“Una voz en nochevieja”, Ignacio García-Valiño

sidecarPara empezar el día con buen pie, nada como un buen cepillado de zapatos. Eso es lo primero que hacía Moncho Pompa al levantarse. Los zapatos le miraban desde una esquina con sus enormes bocas oblicuas y abiertas pidiendo comida. Aún en pijama, sacaba su maletín y les daba su ración. Después, él y su periquito se desayunaban con cereales. Entre cucharada y cucharada leía las ofertas de trabajo del periódico. Vivía con su pájaro en un ático de Atocha y le quedaban dos meses para agotar la herencia de su madre. Ella había muerto de un infarto agudo en Navidad; en un par de meses haría tres años de aquello. Si no encontraba pronto un empleo se vería en apuros.
 
Confiaba en su buen currículum. Había dejado los estudios de secundaria, pero a cambio había podido leer más de mil libros con los que había reunido una estupenda biblioteca con las estanterías hechas por su propia mano. También había construido una trirreme griega con palillos, una orquesta sinfónica de músicos con cáscaras de huevos vacíos y un escenario de papiroflexia. Además de dar lustre a los zapatos como nadie, sabía leer en braille, contar cuentos de los que hacen llorar, poner bonita una casa, borrar de los pies cien caminatas con un masaje, recitar un poema al derecho y al revés, preparar recetas de cocina japonesa y otras labores de indudable utilidad con las que contaba para encontrar un empleo. Y estaba motorizado: tenía un imponente sidecar.
 
Se presentó temprano en un local de las afueras en el que buscaban a un repartidor de pizzas. Él era el único candidato. El entrevistador, un tipo delgado con mostacho prusiano, lo hizo pasar a un minúsculo despacho dividido en dos por una mesa atestada de papeles y ceniceros rebosantes de colillas. Ocuparon así sendos extremos del despacho. El prusiano le explicaba las exigencias del repartidor de pizzas que querían para el local recién abierto, y mientras tanto, Moncho Pompa asentía y miraba alternativamente a su rostro y al retrato caricaturesco que tenía justo encima de la cabeza el prusiano, y se regocijaba para sus adentros constatando el insólito parecido, cómo había captado el artista la desproporción de sus bigotes que saltaban como un cepillo de cuerdas de cerda, la curvatura muequeante de la boca, la forma apepinada de la cabeza y ese inequívoco aire de tonto de capirote. Se dio cuenta de que el dibujo era el modelo natural y la cabeza parlante era la caricatura.
 
Llevó su primer pedido a las diez de la mañana. Le picaba la curiosidad por conocer a un individuo que se desayunaba con pizzas, y con estos pensamientos se entretenía conduciendo su sidecar.
 
Llamó al timbre y esperó. Tardaron varios minutos en abrir. En la puerta apareció una mujer joven en camisón, medio dormida, pestañeando y deslumbrada por la luz. Moncho Pompa puso la mejor de sus sonrisas, aunque no estuvo seguro de haber dado con la adecuada:
 
―Sus Cuatro estaciones, señorita.
 
Ella bostezó silenciosamente, lo miró como a través de brumas y retrocedió tambaleándose por el sueño. Moncho esperó un rato más a que volviera con el dinero, pero la mujer no aparecía.
 
―¿Señorita? ―se adelantó al umbral―. ¿Señorita?

No respondía. Se atrevió a asomarse al vestíbulo con su pizza envuelta en el maletín de plástico y la vio tendida en un sillón de la sala de estar, completamente dormida. Volvió a llamarla con cierto escrúpulo, bajando la voz para no molestarla más que lo imprescindible. No quería parecer un intruso, pero tampoco podía regresar con las manos vacías. Ella ya no le oía. Confuso, Moncho dejó la pizza en una mesa y contempló a la mujer. El pelo castaño le emborronaba la cara, y entre los rizos parecía sonreír un poco en sueños. El cuerpo descansaba laxo y plácido en el sillón. Pompa se fijó en sus pies pequeñísimos y blancos, como de niña. Unos pies que parecían haber sido pensados para un mundo sólo de prados mullidos, o bancos de fina arena. Unos pies de leche. Así, a ojo, le calculaba una talla treinta y cuatro.
 
―Despierte, señorita ―susurró, inclinándose cerca de su oreja―, le he traído su pizza.
 
Al final, obedeciendo a un impulso irresistible, le tocó un instante los pies. Ella gimió de placer y mudó la postura, pero siguió dormida. Se los tocó de nuevo, ahora como cosquilleándola. Al fin le arrancó un profundo suspiro. Ella abrió un poco los ojos y le miró. Moncho, comprendiendo su delicada situación, se ruborizó.
 
―Los pies. Me duelen ―dijo ella.
 
―Pero… señorita, su pizza se enfría.
 
―De acuerdo. Sigue acariciándome los pies.
 
Pompa había oído que ciertas aristócratas chinas se vendaban los pies desde niñas para que no crecieran, como señal de distinción. Pero esa mujer no tenía aspecto oriental, quizá sólo sus pies eran chinos. Él conocía algunos rudimentos del masaje chino, sabía cómo localizar en la planta del pie el órgano de la risa, el del sueño y el del amor. De modo que allí comenzó su trabajo como repartidor de pizzas. Ella ronroneó de placer y suspiró.
 
―Esto es lo que necesitaba para despertar.
 
Le pagó la pizza con una generosa propina y le dijo que le trajera otra mañana a la misma hora.
 
Regresó algo confuso; ¡qué trabajo más extraño aquél! El prusiano le esperaba de mal humor, sus mostachos erizados como púas. El cliente se había quejado de que no le había llegado el pedido. Moncho tardó un poco en comprender su error: la había llevado al piso principal en vez de al primero. Su jefe se calmó un poco al recibir el dinero y la propina.
 
―Vuelve a equivocarte y estás despedido ―le avisó.
 


 

Durante un mes estuvo llevando dos pizzas a las once de la mañana a la misma dirección. Entregaba una Cuatro estaciones en el primero a un señor cada mañana más gordo y de muy mal aliento, e inmediatamente bajaba al principal, donde le abría la señorita soñolienta con el camisón pegado a la piel que al momento se derrumbaba en un sillón con un gemido lánguido. Moncho conocía bien esta parte del trabajo. Se arrodillaba junto a ella y le hacía un masaje a sus pies tibios y pequeños, y no lo habría hecho con más fervor a una reina siendo su esclavo. Ella iba abriendo poco a poco los ojos, se desperezaba, y al final clavaba en él una mirada dulce y no decía nada, pues al parecer no le gustaba hablar al despertarse. Le pegaba dos veces lo que valía la pizza y así Moncho iba sacando su pequeño beneficio del que no daba cuenta al prusiano. El resto del día pensaba en los pies de su amiga.
 
Un día hubo de llevar un envío aún más temprano. Una mujer de unos cuarenta años, en bata, le miró con agrado y curiosidad. Le invitó a pasar y se derrumbó en un sillón. Fingía dormir pero Moncho adivinó tras un cojín una sonrisa traviesa. También quería un masaje y conocía las condiciones.
 
Sus pies eran callosos y duros, habituados al rigor del asfalto y a los estragos de un calzado inconveniente, pero el segundo día ella encontró mucho más agradable que le acariciara el pelo. “Córreme el pelo”, murmuraba. Pompa le encontró pronto el deleite a escarbar dentro de aquella cabellera espesa y olorosa y llena de femeninas esencias. A ésta sí le gustaba hablar por las mañanas. Se llamaba Elvira y había enviudado de un peluquero antes de poder tener hijos. Guardaba aún una copiosa correspondencia de cuando eran novios y él vivía en Valladolid. Con el tiempo se animó a leerle estar cartas mientras él le corría el pelo de un lado para otro, buscando también una secreta geografía interior. También ella le leía sus poemas de amor y le pedía su opinión. A Pompa le parecían muy románticos y sinceros, y le hacían gracia las rimas. Permanecía una hora con ella y luego se iba a ver a su geisha.
 
Anhelaba ese baño de silencio y la intimidad de los pies.
 
Cerca de allí hubo otra mujer que requirió sus servicios, aunque de noche. Era una madre soltera. Su niña le pedía cuentos pero ella no sabía relatárselos. Empezó contándoselos a la madre para que luego pudiera contárselos a su hija. Pompa le narró el del barquero que llegó remando a la luna, aunque se equivocó de cara, y el de la piraña vegetariana, el del cocodrilo desdentado y algunos otros más que también se inventaba mientras conducía su sidecar. La madre era una buena mujer. Le hacía un hueco en la cama y se quedaba dormida como una niña. Moncho nunca vio a su hija.
 
El prusiano estaba satisfecho con él. Era el único empleado al que le hacían pedidos, y a cualquier hora. Siempre alegre en su extravagante sidecar, con sus zapatos relucientes. ¿Cuál sería su secreto?
 
La madre soltera que no era madre, aunque sí soltera, le pidió una noche que la desnudara. Se sentó en el borde de la cama con los ojos cerrados y la luz apagada. Pompa se arrodilló junto a ella, la descalzó, le desabotonó la blusa, le retiró la falda y las medias, le puso el camisón, la acostó y le contó un cuento. Descubrió que era la directora general de una importante compañía de seguros y trabajaba diez horas al día, y llegaba agotada por la noche; se quitaba la máscara de ejecutiva implacable y sólo deseaba volver a ser una niña. Ella tampoco hablaba mucho, como la mujer de los pies pequeños, de la que era muy amiga. Y odiaba la pizza.
 
Algunas pizzas las compartía; tal era el caso de Natalia. Esta buena mujer estaba un poco desesperada, y hablaba sin cesar, con prisa por soltarlo todo. Antes de acabar una frase se enredaba con la siguiente, porque su pensamiento iba tan rápido que su lengua no lo alcanzaba. Tenía infinidad de problemas: amigas que la engañaban, bancos que la asediaban con sus deudas, una madre con alzhéimer, un hijo que se atiborraba de pastillas en las discotecas y que no dormía en casa los fines de semana, un marido que en el fondo no la comprendía, una cocina que siempre estaba hecha un asco, la nevera vacía, un coche en algún taller, un jefe explotador y desconsiderado, y también le preocupaba la vejez, las arrugas, la menopausia, la vida que pasaba sin que la disfrutase. Moncho la escuchaba largo rato. A veces hablaban de países exóticos. Natalia estaba enamorada de África, y de Asia también, e incluso de Australia. Quería viajar a la India, al Nepal, a Filipinas, cada día escogía una nueva ruta. Moncho se documentaba bien y aportaba itinerarios reales, con escalas en islas de coral y alojamiento en hoteles de ensueño.
 
No todas eran infelices o solitarias. Conoció a Laura, una artista muy joven y desenfadada, amiga de alguna de las anteriores. Fue la única que le obligó a desnudarse. Posaba para ella junto a su pizza. También posó con su sidecar. Era morena, mediterránea, el pelo azabache le ondeaba en una cola de caballo, andaba con insólita precisión entre pilas de lienzos, botes de óleo y acrílicos desparramados por el suelo. Le interesaba el cuerpo masculino. Y mientras pintaba le hablaba de lo mucho que se estaba complicando la vida. Estaba enamorada de tres o cuatro hombres a la vez, se acostaba con todos ellos y a ninguno le decía la verdad. Hacía muchas exposiciones en salas de ayuntamientos municipales, y siempre exhibía los mismos cuadros, los pocos que le gustaban; cada mes mudaba esa docena de cuadros de una sala a otra e inauguraba la misma exposición en otra sala con sus mismos amigos, recibía de nuevo sus comentarios elogiosos y se emborrachaban juntos. Quería comprarle su sidecar. Estaba obsesionada con el sidecar. De vez en cuando ella le pedía que le contase sus problemas.
 
―Yo no tengo problemas ―contestaba él.
 
―¿Cómo que no tienes problemas? Todo el mundo tiene problemas.
 
―Es posible. Pero yo no sé cuáles son mis problemas.
 
―Cuanto pides por tu sidecar. ¡Y no me digas que no está en venta!
 
―No está en venta.

 

 

Con la llegada de la Navidad sus amigas se fueron de vacaciones para reunirse con su familia o visitar a parientes lejanos. Lo que más sintió fue perder de vista los pies de su amiga. Le había comprado unos zapatos a su medida para regalárselos el veinticinco de diciembre, pero ella se había ausentado de Madrid. De la pizzería llegaban cada vez más pedidos de personas que querían una pizza, por asombroso que pareciera. Aún así, Moncho no perdía la esperanza. Detrás de cada puerta esperaba encontrar una mano amiga, y no una que le quitara la pizza y le pagase.
 
Fue a llevar flores a la tumba de su madre, como cada Navidad. En estas fechas era proclive a la melancolía y a los catarros, así que iba envuelto en lanas y bufandas y con el corazón aletargado. Se acordaba de su buena madre y se preguntaba qué le parecería su nuevo trabajo. Procuraba seguir sus consejos, los que aún recordaba, como no comer nunca con las manos, ni siquiera tratándose de pollo. Patrullaba con su sidecar por un Madrid engalanado de luces, siempre con su mercancía en el maletín negro. Se fijaba en las familias, en la actividad frenética de las calles. Todo el mundo entraba y salía de las tiendas. Los escaparates atraían su atención, decorados con polvo de nieve y estrellas de plata. Le gustaban los maniquíes. Se compró un sombreo para resguardar sus orejas del viento, pero lo perdió por la M-30. A veces alzaba la vista y contemplaba las ventanas de las casas y su luz hogareña, y se preguntaba si allí vivirían mujeres solas y necesitadas de compañía.
 
Su Telepizza había preparado una pizza “Especial Navidad”, con caviar. Para este encargo tenía que ponerse una barba de Papá Noel y un abrigo rojo muy incómodo que a juzgar por la talla habría pertenecido al prusiano. Cada día visitaba una veintena de pisos, y podía atisbar por un hueco de la puerta el ambiente de dentro. Le recibían tipos cubiertos de confeti, o con una copa de champán en la mano, a veces le ofrecían un trago, pero nunca le dejaban pasar. En una de ésas se enganchó la barba de algodón en el ascensor y la dejó hecha una pena. Estaba desconsolado.
 
Decidió tomarse él también unas vacaciones. Le compró una jaula nueva a su periquito, más grande y con una compañera de color amarillo limón. Una tarde sonó el teléfono y se abalanzó a descolgarlo. Era la pintora hippie. Le pedía prestado su sidecar para una fiesta de disfraces. Moncho se negó. ¿Es que nadie se acordaba de él?
 
Llegó nochevieja con un viento frío que decían que venía de la misma Siberia. ¿Cómo podía llegar un viento desde tan lejos? Aun así, la gente salía a la calle a conjurar el invierno con festejos. Él se quedó en su casa leyendo. Desde su cuarto podían oírse los ruidos del rellano de la escalera. Había una discusión por una pizza que había llegado demasiado fría. Se levantó y echó el ojo a la mirilla. La repartidora era una chica joven. Debía de ser su primer empleo: aquella pizza no merecía un solo ruego. El otro no la aceptó y le cerró la puerta. Era un vecino desconsiderado. La chica se quedó allí, temblando de frío con su pizza, sin saber qué hacer. Llamo entonces a su puerta. Pompa se tomó unos segundos antes de abrir.
 
―He traído su pizza Cinco quesos ―dijo.
 
Le encantó su voz. Era como un regalo en ese día. Quiso oírla otra vez:
 
―Perdón, ¿cómo dice?
 
―¿Pidió usted una pizza Cinco quesos?
 
Definitivamente, aquella era la voz que necesitaba.
 
―Por supuesto ―la alegría le iluminó tanto el rostro que se la contagió a ella―. Pasa adentro, que te vas a helar ahí.
 
Ella agradeció su hospitalidad y entró frotándose las manos. Claro, claro que aceptaría un café cerca de la estufa: la tarde estaba tan desapacible…

Ignacio García-Valiño

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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