“Cuando el árbitro llevaba paraguas”, Rafael Ramos

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Hace 150 años, en Inglaterra, se pusieron los cimientos del deporte rey actual. Se fundó una miríada de equipos, se escribieron las primeras reglas y empezaron las competiciones organizadas y la profesionalización. El origen del futbol inglés es un manual de sociología, refleja la división de clases y la proletarización de la sociedad. El enorme eco social que tiene el fútbol ahora en el mundo ya se anticipaba entonces.

La federación inglesa de fútbol, como no podía ser de otra manera, nació en un pub en torno a unas cuantas pintas de cerveza y a unos buenos whiskies, bajo una nube de humo de puros habanos y en medio de acaloradas discusiones. Pero el fútbol inglés de hace 150 años tiene muy poco que ver con el de ahora, el de los jeques árabes, millonarios norteamericanos y oligarcas rusos; el de las superestrellas como Rooney o Van Persie; el de los salarios fabulosos, los clubs convertidos en sociedades anónimas, las audiencias globales y unos derechos de televisión que, en el caso de la Premier League, se cotizan en más de 3.000 millones de euros anuales.

Cuando, una tarde de otoño de 1863, los barones de los equipos pioneros de Inglaterra se reunieron en lo que hoy es el Freemasons Arms (entonces, Freemasons Tavern) de Long Acre, Covent Garden, para ponerse de acuerdo en unas reglas, el que luego se denominaría “deporte rey” era un híbrido entre fútbol y rugby, extremadamente violento y que se jugaba sobre todo en los colegios privados de la zona metropolitana de Londres.

Estaban permitidos los placajes, las patadas y, en realidad, casi todo. La pelota se podía golpear con el pie o pasar con la mano. No había larguero, y para marcar un gol bastaba con que entrase entre los dos postes, a cualquier altura hasta el infinito. Pero también se podían hacer touchdowns, (como en el fútbol americano), que servían para resolver los empates y consistían en pasar de la línea de fondo con el esférico controlado. El fuera de juego y el córner no existían. El árbitro no podía señalar una infracción si no le era reclamada –hoy no sería problema, porque los jugadores se quejan de todo constantemente, pero entonces imperaba un mayor espíritu de fair play–. En cualquier caso, los de negro (ahora ya ni visten siempre así) no corrían como en la actualidad sino que seguían las jugadas de lejos, y algunos señoritos incluso sacaban un paraguas si llovía.

fut2No se podía marcar directamente de falta. Los saques de banda se hacían con una sola mano. Al portero se le podía obstaculizar, empujar y hasta derribar, incluso cuando no participaba en la jugada. La táctica más convencional, el equivalente del actual 4-3-3, era el 1-1-9 (un portero, un defensa y nueve delanteros). Cuando se introdujo el 1-2-8 fue una revolución. Y no digamos el 2-3-5, que sobrevivió hasta 1925, al implantarse el offside (fuera de juego).

Aquella tarde de 1863 se sentaron los cimientos de lo que sería el fútbol organizado, pero de una manera u otra el folk football existía desde mucho tiempo antes. Ya en el siglo III antes de Cristo las familias reales chinas practicaban un juego llamado cuju en el que dos equipos peleaban por meter una pelota en un agujero de una sábana de seda. Deportes con pelotas de goma eran populares en México y toda Centroamérica siglos antes de la llegada de Cristóbal Colón.

Y los cortesanos de Florencia jugaban a lo que llamaban calcio entre los siglos XVI y XVIII. Diversos documentos sugieren que el rey Jaime I de Escocia prohibió su práctica porque distraía a los vasallos de actividades más productivas para la corona. María Estuardo de Escocia presenció un partido a través de la ventana de su celda en el castillo de Carlisle, en 1568, mucho antes de que nacieran los eternos rivales de la Old Firm, el Celtic y el Rangers.

Pero, al menos en Gran Bretaña, las aproximaciones iniciales a lo que hoy es el fútbol surgen en la primera mitad del siglo XIX. Nada que ver aún con el juego de once contra once: la totalidad de los mozos de los pueblos se dividía en dos grupos de hasta varios centenares; el alcalde o la reina de las fiestas tiraban la pelota desde el balcón del Ayuntamiento, y todo el mundo se lanzaba detrás como animales tras una presa.

Repicaban las campanas de las iglesias, y las mujeres tejían bufandas con los colores de los equipos. El terreno de juego era una extensión irregular de varios kilómetros cuadrados, a través de bosques, calles empedradas y campos de cultivo, y el gol consistía en marcar no en la portería del contrario sino en la propia. Valía todo, incluso tirarse con el balón al río o meterse en las alcantarillas. Quien más quien menos acababa con las ropas rasgadas, magulladuras y moratones y la nariz ensangrentada. “Si los ingleses llaman a esto jugar, ¿qué será cuando se peleen?”, comentó escandalizado un visitante francés en Derby. La verdad es que no es fácil imaginarse a Cristiano Ronaldo haciendo nada parecido. En todo caso, a Pepe o Sergio Ramos…

fut1Los orígenes del fútbol, como todo en Gran Bretaña, tienen mucho que ver con la lucha de clases y con la división entre el norte pobre y el sur rico. Los equipos de los colegios privados como Eton o Westminster, o de las universidades de postín, querían que se pareciera lo más posible al rugby, pero los obreros de las Midlands, Lancashire, Yorkshire y otros condados septentrionales pretendían una ruptura mucho más radical que no fue fácil de conseguir. Hasta la década de 1870 compitieron códigos diversos, y cada vez que había un partido, los capitanes tenían que ponerse de acuerdo en qué reglas se iban a utilizar.

El fuera de juego, por ejemplo, era objeto constante de disputa, y la interpretación más estricta requería que hubiera detrás de la pelota cuatro jugadores de campo más el portero (en la actualidad son uno y el portero). Otros reglamentos exigían tres, o incluso prohibían directamente los pases hacia delante. No es de extrañar que el 0-0 fuera un resultado muy habitual.

La primera final de la Copa (durante mucho tiempo, el torneo más importante, porque las liguillas eran locales o regionales) se disputó el 16 de marzo de 1872 en el Oval de Kennington, un mítico campo de cricket del sur de Londres que todavía existe y con un aspecto muy parecido, rodeado de bloques de viviendas victorianas populares de ladrillo rojo, y con vista a unas estructuras metálicas circulares de la compañía del gas. El trofeo se lo disputaron dos equipos aristocráticos de la capital, los Wanderers (de un colegio privado, con zamarras naranja, violeta y negro) y los Royal Engineers (de un regimiento militar con sede en la base naval de Chatham y que iban de azul y rojo).

Los imponderables ya desempeñaban entonces un papel decisivo, y eso que el fútbol era un infante recién nacido. De la misma manera que los hinchas del Barça creen que tendrían un par o tres de Champions más en las vitrinas de no ser por los postes cuadrados de la final de Berna contra el Benfica, la erupción del volcán islandés que obligó al equipo a viajar en autobús a Milán o el penalti de Messi al larguero del año pasado frente al Chelsea, los aficionados del Queens Park escocés están convencidos de que deberían ser los primeros campeones de Copa. Y que no lo fueron por dinero.

El equipo del sur de Glasgow permaneció imbatido hasta 1876, nueve años después de su fundación, y no encajó un solo gol hasta 1875. Practicaba un fútbol de apoyos, pases y combinaciones mucho más sofisticado que el inglés, con un caleidoscopio de movimientos y una geometría que en cierto modo fue un precedente histórico del tiqui taca. Sus integrantes eran empresarios y profesionales de la ciudad escocesa que practicaban a la salida del trabajo en el parque de Queens y hacían partidillos contra inmigrantes irlandeses que trabajaban en los astilleros y las fábricas textiles.

Como los gastos para desplazarse a Inglaterra eran un problema, en reconocimiento de su categoría, los organizadores de la Copa les permitieron que se sumasen a la competición a partir tan sólo de las semifinales, en las que se enfrentaron al Wanderers, rival al que habían derrotado ampliamente en varios amistosos. Su superioridad en el partido fue palpable, según las crónicas de la época, pero notaron el cansancio del viaje (once horas en tren) y se toparon con una defensa numantina, como cuando al Barça le colocan el autobús delante de la portería. El choque acabó en 0-0, lo cual significaba un partido de desempate al cabo de un par de días, también en Londres. Pero los escoceses no tenían presupuesto para ello y, como entonces el fútbol era amateur, tampoco podían pedir días de fiesta en el trabajo. De modo que renunciaron a jugar, y los Wanderers se clasificaron para la final contra los Royal Engineers, que entre 1871 y 1875 sólo perdieron tres partidos (todos decisivos) de los 74 que jugaron, con 244 goles a favor y 21 en contra. Y ganaron, por 1-0 y contra todo pronóstico, ante unos dos mil espectadores, sobre todo de clase alta, que llegaron con sus carruajes y vieron el espectáculo con sombreros de copa y pamelas en el caso de las damas, como si se tratara de las carreras de caballos de Ascot o Cheltenham. Así era el incipiente fútbol de hace un siglo y medio.

Todos los clubs originales que fundaron la Football Association (FA) y todos los primeros ganadores de la Copa eran de Londres y alrededores, relacionados con colegios privados, el ejército, ministerios del gobierno o instituciones oficiales, y por tanto aristocráticos: Crystal Palace (nada que ver con el actual), Surbiton, Barnes, Clapham, Civil Service (Cuerpo de funcionarios), War Office (Ministerio de la Guerra), Old Carthusians, Old Etonians, No Names Kilburn, Charterhouse, Westminster, los Crusaders, los Royal Engineers, los Wanderers… Pero el monopolio del fútbol por la capital y las clases altas no podía durar eternamente.

fut3Los equipos proletarios del norte no tardaron en conseguir un equilibrio de fuerzas con el auge del Sheffield Wednesday, el Bolton Wanderers (fundado por la Iglesia con el nombre de Christ Church FC, para fomentar lo que entonces se denominaba “el cristianismo muscular”), el Preston North End, los dos conjuntos de Blackburn (Rovers y Olympic), de Birmingham (Aston Villa y West Bromwich Albion) y de Nottingham (el Forest, de las clases medias, y el Notts County, de las altas)

El primer equipo de fuera de Londres que dejó una huella profunda en la historia del deporte fue el Sheffield FC, fundado en 1857 y el más antiguo del mundo todavía existente, hoy relegado a la categoría regional, a la sombra del Wednesday y el United, con un estadio (Coach and Horses Ground) para dos mil espectadores –la mayoría, de pie– en el suburbio de Dronfield.

Su rivalidad con el Hallam fue de las primeras de Inglaterra, y tan feroz como las actuales entre el Arsenal y el Tottenham, o el Manchester United y el Liverpool. Pero no pudo hacer la transición del amateurismo al profesionalismo y, aunque puede presumir de haber tenido tres internacionales ingleses, en sus vitrinas no figura un trofeo importante.

Aunque creado por los integrantes de un elitista club de cricket de Yorkshire, el Sheffield FC es un magnífico ejemplo de la rápida proletarización del fútbol inglés, primero con la progresiva presencia de las clases medias mercantiles y profesionales, tanto entre los directivos como entre los jugadores, y luego de los trabajadores manuales de las fábricas. Tanto es así, que su plantilla fue la primera en exigir una compensación monetaria para ayudar al sustento de las familias de quienes se lesionaran y como consecuencia de ello se quedasen sin empleo. Fue el primer paso hacia la inevitable profesionalización.

Así como el cricket se las ha ingeniado para sobrevivir como el deporte de las clases altas, el ímpetu proletario posterior a la revolución industrial cambió el fútbol para siempre. El empuje sindical y el boom económico de la década de los setenta (del siglo XIX) establecieron la semana laboral de cinco días y medio, que concluía el sábado a las dos de la tarde. Los trabajadores de las fábricas textiles y altos hornos, con un poquito de dinero en el bolsillo, empezaban el fin de semana recogiendo a sus hijos y a sus padres en casa y llevándolos a estadios como el de Deepdale (Preston), uno de los pocos que –renovado y sin ninguna de las tribunas originales– aún sobreviven 136 años después. Esa devoción semanal por el fútbol se mantiene de manera fervorosa.

El momento decisivo en la conquista del fútbol por esas working classes puede situarse en el 31 de marzo de 1883, cuando el Blackburn Olympic se convirtió en el primer equipo del norte que ganaba la Copa, imponiéndose por 2-1 en la prórroga a los Old Etonians.Los Old Etonians, como todos los jugadores de las escuelas privadas, eran más altos y más fuertes, gracias a una alimentación –comían ostras y bebían leche antes del partido– que no estaba al alcance del resto de la población en la Inglaterra victoriana. Pero también tenían la arrogancia de quienes se saben predestinados a formar parte de la clase dirigente y llevar las riendas del país.

Los entrenamientos eran considerados algo antideportivo, una práctica dirigida a obtener ventaja sobre el rival. Y la idea de pasar la pelota al compañero ni siquiera asomaba por sus cabezas, la única táctica era avanzar como tanques a base de poderío hacia la portería rival. Alfred Lyttleton, que combinaba el fútbol con el cricket y tras meterse en política llegó a ser ministro para las Colonias, no se lo tomó bien cuando un jugador de su mismo equipo le reprochó su individualismo: “Caballero, no olvide usted que yo juego únicamente para mi propio placer”.

No era ese el caso en la final copera de 1883: los Blackburn Olympics, profesionales que cobraban un euro o dos de hoy al mes por jugar, se tomaron tres semanas de vacaciones en sus empleos como mineros, capataces de obra, enfermeros, conductores de ambulancia, pintores, fontaneros o estibadores de puerto para preparar el partido. Aquella tarde de marzo sorprendieron a los Old Etonians con una magnífica forma física y unos pases de lado a lado del campo que dejaron a los aristócratas con la lengua fuera. El gol decisivo, en la prórroga, llegó a cinco minutos del final. Por primera vez un equipo del norte, forjado en las fábricas textiles de Lancashire, era el campeón.

Pero los inventores del fútbol total, un siglo antes que el Ajax de Cruyff, fueron los Invencibles del Preston North End. Después vinieron mitos como Bill Shankly y Bob Paisley, del Liverpool; sir Matt Busby y sir Alex Ferguson, del Manchester United; Helenio Herrera y el inefable Mourinho, pero Billy Sudell –que combinaba el papel de presidente con el de entrenador– es considerado el primer técnico moderno de la historia. Introdujo el concepto, hasta entonces inexistente, de los entrenamientos, espiaba a los rivales y elaboraba la táctica con fichas y diagramas sobre una mesa de billar.

Semejantes innovaciones no tardaron en reflejarse sobre el césped, hasta el punto de que el cronista del Birmingham Daily Post escribió tras un partido: “Los Invencibles pasan la pelota en corto con una perfección nunca vista, son inteligentes en todas las facetas del juego, gozan de una magnífica forma física y de un extraordinario equilibrio entre defensa y ataque. A veces parecería que pueden marcar goles a voluntad”.

Elogios parecidos se han hecho luego del Madrid de Puskas y Di Stefano, de la Hungría dorada de los cincuenta con Puskas y Kocsis, de la naranja mecánica holandesa, del Brasil de Pelé y Garrincha, del Milan de Van Basten y Maldini o del Barcelona de Pep Guardiola. Pero el Preston North End fue el pionero.

También fue el primer equipo auténticamente profesional, un precursor de los tiempos modernos, forjado por Suddell a base de talonario, sin ningún tipo de escrúpulos. Mientras los equipos elitistas de colegios privados no pagaban a sus jugadores porque ya eran ricos, y por tanto defendían el amateurismo, los del norte hacían el paripé de compensar a los suyos con el pago de gastos y remuneraciones por jornadas de trabajo perdidas y les conseguían empleos cómodos –por ejemplo, gerente de pub– que apenas requerían esfuerzo físico. “Se busca defensa central que además ejerza de capitán para un equipo de Lancashire, remuneración generosa”, decía un anuncio en el periódico The Scotsman en octubre de 1882. Era un choque de culturas y maneras de entender el fútbol y la sociedad en general que necesariamente tenía que ocurrir, y lo hizo cuando el Preston North End fichó a una legión de escoceses –entre los que el deporte, a remolque del Queens Park, se había desarrollado más y la técnica era, por consiguiente, mejor–.

El fichaje estelar fue el de Jack Ross, procedente del Hearts de Edimburgo, apodado el Diablo por su combinación de inteligencia y malicia, su habilidad para leer el partido y su capacidad de intimidación, un precursor de lo que luego sería la figura de Roy Keane en el Manchester United que ganó la Champions League al Bayern en el Camp Nou.

Dice la leyenda que Suddell era capaz de determinar la clase de un jugador viéndole pegar una patada a una lata de sardinas y que las almacenaba en su taquilla del vestuario para examinar a posibles adquisiciones. En cuestión de meses forjó una escuadra de mercenarios que sería durante una década el núcleo de los Invencibles, el mejor equipo inglés hasta por lo menos el Arsenal de los años 1930, cuando las comparaciones dejaron de ser posibles con el cambio de la regla del fuera de juego. Su superioridad llegó a ser tan grande que su portero, un mulato de madre ghanesa llamado Arthur Darkie Wharton, se pasaba el partido sentado en lo alto del travesaño, y tan sólo descendía cuando la pelota se acercaba al área.

Los amateurs, anclados en el espíritu victoriano y que contemplaban a los profesionales como una amenaza, no se rindieron así como así y argumentaron que los futbolistas a sueldo fomentaban la violencia, las agresiones a los árbitros, la corrupción, el alcoholismo, las apuestas y el hooliganismo, “la desaparición del refinamiento y el embrutecimiento del juego”. No se trataba de una barrera sólo económica, sino de clase. Las élites no querían la democratización del fútbol. Pero inevitablemente tuvieron que ceder.

El Preston North End fue el primer equipo inglés que hizo el doblete en la temporada 1888-89, y además imbatido. Hoy yace en la League One, equivalente a la Segunda B en España. El Sheffield FC, en categoría regional, es una mera sombra de lo que fue. El Blackburn Olympic, los Wanderers y los Old Etonians ya no existen. Otros, como el Barnes, son sólo clubs de rugby. Jack Ross, el capitán de los Invencibles, murió de una pulmonía con sólo 31 años. Billy Suddell fue detenido por malversación de fondos y emigró a Sudáfrica, donde se recicló en periodista deportivo. Pero, un siglo y medio después, esos nombres son leyendas, y sus espíritus iluminan todos los sábados a las tres de la tarde los estadios de Inglaterra cada vez que alguien mete un gol.

Fuente: http://www.magazinedigital.com/reportajes/historia/reportaje/pageID/2/cnt_id/9397

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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