lo ya escrito: había un niño delante de mí.
 
Con unos ojos grandes y negros me miraba fijamente como un animalillo descubierto.
 
Ah… ciao -empecé torpemente antes de darme cuanta de que no tenía nada que decirle (o sí, claro; me habría gustado preguntarle algo así como ’¿Has recuperado el Nidus?’ o ’¿Cuántos días llevas vagando por el centro de la tierra? Debes tener hambre’). Nos quedamos los dos mudos escudriñándonos durante un rato como intentando descifrar si aquello era parte de un sueño y, si así lo era, del sueño de quién. Esa idea se me empezó a hacer un poco angustiosa al constatar que el niño parecía sentirse en su territorio: estaba claro que el que sobraba era yo. Decidí salir de allí, en parte por lo incómodo de la situación, en parte para comprobar que el mundo seguía existiendo como yo lo recordaba y en parte porque necesitaba escuchar algún silencio menos físico.
 
Pero un señor.
 
Había un señor detrás de mí.
 
Un señor alto y espigado de edad madura y vestido de blanco me miraba seriamente desde el peldaño más bajo de la escalera.
 
-Eh… ¿es su hijo… o su nieto?
 
Abríguelo un poco, porque…
 
Me callé al notar lo absurdo de la situación.
 
Bueno, io vado al bagno fare pipi -me escabullí como pude y entré en un cuarto de baño que Dios sabrá porqué giraba y giraba como una barraca de feria. La puerta del baño no cerraba y el urinario quedaba en un lateral de modo que por el rabillo del ojo yo controlaba quién pasaba por delante de ella. Cuento esto sólo para resaltar que nadie pasó por allí. Nadie subió, nadie bajó.
 
Y mientras nadie subía ni bajaba yo no acababa nunca, y estuve lo que se me hizo una eternidad intentando colocar en una situación razonable lo último que había pasado. Lo que me resultaba más inquietante no era tanto cómo el hombre y el niño hubieran llegado allí, sino más bien su manera de estar. Era como si aquel lugar fuera el salón de su casa y yo un visitante que se había confundido de piso.
 
Acabé mi faena, me mojé la cara y decidí salir a respirar de una vez la tan saludable brisa nocturna. Antes de subir las escaleras eché un vistazo hacia atrás para ver qué hacían el señor y el niño.
 
El señor y el niño no hacían nada porque no había ningún señor ni ningún niño.
 
Bajé de nuevo, casi asustado, a comprobarlo. Pero allí en aquel espacio de no más de diez metros cuadrados no había nadie. Nadie. Ni puertas. Ni aberturas por las que esconderse. Sólo los siete estratos de tierra volcánica y el manso arroyuelo que seguía impasible su curso. Cualquiera, en semejante situación, habría pensado en fantasmas (no es tan difícil; el Etna, las capas volcánicas, siete destrucciones de una ciudad), pero en ningún momento me pasó eso por la cabeza. Yo había visto otra cosa.
 
Y entonces todo ocurrió: de pronto, paradójicamente me sentía extrañamente lúcido. La sensación ebria que hasta entonces me había tenido como embotado desapareció. Los sucesos y las conversaciones de la noche se ordenaron como en un engranaje perfecto que con un ’klak’ empezó a rodar, y de alguna manera intuí y entendí que el niño y el señor guardaban alguna relación con el dimenticatoio. Tal vez aquella cueva era una puerta a esa otra dimensión a la que iban los olvidos y yo por alguna inexplicable razón había tenido un fugaz acceso a ella.
 
Sonreí. Me sentía ligero, leve y bendecido con una gracia especial, una mirada nueva y llena de luz.
 
Lentamente subí la empinada escalera y atravesé el vestíbulo que aún con sus lámparas apagadas se me hizo luminoso.
 
Salí afuera, y ya nada era lo mismo para mí, ahora lo veía todo como bañado en una luz diferente. Una extraña claridad rodeaba a cada objeto que miraba multiplicando la sensación de decorado que antes había tenido. En ese momento lo entendí TODO con una clarividencia absoluta. Fue así que los misterios del Universo se revelaron ante mí. Catania era un vórtice, un lugar donde los distintos planos de la existencia se solapan, un lugar donde se abren puertas a lo que nosotros llamamos magia. Un lugar en el que pueden vivir todos los silencios sin hacer absolutamente ningún ruido.
 
Mis amigos también lo habían entendido, y ahora se hallaban todos reunidos en un respetuoso círculo contemplando lo que no tiene palabras.
 
Emocionado, avancé hacia ellos.
 
-¿Dónde estabas? Vamos a desayunar unos cruasanes a la estación, ¿qué te parece?
 
-¿Desayunar…
 
Claro, entonces entendí la luz. Simplemente estaba amaneciendo.
 
Con el sabor del café en la boca (tan real, tan caliente) no me atreví a contar lo que había vivido en el subterráneo. Tan solo pregunté discretamente a unos y a otros si habían visto salir a un señor mayor vestido de blanco junto con un niño poco abrigado. Nadie había visto nada. Pregunté a Pippo quién vivía en esa casa y me respondió que unos amigo suyos y temporalmente jóvenes viajeros que pasaban por allí. Ni un niño. Ni nadie de más de cuarenta años.

Creo que fue así como sucedió. O no. No lo sé, fue hace años, aunque no muchos, los suficientes como para que los olvidos hayan tenido tiempo de ir al dimenticatoio y volver como recuerdos (parecidos pero nunca iguales) unas cuantas veces. Era el verano del 2002, un año capicúa y en el que ahora que miro mi cuaderno de viaje, me pasé toda la temporada en Canarias pintando tatuajes de henna y visitando casas abandonadas llenas de fantasmas.

Javier de Isusi y Luciano Saracino©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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