“Noé en Granville”, Jacobo Kaufmann

El día amaneció con sol opaco. El cielo borroneado esparcía sus sombras por el orbe. En torno al Monte Saint Michel no había ni mar, ni brumas. Sólo un lodazal incierto y peligroso. Las lluvias arreciaron sobre campos pasivos, de verdes intensos. Noé refunfuñaba, porque la luz de humo lo encandilaba sin revelarle de dónde venía. Las gaviotas se gritaron histéricas, las unas a las otras. En las casas de piratas otrora legendarios no había sombra, y los viejos portales temblaban en color azul. Las rocas de la costa, que quedaron descubiertas al retirarse la marea, brillaron en complicidad con las algas y los desechos de los barcos. Juntos yacían acumulados en la playa, ahuyentando a los peces.

La lluvia persistente evocaba por lo menos un diluvio. Aquel que según la promesa debía ser el último. No lo sabían, sin embargo, las ásperas orillas de la Normandía, en donde solían refugiarse corsarios aguerridos. Allí donde el ron se había mezclado con grandes regueros de pólvora, sobre aquellas murallas moldeadas y ennegrecidas por erosiones y adherencias arbitrarias de guano milenario.

Allí, de pronto, se quebraron las nubes, y el cielo encapotado recuperó la extraña luminosidad que Noé le había descubierto cuando tenía veinte años, y vestía un uniforme gris e injusto. Grandes trozos de vapor multiforme se estrellaron contra los vientos del oeste. Y en medio de semejantes melodías, un sol de bronce fantástico reinó durante media hora, hasta que el firmamento oscureció irremisiblemente, fijando pausas de luz y sombra para el día siguiente. Pero antes cantó una gaviota enorme y solitaria sobre un techo de pizarra mojada. El tiempo estaba morocho. El sol sonaba en los tejados de la fortaleza medioeval. La luz tintineaba en las cadenas y en las verjas de herrumbre crónica.

Noé alzó la vista. Allí como entonces, cuando la paloma regresó con la rama de olivo en el pico, una mano mágica trazó el arco iris más perfecto de todos los tiempos, que comunicaba las casas con toda la gama de los colores inventados, los cálidos y los fríos, los infrarrojos con los ultravioletas. En su perímetro exterior lucían los rojos y los anaranjados. En su interior, los verdes, los azules profundos, y los turquesas.

Un tul de nubes negras se había alzado sobre los peñascos. El sol los enfocó, y los pintó de rosados transparentes. Dos gaviotas pequeñas respondieron al canto del macho solitario, volando en círculos prudentes. Al pasar delante del arco iris, sus alas se iluminaron de rojo.

rainbow_fire_sqjDel otro lado del mar, muy hacia el occidente, se ponía el sol amarillento oscuro sobre las rutas de los vikingos, abriendo a su paso grietas multicolores en el firmamento. Noé percibió entonces la presencia de un segundo arco iris, paralelo al primero, pero con el orden de los colores a la inversa. Los azules formaban el perímetro exterior y los cálidos recorrieron los trayectos del interior. Noé no entendió muy bien, por qué lo afirmativo se manifestaba al mismo tiempo que lo negativo, pero lo aceptó. No quedaba otro remedio.

Cuando calmó la lluvia y sólo quedaban algunos charcos de agua sobre el muelle de madera, el sol descendió en forma perpendicular al horizonte. Sumergido detrás de esta línea, y porque la titilante y plomiza superficie del mar era curva, los rayos del astro rey mantuvieron grabados los dos arcos iris durante algunos momentos más, en innumerables gotas de agua colgadas en el viento. Después quedaron sólo rayas negras, que fueron como huellas de un dibujo sobrenatural, para que las copiara un hombre prehistórico en la roca ancestral de su caverna.

Una gruesa gota de agua celestial cayó sobre el párpado derecho de Noé, y éste por un instante temió perder la vista. Al restregarse, la gota se convirtió en miel eterna, y Granville, la ciudad de los piratas normandos, quedó en paz, consigo misma, y con el universo entero.

Jacobo Kaufmann©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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