“Historia de las utopías, de Lewis Mumford”, Gonzalo Muñoz Barallobre

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“Permítasenos utilizar la imagen de John Dewey y supongamos que a un hombre se le niega mantener contacto con sus amigos distantes. Una de sus reacciones posibles pasa por “imaginar” que se reúne con ellos y, sirviéndose de la fantasía, asistir a todo el ritual del encuentro, la charla distendida y el intercambio de ideas. Otro tipo de reacción, como señala Dewey, consistirá en estudiar las condiciones necesarias para permitir la comunicación entre los amigos separados e inventar el teléfono. El llamado “extrovertido”, el tipo de hombre que no tiene necesidad de utopía, satisfará su deseo hablando con el ser humano que tenga más a mano (“intentará apañárselas”). Pero es más que evidente que debido a la propia debilidad e inconstancia de sus objetivos, es incapaz de contribuir con algo más que su “buena disposición” a la vida buena de la comunidad; y es probable que, en sus manos, tanto el arte como la inventiva llegasen a perecer”

Lewis Mumford escribió Historia de la utopías (1922) cuando tenía 27 años. Además, lo hizo, cómo él mismo confiesa en el prólogo, en tan sólo cuatro meses. Algo que se nota tanto en el estilo como en aquello que se cuenta, pero no para mal, porque nos encontramos con un texto lleno de energía, agilidad y fuerza. Repleto de esa juventud que es capaz de vibrar con lo posible sin dejar de pisar los hechos.

La apuesta de Mumford por la utopía, no puede ser más cabal e inspiradora, y el texto con el hemos comenzado es la prueba. En él se nos habla de tres formas de encarar lo real y su tempestad de acontecimientos. La primera, es la huida a la interioridad, y tiene que ver con a aquellas utopías-escape: lo real se niega y uno se instala en un mundo que es hijo de la fantasía. La imaginación actúa como un narcótico, y cuanto más se pasa habitando la quimera fingida, más cuesta regresar a la vida que se nos atraganta y nos duele. La segunda forma de encarar el mundo, es aquella que asume el hombre que dice de sí ser “realista”: lo mejor es adaptarse a lo que hay, sobrevivir según la medida dada. Y si el primero genera un encuentro imaginario con sus amigos, el hombre realista asume la perdida y se conforma con la conversación y la compañía del primer hombre que pase a su lado.

Nadie discute la importancia de saber adaptarse, pero nadie señala su peligro: el hombre es capaz de adaptarse a cualquier situación, y no todo vale, también hay que saber servirse de la rebeldía. El tercer tipo de hombre, es en verdad el protagonista de este ensayo, puesto que en él habita el valor del pensamiento utópico. Y es que la palabra “utopía” no sólo debe ser traducida por “no-lugar” (outopía), sino que también significa, y el propio Tomás Moro lo dejó escrito, “buen lugar” (eutopía). Pues bien, ese hombre que inventa el teléfono para hablar con sus amigos distantes, representa al buscador del “buen lugar” por excelencia. Sí, asume lo que la realidad ha impuesto, pero utiliza esa imposición para tomar impulso y convertir en acto lo que estaba en potencia. Ese juego bien medido entre la realidad y la imaginación, es lo que Mumford reivindica, y no lo hace desde una hipótesis que flota en el vacío, sino que se apoya en lo que la Historia misma revela a los que saben poner en ella el oído. Del mural rupestre de una caverna, a una huella en la Luna. Así, mirar al tercer hombre de nuestro relato, debe ser dejarse llevar por su ejemplo:

Dicho espíritu puede servir como un tónico, en esta época de terror y desánimo, para recordar al lector las actitudes y esperanzas que una vez existieron y prosperaron, y que pueden volver a florecer de nuevo puesto que hunden sus raíces, no exclusivamente en los sentimientos de una generación en particular, sino en la desafiante fe animal que cada recién nacido trae al mundo por el mero hecho de haber nacido”

Este fragmento, forma parte del prólogo que Mumford añadió 40 años después de haber escrito en 1922 Historia de las utopías, y creo que nadie será capaz de negar su actualidad. Frente a un mundo que parece agotado, la posibilidad espera a los que tengan la audacia y la fuerza de seducirla. Debemos recordar que en nosotros está la llave, porque ese recuerdo tiene un doble valor: invita a soñar y nos despierta de la quimera de creer que en el futuro todo irá necesariamente mejor. Nunca había sido tan urgente romper el mito moderno del Progreso, porque lo que el futuro sea, dependerá exclusivamente de lo que nosotros sembremos en el presente. Para nosotros, esta es la principal enseñanza que el repaso histórico que hace Mumford de las utopías guarda, y lo que hace de este libro un imprescindible.

Gonzalo Muñoz Barallobre©

Licenciado en Filosofía (UCM), tengo un máster en Estudios Avanzados en Filosofía (UCM) y ahora estoy haciendo el Doctorado sobre Nicolás Gómez Dávila. He trabajado en otras revistas digitales (Culturamas y Travelarte) y a día de hoy colaboro con Filosofía Hoy. He publicado un ensayo, Alegría Trágica (Bubok, 2010), un pulso colectivo a favor de los olvidados, Galería de los invisibles (Xorki, 2012), y estoy preparando un pequeño poemario: Balas de Plata.

Fuente: http://revistatarantula.com/historia-de-las-utopias-lewis-mumford/

Historia de las utopías, Lewis Mumford, Pepitas de calabaza, 2013.

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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