“Dios no es una niñera”, Sara Mayer

Crecí viendo entrevistas de mi abuela en la TV nacional. Puede que no haya sido tan famosa como Elie Wiesel, pero para mí, ella era más grande que la vida misma. Era escritora y había aparecido en un documental ganador de un Emmy. Era la persona más famosa que yo conocía. Y ella, era mi abuela.

“¿Usted todavía cree en Dios después del Holocausto?”. La respuesta de mi abuela estaba grabada en mi corazón.

En cada clase, entrevista, o serie de preguntas y respuestas, le hacían a mi abuela la misma pregunta, y yo conocía muy bien su respuesta, la cual había quedado grabada en mi mente y en mi corazón:

“¿Todavía cree en Dios después del Holocausto?”, le preguntaban.

Para muchos, la pregunta parecía demasiado controversial, demasiado dolorosa. Pero para mi abuela era simple. Y yo murmuraba la respuesta junto con ella: “Dios no es una niñera”.

En mi mente, las preguntas que sus oyentes no se atrevían a preguntar pedían respuestas a gritos. “¿Dónde estaba Dios cuando Adolf Hitler puso en marcha la solución final?”. “¿Y dónde estaba Dios cuando tu padre y tu madre estaban siendo llevados a las cámaras de gas?”. “¿Y dónde estaba Dios cuando tu hermano fue brutalmente asesinado pocos días antes de la liberación?”.

Pero la respuesta también estaba ahí, implantada por mi abuela. “Dios estaba viendo y llorando. Estaba llorando por todos sus hijos. Por los que habían hecho mal y por los que habían sido dañados. Dios dirige el mundo, pero les concede libre albedrío a sus hijos. Depende de ellos decidir lo que harán con él. Una niñera es un reemplazo temporal de un padre. Su trabajo es asegurar que el niño esté exactamente igual que cuando los padres salieron. Con una niñera no hay lugar para el crecimiento, porque todo lo que sea incluso remotamente peligroso debe ser frenado antes de comenzar. ¿Acaso Dios tendría que haber liquidado a cada nazi con un rayo? ¡No!, porque Dios no es una niñera”.

Mientras su sorprendida audiencia se recuperaba de su respuesta, mi abuela continuaba. “No fue Dios quien me lastimó. La gente me hizo esas cosas. Vi muchos milagros. Déjenme leerles de mi libro…”. Yo sonreía mientras mi abuela buscaba entre las páginas de la manoseada copia que llevaba consigo de su libro “One Who Came Back” (Uno Que Volvió). Yo me sabía prácticamente todo el libro de memoria, y sabía la historia que contaría a continuación.

“Un día, mientras cuatro de nosotras quitábamos piedras de una zanja angosta con nuestras manos desnudas, mi paciencia fue puesta nuevamente a prueba. Las piedras tenían que ser cargadas en una carreta, la cual era remolcada por un caballo. Desde un principio no le agradé al trabajador alemán que vino con el caballo. Me acosó y molestó todo el día. Yo le presté la menor atención que pude, pero eso parecía provocarlo aún más. Finalmente le ordenó al caballo, que estaba parado sobre mí, que me pateara, me tirara al piso y acabara conmigo. Yo no me podía mover, por lo que comencé a hablarle al caballo con una voz muy baja. Le dije, en holandés por supuesto, que era un buen animal, y que yo sabía que él no me lastimaría. Sólo seguí hablando y hablando. Y sin importar las amenazas que el alemán dijera, el caballo se mantenía tercamente firme en su lugar”.

Mi abuela levantó los ojos, dejó sus lentes de leer a un costado, y preguntó: “¿Por qué un caballo me escucharía a mí hablándole en un idioma extraño, en lugar de escuchar a su amo y dueño? Vi muchos milagros como este. Dios cuida de nosotros. Permite que pase tanto lo bueno como lo malo. Dios no es una niñera”.

Visitando Treblinka

Desde la primera vez que escuché acerca de la “Marcha por la Vida”, quise participar en el programa. Las experiencias de mi abuela eran parte de mí. Necesitaba entender, al menos en parte, por lo que ella había pasado. No sé que esperaba del viaje, pero mientras estaba en Majdanek, Aushwitz y Birkenau aferraba firmemente el libro de mi abuela con la esperanza de obtener fuerzas por ósmosis de sus palabras. Incluso los miembros religiosos de nuestro grupo lloraban de dolor: “¿Cómo Dios dejó que esto ocurriera?”. Pero yo estaba protegida por el mantra que solía recitar con mi abuela: “Dios no es una niñera”.

En uno de nuestros últimos días en Polonia visitamos Treblinka. Los nazis habían destruido todo el campamento antes de que el área fuese liberada. Para cuando llegaron las fuerzas aliadas, una granja rodeada por árboles había sido construida sobre el pedazo de tierra que alguna vez albergó las cámaras de gas. La granja ya no está ahí, sino que hay monumentos que demarcan la ubicación de las vías del tren, la reja y los edificios. Los habitantes locales disfrutan del “parque”. Una familia estaba haciendo un asado cuando llegamos. Desde lejos, el humo parecía elevarse desde el monumento del crematorio.

La vida silvestre estaba en todos lados. El dulce sonido de pájaros piando se entremezclaba con el aire fresco y el olor a madera que hacía cosquillear nuestras narices. Las mariposas se movían ágilmente entre los árboles, buscando néctar. “Las mariposas son las almas de los niños que perdimos aquí”, dijo mi guía. Yo sonreí mientras pensé en el poema Nunca vi otra mariposa. Mientras nos preparábamos para entrar en el bosque, una mariposa se posó en la mejilla de mi guía.

Yo me reí de su reacción de sorpresa. “Esa mariposa te besó”, murmuré.

Yo estaba completamente vacía. Había perdido toda la fe, no en Dios – sino en el hombre.

Me detuve en el quiosco que había en el estacionamiento y tomé una guía explicativa. Mientras entrábamos, leí las estadísticas: “874,000 judíos fueron asesinados en Treblinka, y prácticamente no hubieron sobrevivientes”. Mi mente dio vueltas alrededor de los asombrosos números. ¿Casi un millón de judíos habían muerto en vano? Cuando llegamos a la línea de piedras que simbolizaba el alambrado, me detuve.

Me quedé paralizada ante la belleza que enmascaraba los horrores que habían ocurrido en aquel lugar, y caí al piso. Me acurruqué al lado de la piedra más cercana. Estaba completamente vacía. Había perdido toda la fe, no en Dios – sino en el hombre.

¿Cómo pudieron hacernos esto? ¿Cómo pudo pasar esto en un mundo aparentemente civilizado? ¿Cómo pueden haber habido “espectadores inocentes” presenciando el asesinato sistemático y a sangre fría de casi 900.000 personas sin hacer ni decir nada? ¿Dónde estaba la humanidad cuando esto pasó? ¿En dónde estoy yo cuando otros sufren?

Estas preguntas me daban vueltas en la cabeza, sin que fuese capaz de llegar a ninguna respuesta. Pero mi abuela me había entregado un legado adicional, al cual me aferré cuando mi mantra falló. Saqué una lapicera y un papel, y comencé a escribir. Me volví parte del paisaje mientras estaba ahí, sentada, absolutamente inmóvil, con la sola excepción de mi lapicera que se movía a medida que esbozaba frases en aquella hoja. Mi corazón sangraba en el papel como una herida abierta. ¿Superaría alguna vez esos sentimientos de desesperanza?

Mi lapicera se detuvo a medida que mi confundida mente comenzaba a sentirse exhausta. Levanté la vista, y quedé maravillada por la delicada forma de una mariposa que abría y cerraba lentamente sus alas sobre mi rodilla. Las palabras de mi guía volvieron a mí: “Las mariposas son las almas de los niños que perdimos aquí”. Sí, es verdad que perdimos a este niño, pero por otro lado, muchos otros niños han venido al mundo desde entonces. ¿No somos acaso mi hermana, mis primos y yo prueba de que los nazis fallaron?

Un nuevo sentimiento, incluso más abrumador que el anterior, estalló en mi corazón. Mientras miraba los elegantes movimientos de la mariposa, sentí una sola cosa: esperanza.

¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena? No tengo respuesta a eso. Desde que Moshé le preguntó esto a Dios en el desierto, nos hemos preguntado el por qué. Pero la respuesta continúa siendo inasequible. Todo lo que puedo hacer es recordar que todo pasa por una razón, más allá de si la entiendo o no, y tener esperanza de que los niños del futuro aprendan las lecciones que nos dejó el pasado.

Sobreviviendo

Luego de nuestra semana en Polonia, fuimos a Israel. Todos dejamos de lado los sentimientos de lo que habíamos vivido durante una semana para celebrar. Podríamos pensar en eso cuando volviéramos a casa. Una de mis amigas no pudo soportar los intensos cambios de emociones por los que estábamos pasando en el viaje; tuvo un colapso nervioso un par de días después de llegar a Israel.

“¿Cómo pretendes que apague todos esos sentimientos?”, le decía al guía que había venido a hablar con ella para que participara en las actividades. “Después de todo lo que vimos y vivimos, ¿deberíamos simplemente dar media vuelta y ser frívolos y despreocupados?”.

La respuesta del guía tuvo un efecto muy profundo en mí, a pesar de que a mi amiga le fue indiferente.

“¿Los sobrevivientes sobrevivieron para que nos ahoguemos en pena o para que podamos vivir?”.

Sobrevivir significa estar en paz con tu experiencia y construir una vida.

Todos mis pensamientos negativos sobre las inconsistencias que tenían las dos partes del viaje se desvanecieron. Pensé en las fotos de mi abuela de después de la guerra, cuando volvió a Holanda y descubrió que era la única que había sobrevivido. Ella aparecía sonriendo en todas las fotografías.

¿Fue fácil para ella volver? Estoy segura que no. Incluso después de la guerra había dificultades que superar. Pero ser un sobreviviente era mucho más que tener el corazón latiendo cuando los aliados llegaron a liberarlos. Significaba estar en paz con tu experiencia y construir una vida.

Ya no cuento los seis millones de judíos que perdimos en el Holocausto, sino que cuento a mis seis millones de vecinos judíos que viven en Israel. Ya no vivo en lo que pasó en Europa, sino que vivo en lo que es Israel hoy en día. Mi esposo y yo, ambos nietos de sobrevivientes del Holocausto, conmemoramos las vidas que fueron perdidas en el pasado construyendo nuestras vidas y las vidas del futuro, nuestros hijos. Sólo rezo que podamos inculcar en ellos la misma fe que mi abuela inculcó en mí.

Sara Mayer©  Fuente: http://www.aishlatino.com/e/oe/162505556.html

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

2 responses to ““Dios no es una niñera”, Sara Mayer

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    «Dios está en el lugar donde le hemos dejado.» Oí esta frase el otro día y me pareció que, así, de entrada, puede parecer muy pretenciosa. ¿Dios esperando que regresemos? ¿Dónde le dejamos? ¿Qué clase de Dios es éste que nosotros podemos haberle dejado esperándonos? Supongo que las respuestas a estas preguntas dependen de la idea que tengamos de quién es Dios, si es que somos capaces de tener alguna idea que nos satisfaga medianamente, y de quíénes somos nosotros.Pero, claro, Jesús de Nazaret –dentro de unos días, recordaremos que María rompió aguas aquella noche en un humilde establo- nos ha enseñado que Dios es Padre, con todo lo que eso implica de amor cuidadoso. Entre las cosas que dijo acerca de él, me ha venido a la mente lo que se conoce como la parábola del hijo pródigo. No sé por qué la llaman así, porque el protagonista no es el hijo pequeño que le pide a su padre la parte de la herencia que le corresponde porque se quiere ir de la casa paterna a vivir sus propias aventuras. El protagonista es el padre, que, primero, le da lo que le pide y respeta su libertad de marcharse, y luego, cuando el joven llega literalmente hecho polvo, le rodea con sus brazos y le prepara una fiesta de bienvenida.Mientras estuvo por ahí, malgastando lo que el padre le había dado, se acordó muy poco de su hogar. Pero cuando se quedó sin nada y solo, y tuvo que pechar con un trabajo que no le daba ni para comer, reflexionó: el texto dice que “volvió en sí”, lo que implica que hasta ese momento estuvo “fuera de sí”. Y volvió a casa, y su padre le estaba esperando en el mismo lugar donde el hijo le había dejado: en la puerta de su casa.He recordado esa emocionante historia porque con ella Jesús enseñó, y sigue enseñando, que «hay gozo en los Cielos por un pecador que se arrepiente»: el gozo de Dios, que está en el mismo lugar donde le dejamos. Saber que hay un Padre que nos espera si queremos volver a Casa es una buena noticia, ¿no?

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  • Vicente Antonio Vásquez Bonilla

    Gracias por tocarme el corazón con semejante artículo. Shalom, Chente.

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