“Le tengo temor al lápiz”, Juan Rulfo

Retrato de Juan Rulfo por Sofía GandaríasYa habrán oído a Eraclio [Zepeda], que además de un buen cuentista es un gran cuentero, y además nos ha dicho sus inicios en la literatura, porque como literato es un gran literato, es un poeta realmente. Yo, desgraciadamente, no tuve quién me contara cuentos. En nuestro pueblo, la gente es cerrada, uno es un extranjero ahí; están ellos platicando, sí, como dice Eraclio, se sientan en las tardes a contarse historias y esas cosas, pero en cuanto uno llega  se quedan callados, empiezan a hablar del tiempo: “hoy parece que no va llover, parece que por ahí vienen las nubes”.

Yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contarme sus historias. Me vi obligado a inventarlas y creo yo que precisamente uno de los principios de la creación literaria es la invención, es la imaginación. Como dice él perfectamente, somos mentirosos. Todo escritor que crea es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad. Recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. Como la gramática o como las cosas más elementales, considero que hay tres pasos. Así como en la gramática, la sintaxis, son tres puntos de apoyo: sujeto, verbo y complemento, también en la imaginación hay tres pasos. El primero de ellos es crear el personaje; el segundo, crear el ambiente en donde ese personaje se va a mover, y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va expresar, [lo] que es darle la forma. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia. Ahora, yo sí le tengo temor al papel blanco, a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a mano. Pero quiero decirles más o menos cuáles son mis procedimientos; estoy hablando de una forma muy personal, no digo que es una cosa genérica.

Yo empiezo a escribir. No creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración. El asunto de escribir es cuestión de trabajo: ponerse a escribir a ver qué sale, llenar páginas y páginas, y de pronto, como decía Rilke, aparece un verbo, una palabra, que nos da la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis, diez páginas y no aparece aquella persona que yo quiero que aparezca, aquel personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo, pero de pronto aparece, surge; entonces uno lo va siguiendo, uno va tras de él, uno va eliminándose, y aquellas seis primeras páginas se tiran a la basura. Cuando ya el personaje adquiere vida uno entonces va a ver hacia dónde va, siguiéndolo lo lleva a uno por caminos que uno desconoce, pero que estando vivo lo conducen a uno a una realidad irreal, si se quiere, pero al mismo tiempo logran guiar lo que al final parece que le sucedió, pudo haber sucedido, pudo suceder, pero nunca ha sucedido.

Creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar en que sabe uno perfectamente que va a decir mentiras, y si uno entra en la verdad, en la realidad, en las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está uno haciendo historia, reportaje. A mí me han criticado mucho mis paisanos de que cuento mentiras, de que no hago historia, o que todo lo que platico o lo que escribo dicen que nunca ha sucedido, y así es efectivamente. Para mí lo primordial es la imaginación. Dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación circulando aquello, pero como la imaginación es infinita, no tiene límites, entonces hay que romper donde se cierra el círculo, hay una puerta, puede haber una puerta de escape, y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse y entonces aparece otra cosa que se llama intuición. La intuición lo lleva a uno precisamente a intuir algo que no ha sucedido pero que está sucediendo en la escritura. Ya concretando: es imaginación, intuición y aparentemente verdad, una aparente verdad. Cuando esto se consigue entonces se logra la historia que uno quiere, que quiere dar a conocer, porque, como decía Eraclio, el trabajo es solitario. No se puede concebir un trabajo colectivo en la literatura y esa soledad lo lleva a uno a hundirse en una especie de medio, de cosas que uno desconoce, pero que sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear, a seguir creando, y entonces nace la historia. Creo yo que eso es el principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar.

Ahora, hay otro elemento, otra cosa muy elemental también, que es el querer contar algo sobre ciertos temas. Sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: la vida, el amor y la muerte. No hay más, no hay más temas, así que nadie es original, porque esos temas se han tratado desde la prehistoria, pero el asunto es ver cómo tratar lo más elemental. Esos temas, el amor, la vida y la muerte, o la vida, el amor y la muerte, para tomar su paso normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles, no repetir cómo lo han dicho otros, no repetir la misma historia nada más con ciertos cambios que pueden variar aquella historia pero que es la misma que se ha contado siempre. El tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo. Estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio hasta no sé quiénes más antes, los chinos, pero hay que buscar el fundamento, que es la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma, que llaman la forma literaria, es lo que rige el que una historia tenga interés, llame la atención a los demás. El autor sabe en qué momento falla. Cuando, precisamente, la historia está completa, muere, como él dice, y más si está publicada. Cuando se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto: el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello da vueltas en la cabeza constantemente, el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, de que hay algo que se ha quedado dentro y entonces hay que volver a iniciar la historia, hay que ver en dónde está la falla, cuál es el sujeto o el personaje que no se movió por sí mismo. En mi caso personal, tengo la característica de eliminarme totalmente de la historia. Nunca cuento un cuento en el que haya experiencias personales, en el que haya algo autobiográfico, en el que yo haya visto u oído algo. Siempre tengo que imaginarlo, recrearlo; si acaso, hay un punto de apoyo. Ese es el misterio que hay porque la creación literaria es misteriosa, pero el misterio lo da la intuición; la intuición misma es misteriosa y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y si hay algo que el autor tiene que aportar, tiene que ayudarle a sobrevivir, entonces falla inmediatamente.

Estoy hablando de cosas muy elementales, ustedes me han de perdonar, pero mis experiencias han sido esas. Nunca he relatado algo que haya sucedido. Mis bases son la intuición y la imaginación, y dentro de eso ha surgido lo que es totalmente ajeno al autor porque aunque el autor sea el autor, no se incluye dentro de una narración. El problema, como decía antes, es encontrar el tema primero, el personaje, y qué va  hacer ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto ese personaje está forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón sin salida y truena. Una de las cosas más difíciles que me ha costado hacer precisamente es la eliminación del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos personajes funcionen por sí y no tenga yo que incluirme porque entonces entra la divagación, el ensayo, la elucubración, quiere uno meter sus propias ideas, se siente uno filósofo, en fin, uno trata de hacer creer qué ideología tiene uno, qué manera de pensar sobre la vida o sobre el mundo, sobre los seres humanos, cuál es el principio que mueve a las acciones del hombre. Cuando sucede eso entonces se vuelve uno ensayista, entonces conocemos muchas novelas-ensayo, mucha obra literaria que es novela-ensayo; también hay el cuento-ensayo, pero el género que se presta menos a eso es el cuento. Yo estoy de acuerdo con Eraclio en que el cuento es un género realmente más importante que la novela, más difícil que la novela, porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas: hay que sintetizar, hay que frenarse. En eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta; el poeta tiene que ir frenando como si fuera a caballo, ir frenando el caballo, y no desbordarse. A quien se desborda y escribe por escribir, le salen las palabras una tras otra, y se va de leguas, simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse, no desbordarse, no vaciarse. El cuento tiene esa particularidad. Yo precisamente prefiero el cuento sobre todo a la novela porque la novela se presta mucho a esas divagaciones. La novela, dicen, es un género que abarca todo, es un saco donde cabe todo: caben cuentos, teatro, acción, ensayos filosóficos o no filosóficos, en fin, una serie de temas con la cual se va a llenar aquel saco. En cambio, en el cuento tiene uno que reducirse y sintetizarse y en unas cuantas palabras decir, contar una historia. Es muy difícil en tres o cuatro o diez páginas contar una historia que otros cuentan en 200 páginas.

Esa es más o menos la idea que yo tengo sobre el principio de la creación literaria, claro que no es una exposición brillante la que les estoy haciendo, sino que estoy hablándoles en forma muy elemental, porque en realidad yo soy muy elemental. Yo le tengo mucho miedo a los intelectuales, trato de evitarlos, cuando veo un intelectual le saco la vuelta. Considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son una cosa muy personal que no tiene por qué tratar de influir en lo demás, ni hacer lo que él quiere que hagan los demás. Llega a esa conclusión si llega a ese sitio, a ese final, entonces siente uno que algo se ha logrado.

Como todos ustedes saben ningún escritor escribe todo lo que piensa, es muy difícil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho nunca, sino que simplemente muchísimas cosas al ser desarrolladas se pierden, es doloroso pero así es, nunca se puede reflejar todo el pensamiento en una historia, quedan muchas cosas que uno quisiera haber dicho y jamás las puede uno desarrollar. Ese es más o menos creo yo el principio de la creación al menos tal como yo la he practicado. Ahora, el resultado lo da el lector, no lo da el autor, el autor no sabe si aquello va a funcionar o no, sabe perfectamente que no está perfectamente dicho, que no dijo lo que querría decir, que muchas cosas las dejó fuera, pero al menos algo de lo que él quiso expresar queda allí y es el lector el que tiene que juzgarlo.

Juan Rulfo participó en noviembre de 1979 en el programa “Los desafíos de la creación”, emitido en México por Radio Educación. Recuperamos aquí, gracias a la Dirección de Producción y Planeación de Radio Educación, los minutos en que habló el autor de “El Llano en Llamas” y la transcripción de esa ponencia, reproducida por el periódico “El Universal” de la Ciudad de México. Vicente Montemayor: http://www.mundopalabras.es/2013/10/21/le-tengo-temor-al-lapiz-juan-rulfo/

 

Juan Rulfo nació en Sayula, México (1917), creció en el pequeño pueblo de San Gabriel, villa rural dominada por la superstición y el culto a los muertos, y sufrió allí las duras consecuencias de las luchas cristeras en su familia más cercana (su padre fue asesinado). Esos primeros años de su vida habrían de conformar en parte el universo desolado que Juan Rulfo recreó en su breve pero brillante obra. En 1934 se trasladó a Ciudad de México, donde trabajó como agente de inmigración en la Secretaría de la Gobernación. A partir de 1938 empezó a viajar por algunas regiones del país en comisiones de servicio y publicó sus cuentos más relevantes en revistas literarias. En los quince cuentos que integran El llano en llamas (1953), Juan Rulfo ofreció una primera sublimación literaria, a través de una prosa sucinta y expresiva, de la realidad de los campesinos de su tierra, en relatos que trascendían la pura anécdota social. En su obra más conocida, Pedro Páramo (1955), Rulfo dio una forma más perfeccionada a dicho mecanismo de interiorización de la realidad de su país, en un universo donde cohabitan lo misterioso y lo real, y obtuvo la que se considera una de las mejores obras de la literatura iberoamericana contemporánea.Obtuvo una beca en el Centro Mexicano de Escritores cuando tenía 35 años y doce meses después entregó las 127 páginas de la novela Los murmullos que se editó en 1955 con el nombre de Pedro Páramo en la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. La novela se desenvuelve sin orden cronológico alrededor de la vida de un cacique rural. La muerte está presente en toda la narración y le da a la obra un tono estremecedor. Rulfo la introduce muy hábilmente a la manera en que las historias de “espantos” se relatan en el campo mexicano. Con esta novela el escritor rebasó la clasificación de “regionalista” que algunos quisieron imponerle y demostró su capacidad de llevar, mediante la palabra, lo local a un plano mundial. Sus obras fueron traducidas al inglés, alemán, francés, polaco, italiano, sueco, holandés, portugués, noruego y danés. La vida de Juan Rulfo, envuelta en mitos y leyendas, llegó a su fin el 7 de enero de 1986 en la ciudad de México.

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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