“Tráfico (accidentes ejemplares)”, Javier Setó

Fue cuestión de mala suerte. No nos pusimos de acuerdo. Yo le cedía el paso y él a mí. Yo se lo volví a ceder y él me hizo seña de que pasara. ¡Parecía que no se fiara! Le volvía a hacer seña y él a mí. Por un momento nos quedamos los dos parados, ¡y justo cuando arranco se le ocurre pasar! Porque llevaba yo el coche. Si llega a ser a la inversa, a ver quién estaría ahora contándolo.

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Fue culpa suya. No nos poníamos de acuerdo. Yo le cedía el paso y él a mí. Yo se lo volvía a ceder y él me hacía seña de que pasara. ¡Parecía que no se fiara! Me fastidia la gente desconfiada. Cuando pasó, me lo llevé por delante.

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Nunca me explicaré qué hacía ese tío allí en medio.

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Ya íbamos picados desde unas cuantas calles atrás. Cuando nos paramos en aquel semáforo rojo, al lado de la hierba, a los dos se nos ocurrió lo mismo. Bajamos para liarnos a hostias. Él era más fuerte. ¿Qué tiene de raro que yo cogiera la inglesa? Que se lo hubiera pensado antes de bajarse. Mejor, antes de hacerme la putada.

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Pero ¿quién iba por su carril? ¿Él o yo? Entonces ¿a qué tanta discusión? Si se tragó el pilote, que se joda.

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¿Que él iba por su carril? De acuerdo. Pero yo tenía que meterme, y él ya podía verlo. Y además yo llevaba el camión. Loco y cabezón: por eso se fue al barranco. ¿Yo qué tuve que ver?

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Lo que más me fastidia es que tuviera que ser yo precisamente quien lo atropellara.

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Yo siempre se lo he dicho a mi mujer: tenía que estar prohibido que la gente pasara por los pasos cebra. Son criminales.

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Por más que me juren, yo aquella isleta con el árbol no la había visto jamás.

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Como un conejo. Igual que un conejo.
Sólo sé que debió ver las luces y se quedó paralizado. Yo también. ¿Qué iba a hacer? Era de noche y de pronto sólo lo vi a él. Tiempo a frenar, no me daba. ¿Qué iba a hacer?
Le pasé por encima. Ya digo. Como un conejo.

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Debía estar de Dios, porque, por más que hice por esquivarlo, siempre aparecía delante.

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A mí que no me digan. Vino directo hacia mí. Prácticamente se metió debajo de las ruedas. Ese tío era un suicida, un tarado. Bastante que tuve que verlo, me abolló el coche y me hizo llegar tarde… Y ya la tenía convencida. Ese día caía… Fijo… No quiero ni acordarme. El que peor parado salió, a fin de cuentas, fui yo. El tío quería morirse: santo y bueno. Yo quería lo otro: me jodí. Entonces ¿a qué tanto jaleo?

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¡Qué tío más malo! Era de estos pesados, ya saben, de esos que van apollardaos, sin saber por donde les da el aire, como de paseo, sin ninguna consideración por los demás que circulamos con ellos y que trabajamos y no podemos permitirnos el lujo de dedicarnos a la vida contemplativa.
¡Qué jodío! Además, ni comía ni dejaba comer. No me extrañaría que lo hiciera a propósito, hay gente que es así. Intentaba pasarlo por la izquierda: para la izquierda que se iba. Lo intentaba por la derecha: allí estaba, siempre en medio. De verdad: no había visto un tío más malo conduciendo desde aquella mañana. Me tenía nerviosito perdido.
¿Que lo adelanté? Claro. En cuanto pude. Si se espantó y se empotró contra el camión, ¿qué culpa tuve yo? En el fondo, mejor para él. Mejor para todos. Créanme.

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Ya lo vi venir desde lejos. De esos tíos que se creen los amos de la carretera y que parece que les han puesto un petardo en el culo, con perdón. Venga a pegarse atrás, y a sacar el morro, y a adelantar a la mínima. De verdad: esa gente es un peligro para todos.
Lo único que pensé cuando se empotró con el camión fue: ¡se la dio!, y luego, que no me pasara nada a mí. También, y que Dios me perdone, que sólo había tenido lo que andaba buscando.
¡Claro que levanté el pie del acelerador! ¡Claro que le facilité la maniobra! ¡De verdad! ¡Lo juro!

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¿Que el abuelo se acojonó cuando lo adelanté y se fue al barranco? ¿Y qué tengo yo que ver con eso?

Javier Setó©

 

 

 

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

One response to ““Tráfico (accidentes ejemplares)”, Javier Setó

  • susana zazzetti

    más allá de la realidad posible que abordan las diferentes versiones de estos micorrelatos, celebro la ironía, muy bien usada y la creatividad del autor. susana zazzetti.

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