“Génesis: La palabra”, Eligio Cruz

Leer es uno de los mayores placeres que nos ha permitido el mundo, es una permanente consolidación que nos libera; es un camino de salvación. Aún más allá: “Leer es un deseo que intenta violar lo oscuro, el deseo de poseer un secreto”. Tal como lo escribiría Sartre, el ejercicio de la lectura, tiene un sentido que no solamente es primordial hacia la intima liberación. La lectura, es decir, la búsqueda de un profundo secreto, obra en atrevimiento hacia la introspección de la palabra, de quien la conforma, de quien la escribe. Una realidad apuntada ya por muchos existencialistas: la palabra nos origina, la palabra nos revela. Por ello es tentativa de abolición de todas las significaciones, significación de la vida y del hombre.

Las palabras, son más que dificultades externas: gramaticales, lingüísticas, etimológicas. La palabra es capaz de traducir los estados de conciencia; de subrayar el desorden subversivo de nuestra creencia. Más que derivaciones que allanan la aptitud de nuestro espíritu, las palabras son las entidades simbólicas que resguardan el sentido de la insatisfacción. Deambular en la lectura fortalece la extroversión, esa decisión terrible por la cual ocurre la necesidad de expresar el sentido inseparable de la palabra y el de la insatisfacción. Sin embargo esa necesidad de misticidad nos interioriza cognitivamente. Aprendemos de la extroversión; desmadejamos ese hilo de referencia interior, de conocimientos, es decir de aquellos secretos: impersonal y neutros.

La escritura, esa confesión extravagante, no es —salvo pocas ocasiones— una experiencia meditada. La dialéctica de las palabras profesa como la creación consecuente de una idea natural, tan espontánea, como la consolación misma de la fe. El prosista inglés Robert Burton señalaría grosso modo “una palabra hiere mas profundamente que una espada”. En la metáfora de esta, la fe como la palabra viene desde adentro, en los cabales de nuestras emociones. Voluntad condensada de nuestra entrega y por consiguiente, obra de manera enriquecedora como una voz secreta entrañable. Hay, pues, una penetración constante donde la palabra nos refiere en ese punto de partida, fuente aventurada, lugar de nuestra obsesión, paradigmas de nuestra identidad e intimidad desinhibida que nos descubre hacia quién la toma. Esa es una realidad sobre la arquitecturación de la palabra, muestra lo que somos, obra como un objeto reflexivo, recrea lo que permanece en nosotros. Al igual que la facultad conocida de un espejo, la palabra es la misma acción fidedigna de toda nuestra presencia, cuya manifestación conserva lo mas integro de nosotros mismos.

La idea que evoca el poder y omnipresencia de la palabra, en el altar de su desarrollado orden genitivo, permite abrir una cuestión obligada, una cuestión de énfasis: ¿surgió la palabra sobre la necesaria: expresión poética? La idea de la palabra trasciende más allá de su trabajo segregativo. Para nosotros la creencia espontánea es que la palabra transmite, designa; sin embargo esta generalización indebida, resguarda un valor más puro que el de la transición lingüística. Las palabras revelan. Esa revelación del éxtasis produce la visión poética (dicha visión que procede desde el fondo mismo de la palabra), y no me refiero al procedimiento de aquellos hombres para escribir los libros extensos, aquella invocación del espíritu. Wordsworth señalaba que la visión poética se da cuando se baña el mundo: «in the light that never was on sea or land». Esa visión poética, la ligada al trasfondo en cada pedestal en la palabra. La palabra es revelación y revela el origen de su existencia.

En un alarde de síntesis, la proclamada expresión poética se muestra subyacente a la razón de la palabra. La veta poética que transfiere y le da sentido al arte de la escritura, alecciona que dicha expresión precedió la reacción de un conjunto de simbólicas entidades conceptuales, materialmente una representación mental de ideas y de sonidos. Así nació la palabra, así se convirtió el hombre en la expresión misma: en existencia. Y para una ves decirlo en las iluminaciones del escritor Pedro Salinas: “el hombre hizo el lenguaje. Pero luego, el lenguaje con su monumental complejidad de símbolos, contribuyo a hacer al hombre; se le impone desde que nace”. Así en la existencia hay un anhelado deseo, una fuerza indescriptible que alberga perfección y libertad.

Discurrir en el génesis de la palabra es un elogio al arte poético, al ejercicio de la escritura como medio de expresión intachable, pura e intransferible. (Es cierto que la mayoría de las artes, algunas como: la pintura o la fotografía, siguen siendo partidarias de una visión individual —y en algunos casos impersonal— no han “asestado un golpe” final contra la vieja manera de expresión como lo es la poesía, como lo creían los surrealistas. Y aunque algunos poetas aseguraban que la escritura ha “prestado el mismo servicio” con las demás artes, tal argumento no es exacto, ya que las artes visuales por ejemplo no “describen”, solo resaltan un lenguaje que es transitorio, mientras que la palabra amplia, diversifica y tiende a la posteridad como un sonido mas preciso y profundo).

La palabra nos construye y rectifica permanentemente. Para acercarnos a nosotros mismos deberíamos mirar hacia el poema, la exégesis de nuestra individualidad. Una palabra es embrión de un poema, la luz de un solo lenguaje eterno. En su poder se recrea un dominio que nos permite ser victimas por nuestra leal decisión y realidad. Con todo y esta suma hereditaria convendría advertir una vez más que la palabra es: adentrarse, adentrarnos a nosotros mismos. Hay una renunciación a nosotros mismos, somos de ella, nos originamos en su voluntad.

El hombre concibió la palabra —es decir la expresión poética— y la palabra concibió nuestra existencia. Esta parte de nosotros con ella ha generado todos los rasgos de la literatura, en ella compende nuestra: aflicción, ternura, desasosiego, lealtad, oprobio (por decir sólo algunas), en brevedad: toda humanidad. Aunque la palabra surja de un juego inequívoco de nuestro entendimiento, es la seña individual de ser o no ser. Obra con libertad propia: se extiende, por lo que se renegara en toda la conformación del tiempo; de tal modo que la palabra nunca perece, solo se transforma en toda expresión. He aquí una bondadosa realidad hacia el destino de la palabra, vista en la longánima elaboración de libros (objetos de expresión parcial) quien como ya pronuncio en forma de advertencia el sabio consagrador: “el hacer muchos libros no tiene fin”. La eternidad, su eternidad, persistirá irrefutablemente en el valor integral de la libertad.

Inerme, mas sin embargo punzante en su virtud, la palabra es toda conflagración. Su postura es así mismo militante y defensora, sinónimo de poder y dominio. Una visión que aclara mas allá su postura inequívoca de triunfalidad, es la supervivencia de su geografía lingüística; el lenguaje y su medio que le representa, queda en toda cultura e historia, como un símbolo completo, patriarcal y doctrinal.

La palabra es el diálogo que no solo descubre la nitidez de lo que somos, sino también la desigualdad de lo que no poseemos. Tanto la escritura, tanto por extensión los lectores, somos personas insatisfechas; aun así la palabra remienda aquella parte en la escritura-lectura. En el dialogo nos exteriorizamos (escritor-lector) por lo que queda inhábiles los muros que nos esconden; dejamos al descubierto el yo para dejarnos acrisolar en el mortero de la palabra. Esa misma intimidad es lo que nos perpetra, coacciona nuestro interior, lo seduce y lo redime. Ante nuestros ojos la palabra nos ofrece esa comunión con el escritor: “oye indefinidamente / escucha el canto de espera y el choque del tiempo / en balanceo constante de la suma”. Adentremos a ésta impelida meditación de Valery, el poeta frente a nuestros ojos observa, y nos invita a meditar con él. Ahí está la palabra del poeta, posando su visión (y sugestionando la nuestra) ante nuestra enclaustrada intimidad; una palabra inmóvil, aparente como en la orilla del mar, la secreta convulsión del poeta.

Uno de los proverbios persas alecciona la condición del escritor y el resultado de su mediación: “la palabra que tienes dentro de ti, es tu esclava; la que se te escapa es tu dueña”. Una realidad inexcusable. La palabra despoja al hombre, lo libera, mas sin embargo en esa circunstancia insospechable lo esclaviza. Lo adueña y lo ata en la “cruel” meditación. “Dejad que la palabra haga su presa lóbrega”, escribiría mas tarde el poeta Carlos Bousoño en Salvación en la palabra. La alusión del poder sutil de la palabra nos aprisiona y nos salva. ¿Nos salvaguarda de que?, del silencio, del tormento de la nada, de la desventurada melancolía de la perfección.

La solidez y el valor de la palabra residen en el poema. La labor de la comprensión poética alude a la esperanza, la respuesta de los nobles (un valor romántico). Así el problema del significado en la poesía no esta en la descripción que hace el poema o en lo que se habla, sino en el interior del poema, en las palabras mismas. Una palabra que cita a otra, y esta a su vez dialoga en la dirección de sus coetáneas fronteras. De este modo el lector ─principalmente el poeta─ se descubre con la presencia de imágenes vivientes, de formas transparentes sobre el lenguaje que lo dicen todo; y allí descubren: el alma, el rostro, los ojos, del autor sobre de si mismos leyendo y entendiendo que solo ha sido la noble ofrenda que ha brindado la palabra al arte de su hermosa existencia.

Eligio Cruz©  http://enpalabradeligiocruz.blogspot.com/

Miembro de la Red Mundial de Escritores en Español (REMES) y de la Sociedad de Poetas en México. Colabora con poesía para la revista literaria: Palabras Malditas y Voces Interiores. Nace como el que escribe y se revisa a si mismo, como el que en silencio otorga. Es un ensayista de la realidad. Las palabras cotidianas nutren su poesía y las reintegra cotidianas, por ello el tiempo es importante en su obra, ya que ahí todo fluye y se recicla. Sin pudor y jactancia insiste en la desesperación, en la perfección y el tiempo. Escribe lo que surge de su mirada, el propio entender, que formula en temas y situaciones; cuando sale a la calle, ve y examina. Normalmente se encierra largas horas en su recámara-estudio, dónde tiene su pequeña biblioteca. Supongo que ahí concibe parte de su obra. Janethe Meneses

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

One response to ““Génesis: La palabra”, Eligio Cruz

  • Eligio Cruz

    El ejercicio de la literatura puede enseñarnos a interpretar los grandes hallazgos. Dentro de los límites de la imposibilidad, dentro de la cadencia de la venturosa palabra, origen y enumeración de la poesía. No hay una sola imagen más perfecta que nos recrea en una sola abstracción parte de lo que somos. La palabra el dudoso testigo que nos representa.Gracias por la publicación de este ensayo, el cual escribí a partir de ensayar que no es más que una magia menor.

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