“Tres poemas chinos”, Po Chü i

Po Chü i

En el estanque

Dos monjes budistas de la montaña
juegan al ajedrez, en el bosque de bambú.
Reflejan la luz los bambúes y no se ve a nadie;
de cuando en cuando se escucha el sonido de las piezas.

La vejez

Tú y yo envejecemos juntos;
veamos un poco: ¿cómo es esta vejez?
Los turbios ojos se cierran antes de que sea de noche,
la perezosa cabeza está despeinada a mediodía.
Apoyados en bastones, damos a ratos un paseíto,
o estamos sentados todo el día con las puertas cerradas.
No osamos mirarnos el rostro en un espejo claro,
no podemos leer los libros con letras pequeñas.

Cada vez más hondo es el cariño de los viejos amigos,
cada vez más raro nuestro trato con los jóvenes.
Queda una cosa: el placer de las charlas ociosas
es mayor que nunca cuando nos encontramos los dos.

Una sugerencia a mi amigo Liu

Hay un brillo verde en una botella antigua,
hay un agitarse rojo en la estufa tranquila.              
Hay un sentimiento de frío en la nieve afuera,
¿qué tal un poco de vino adentro?

Po Chü i©

Po Chu-I  (772-846 D. de C.) Nativo de Xia-kuei, en Shen-xi. Después de obtener el grado de Chinshih disfrutó de una larga carrera oficial,  interrumpida intermitentemente por períodos de desgracia. Fue gobernador de Hang-chow y de Su-chow (831-833).  En sus últimos años tuvo un puesto importante en Lo-yang. Compuso los dos poemas largos más famosos de la época T’ang,  Balada de la Pi-pa y la Canción del Dolor Sin Fin. Su poesía era tan famosa que una vez una joven cortesana requerida  por un oficial, le dijo a este: “No soy una joven cualquiera, puedo recitar de memoria La Canción del Dolor Sin Fin  del maestro Po”; después de lo cual puso su precio. Se dice que Po Chu-I leía sus composiciones a las lavanderas en el río, y sólo las consideraba buenas si estas las comprendían.

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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