“Pinceladas”, Juan Zapato

El gato de pintas blancas deambula por la cornisa a paso firme y se detiene, al encontrar el sitio buscado, donde echarse a tomar el Sol. Otro de pelaje negro, bebe del charco, las aguas que la lluvia nocturna dejara, sin prestar demasiada atención al recién llegado.

El empedrado pindio, hace dudar la empresa cuesta arriba, pero la curiosidad por saber que le espera, es más fuerte y se atreve. Una puerta cancel se abre y con disimulo, alcanza a escuchar un saludo de despedida y ver la mujer desconocida que sale a la calle y como por vergüenza por husmear, atina a decirle ¡buenos días!

004En la zona alta de Santabria, aún se conservan viejas casas de tejados terracota, balcones y galerías enmarcadas de maderos pintados de blanco y cristales cubiertos por cortinas de puntillas, que ocultan a los personajes-moradores. A la intemperie, paredes que esconden grises de antaño, cubiertas por mozos vívidos colores. Un balcón, vestido con mesa y silla, aguarda en su letargo la venida estival, y más arriba en el frontón, cincelada la fecha “1926”, que rubrica el año en que se erigiera aquella vivienda. Mandarinos se dejan ver entre cercados, tentando a una mano a que los hurte, mas un ladrido sorprende su andar calmo, pero el susto no es mayor al protegerle del can una verja.

Se adentra por una callejuela curva y el viento norte lo recibe, ahora el frio húmedo se hace presente en su rostro, la nariz se enrojece, las manos buscan refugio en los bolsillos de su campera1, y sus dedos palpan un orificio en el forro, tantean un objeto y el índice y el mayor capturan una vieja lapicera de pluma, una moneda obsoleta de otro país lejano y nada más.

El cielo se cierra encapotado, anunciando su pronto lloriqueo, es media mañana. Un cejo se alza sobre la bahía cantábrica, hasta cubrir por completo las astas de las grúas astillerenses. Pero el tiempo no se decide por sí mismo, ha sido sólo un chubasco, pero lo suficiente para mojarle los zapatos.

015El mercado es un buen refugio, para reponer energías y sus ojos recorren los distintos negocios del primer piso. Llevado por el aroma de los panes gira en una esquina y se encuentra inesperadamente con un artista plástico sentado frente a su caballete recreando un puesto, es la ocasión de presentarse y saber quién es él. Se llama Domingo de la Lastra es amigo de María la puestera y el Mercado de la Esperanza se ha transformado mágicamente en un atelier.

El periplo llega a su final, se despide del pintor y va por una hogaza de pan de Reinosa.

Juan Zapato©

1 Cazadora

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

One response to ““Pinceladas”, Juan Zapato

  • Vichoff

    Me encantan tus crónicas norteñas, Juan. Tus palabras crean imágenes de un mundo que el lector puede ver, tocar… incluso oler.
    Es prosa pero no dejas de ser poeta.
    Un abrazo.

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