“Un apunte de Cuadernos de todo”, Carmen Martín Gaite

carmen-m-gaiteCasi nunca dejamos que un pensamiento nos habite por completo y que llegue en ramificaciones a donde tenga que ir. Siempre de un modo más o menos consciente lo vamos nosotros mismos guiando y amurallando; y al querer encauzarlo y poseerlo le quitamos su fuerza. Yo siento, casi físicamente a veces, las barreras que levanto contra los pensamientos, a los que pocas veces dejo el campo libre. Hay continuas tensiones nerviosas que les impiden su fluir adecuado.
 
No debo asustarme de tomar apuntes. Nada es definitivo. Cuando se habla se dicen las mayores tonterías, y sin embargo es más fácil quedar satisfechos, creyendo haber comunicado algo a los demás. Pues ¿por qué un pedazo de papel, que después puede romperse, me ha de intimidar más que el rostro de otra persona?
 
Quizá influye la tendencia de los demás a reflejar aquiescencia. Los demás le envalentonan y le lían a uno con su falta de crítica. Pero cualquier pensamiento a solas es más árido de levantar.
 
Todos debiéramos apuntar nuestras reflexiones. No por lo que valgan, sino porque dan lugar a otras. Al decir apuntarlas no me refiero solamente a escribirlas en un papel, sino a tirar de ellas sin permitir que se esfumen, convirtiéndose en esas estrellitas de luz que preceden al sueño. Es un buen trabajo el de tirar de lo que se piensa, para aclararnos un poco entre todos.
 
Se suelen achacar los males del mundo a la neurosis, a la angustia. Pero esta angustia no es sino un resultado. Resultado de no entenderse, de ahogar los pensamientos. Yo nunca sufro más que cuando siento la cabeza llena de pensamientos sin cocer, sin formular, y sé que están ahí, pero los disperso a manotazos por no sentir la bulla que forman. Pero siguen estando, y aunque me escape, cuando vuelvo a casa el ruido continúa. El único remedio racional es abrirles la puerta y darles salida por orden.

Carmen Martín Gaite©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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