“De cómo consiste en arte la poesía y el trobar”, Juan del Encina

01cfa0e4c73750865106212f14a51004Aunque otra cosa no respondiéssemos para provar que la poesía consiste en arte, bastava el juyzio de los claríssimos autores que intitularon de arte poética los libros que desta facultad escrivieron, y ¿quién será tan fuera de razón, que llamándose arte el oficio de texer o herrería, o hazer vasijas de barro o cosas semejantes, piense la poesía y el trobar aver venido sin arte en tanta dinidad? Bien sé que muchos contenderán para en esta facultad ninguna otra cosa requerirse, salvo el buen natural, y concedo ser esto lo principal y el fundamento; mas tan bien afirmo polirse y alindarse mucho con las osservaciones del arte, que si al buen ingenio no se juntasse el arte, sería como una tierra frutífera y no labrada. Conviene luego confessar desta facultad lo que Cicerón en el De perfeto oratore, y lo que los profesiones de gramática suelen hazer en la difinición della, y lo que creo ser de todas las otras artes, que no son sino osservaciones sacadas de la flor del uso de varones dotíssimos, y reduzidas en reglas y precetos, porque según dizen los que hablaron del arte, todas las artes conviene que tengan cierta materia, y algunos afirman la oratoria no tener cierta materia, a los quales convence Quintiliano diziendo que el fin del orador o retórico es dezir cosas, aunque algunas vezes no verdaderas, pero verisímiles, y lo último es persuadir y demulcir el oýdo. Y si esto es común a la poesía con la oratoria o retórica, queda lo principal, conviene a saber, yr incluydo en números ciertos, para lo qual el que no discutiere los autores y precetos, es impossible que no le engañe el oýdo, porque según dotrina de Boecio en el libro de música, muchas vezes nos engañan los sentidos; por tanto, devemos dar mayor crédito a la razón. Comoquiera que, según nos demuestra Tulio y Quintiliano, números ay que deve seguir el orador, y huyr otros, mas esto ha de ser más dissimuladamente y no tiene de yr astrito a ellos como el poeta que no es éste su fin.

Juan del Encina

(1468-1530) Juan de Fermoselle, verdadero nombre de Juan del Encina o Enzina, nacía en Salamanca (España) el 12 de julio de 1468, siendo hijo de un zapatero, y hermano de un profesor de música de universidad, Diego de Fermoselle, y de un sacerdote, Miguel de Fermoselle.
Bajo la tutela de Antonio de Nebrija, estudia retórica y latín, ingresando en el coro de la catedral en 1484 mientras que en 1490 obtiene las órdenes menores. Precisamente por esta época será conocido como del Encina, pseudónimo que según todos los indicios correspondería al nombre de la madre.
Tiempo después, y ya al servicio del duque de Alba, su hermano Fabrique, trabaja como músico y poeta, artes que cultiva en el castillo de Alba de Tormes e incluso en Salamanca hasta 1498, cuando marcha a Roma.
Del Encina estuvo luego en las cortes de los papas Alejandro VI y Julio II, y ya después de 1519, sería nombrado prior de la Catedral de León por el papa León X.
Curiosamente, compuso casi toda su obra musical antes de los 30 años, destacando entre su producción su Cancionero (1496), en el que se recogen poemas, villancicos, canciones y romances entre otros.
Sus composiciones destacan por su sencillez y espontaneidad, con variados y flexibles ritmos y melodías sugerentes, conjugando todo ello en una singular y transparente textura polifónica.

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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