“Entrevista a Claudio Magris”, Mercedes Mommary

claudiomagrisCandidato ya permanente, desde los últimos años, al Premio Nobel de Literatura, Claudio Magris es uno de los grandes escritores e intelectuales contemporáneos. Sus obras, del más variado signo, desde El Danubio a Microcosmos, y desde Otro mar, y Así que usted comprenderá a Utopía y desencanto y La historia no ha acabado, por citar sólo algunas, son seguidas por miles de lectores de todo el mundo, no sólo europeos. Aunque también hay que decir que el triestino Claudio Magris es uno de los viajeros que más nos han enseñado a comprender, conocer y ver nuestra época.

Recientemente se cumplieron veinte años de la aparición de su libro El Danubio en España. ¿Qué recuerda de la gestación de este libro que cautivó a miles de lectores de todo el mundo?

El Danubio, nació de la mezcla de un interés profundo por un tema –por un personaje, por una historia– y de un azar que actúa de “comadrona”, por así llamarlo, y que saca a la superficie a objetos y figuras de ese interés profundo. Pero es verdad que El Danubio no hubiera nacido sin esos muchos años anteriores en los que me había dedicado a la literatura y a la cultura centroeuropea. El viaje danubiano es también un viaje del conocimiento, en el que el pobre viajero, mientras avanza por el territorio danubiano, se ilusiona con poder conocer, interpretar, controlar la vida que está alrededor de él con los instrumentos de su propia cultura. Pero, conforme va hacia delante, poco a poco, ese mundo, cada vez más, se le aparece como algo enigmático, tanto en la historia como en la vida. Le da casi la impresión de comprender cada vez menos, dándose cuenta de qué poco se entiende la vida con la cultura.

¿Cuál fue el impulso que le llevó a escribir esta historia?

En el año 1982, con mi mujer, Marisa, y con algunos amigos, habíamos hecho un viaje a Eslovaquia. Me acuerdo que estábamos entre Viena y Bratislava, cerca de la frontera del Este, en aquello que aún entonces era “la otra Europa”. Acerca de esto, tengo que decir que creo que mucho de lo que he escrito ha nacido precisamente del deseo de eliminar el adjetivo “otra” y de hacer entender que también esa “otra” es Europa. Pues bien, en aquella ocasión veíamos correr el Danubio, veíamos sus destellos, su esplendor que se confundía con la hierba de los prados. De repente, vimos una inscripción: “Museo del Danubio”. Esta palabra, Museo, aparecía como algo realmente extraño en medio del encanto de la naturaleza y de aquel momento, y Marisa, que casi siempre, antes que yo mismo, tenía las intuiciones más acertadas, también en lo que respecta a mis libros, dijo: “¿Qué pasaría si siguiésemos avanzando, vagabundeando, hasta la desembocadura del Danubio?”. Y así nacieron aquellos cuatro años dedicados a viajar, a escribir, a reescribir, a vagabundear a lo largo del Danubio. Algo que, a fin de cuentas, acabaría convirtiéndose en símbolo de la frontera, porque el Danubio es un río que pasa a través de muchas de ellas y simboliza por esa misma razón la necesidad y la dificultad de atravesar fronteras, no sólo las nacionales, políticas y sociales, sino también las psicológicas, culturales y religiosas. Al mismo tiempo, el viaje danubiano es un viaje a lo más profundo y en concreto a esa Babel del mundo actual que tiene en Centroeuropa su símbolo particular.

Mares, ríos, islas, lagunas, incluso fiordos del Norte de Europa, saltan sin cesar de una a otra de sus obras. También están presentes en el mismo título del bello libro de su mujer, la escritora Marisa Madieri, Verde agua, aparecido de forma póstuma, y que tanto éxito obtuvo en países como España. ¿Qué importancia tuvo para ustedes dos el mar en sus viajes y en sus recuerdos?

El mar está ligado a mis primeros recuerdos de infancia. Es el mar de Barcola, en el extrarradio de Trieste, donde mi madre, a la que le gustaba muchísimo, me llevaba cada día, de mayo a octubre. Aún hoy, cuando estoy en Trieste, no hay día, en esos meses entre el comienzo de la primavera y los comienzos del otoño, en el que no vaya a esa playa, aunque sólo sea por media hora, y no me lance al agua. Creo que ha sido fundamental para mí la experiencia de esa gran apertura del golfo de Trieste, un mar en sí modesto pero que aporta el sentido de lo abierto, del horizonte ilimitado que parece anunciar los otros y más grandes mares y océanos. Esa apertura, como aprendí y entendí más tarde, no es sólo física, sino también cultural, humana: el golfo de Trieste se extiende desde Italia hacia Eslovenia y Croacia, y aunque esas costas ahora eslovenas y croatas en un tiempo formaron parte política de Italia y estaban pobladas por italianos, ese mar sugiere el encuentro y la mezcla de civilizaciones y de culturas. Ese mar, mi mar de escollos y de rocas blancas, de agua de repente profunda e intensamente azul, ha sido durante mi infancia uno de mis primeros lugares de juegos y aventuras y más tarde de los primeros deslumbramientos amorosos. El mar de Trieste, de Istria, de Cherso, el mar de Salvore, de Rovigno, de Miholascica, han sido y son aún hoy el paisaje de mi vida, de mi existencia compartida con Marisa, un paisaje inseparable del amor. Por tanto, el mar, para mí, es, ante todo, un mar concreto, físico. Pero también un mar de papel, un mar recreado y reinventado por la gran literatura: los dos se compensan y se integran recíprocamente; uno no podría existir sin el otro.

El mar tiene un fuerte valor simbólico en la literatura.

El más grande libro jamás escrito, La Odisea, el relato del viaje a través de la vida, es impensable sin el mar, pero también el mar es hoy impensable sin La Odisea. El mar, por tanto, tiene un doble valor simbólico. Ante todo representa la lucha, el desafío, la prueba, el enfrentarse con la vida, tal y como se aprecia por ejemplo en muchos de los grandes relatos y novelas de Conrad. Yo, sin embargo, quizá siento más el mar como abandono, el mar vivido no en la posición erguida de la lucha y del desafío, sino en aquella tendida del abandono. Es decir, el mar como símbolo de la unidad de la vida, a pesar de los naufragios y de las tragedias; un mar misteriosamente sereno, enigmático, símbolo de nostalgia pero también de satisfacción. El mar es muchas cosas: es el Leviatán, el elemento incierto y hostil; es el gran sudario que se extiende al final de Moby Dick y del canto de Ulises en Dante; pero también es una gran escuela de humildad, es el mar que desgasta, el mar que vence, como dice N’Toni en Los Malavoglia. Yo nunca me cansaría de mirarlo, de escucharlo.

Ese paisaje marino le ha servido de ayuda en los momentos más duros de su vida.

En los dos últimos meses, antes de morir, Marisa me decía cada día que fuera al mar, aunque sólo fuera media hora, que lo hiciera por ella. Y pocas semanas antes de morir me dijo, con ese tono desafiante de quien habla de algo que nadie ya nos podrá quitar: “Hemos tenido nuestros veranos”, porque poco antes, al comienzo de junio, habíamos pasado unos días inolvidables en el mar de Miholascica, en Cherso. Pero el mar también es el símbolo de la persuasión, como he intentado contar en mi novela Otro mar. La persuasión significa la posesión en el presente de la propia vida. El mar es el símbolo de la vida que se basta a sí misma, del puro presente. Cuando se mira, se oye y se siente el rumor de su resaca no se desearía que el tiempo pasara nunca. No se desea nada salvo ese presente, ese resplandor y el rumor de esas olas. Thomas Mann decía que el amor por el mar es también el amor por aquello que trasciende al individuo. El mar es también –y así lo siento yo a menudo– una promesa de vida verdadera, de lo que la vida podría y debería ser. El mar es épico, es decir, da sentido al aliento de la vida, un aliento unitario a pesar de todas las escisiones, y también al relato que la explica.

Ha citado a varios autores que trataron el tema del mar. También lo trató su esposa, Marisa Madieri, de forma reiterada. ¿Cuáles son sus autores favoritos, sobre este motivo?

Como he dicho antes, Marisa sintió profundamente, y en esto estaba en una total sintonía conmigo, el mar. Un mar que no sólo está presente en Verde agua, sino en otros textos suyos, en particular en algunos que aparecerán próximamente, traducidos al español por Valeria Bergalli, en la editorial Minúscula. Me refiero sobre todo a un relato, La conchiglia (La concha), ambientado en una isla en medio del océano, donde el mar aparece como algo fascinante y a la vez terrible. En un pasaje bellísimo se le define como “nuestra condena”. En cuanto a la literatura marina, tendría que escribir un ensayo entero para hablar de forma adecuada. Yo encontré el mar, desde pequeño, en las novelas de Salgari, en los mares del Corsario Negro y de los Piratas de Malasia. Un mar pequeño que poco después se abriría a aquél mucho más grande de London, de Stevenson, de Conrad, de Melville y tantos otros autores, también italianos, desde Verga a Comisso, desde Brignetti a La Capria o D’Arrigo. Por otro lado, amo con pasión el mar gallego de Cunqueiro, y también el del Caribe de Carpentier. Aunque tendría que nombras a tantos otros…

¿Cree que ese impulso viajero que siempre ha estado presente en su obra tuvo que ver con el hecho físico y biográfico de ser fronterizo?

Creo que sí, aunque siempre es difícil responder, de forma clara, a este tipo de preguntas. Pero, por supuesto, desde pequeño, la experiencia de la frontera fue el primer y lejano origen de mis viajes. La frontera, sumamente cercana, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando yo era niño, no era una frontera cualquiera, sino el Telón de Acero que dividía el mundo en dos partes. Y yo veía aquella frontera, por encima de las montañas del Carso, cuando iba a pasear y a jugar. Detrás de ella estaba el mundo del Este, bajo el dominio de Stalin, un mundo al que no se podía ir, ya que la frontera, en aquellos años, era infranqueable. Se trataba de ese Este tan a menudo ignorado, rechazado, temido o despreciado. Cada país tiene un Este al que rechaza. Aunque al mismo tiempo, tras la frontera, estaba un mundo que yo conocía perfectamente, porque se trataba de aquellas tierras que habían formado parte de Italia y que Yugoslavia había anexionado al final de la Segunda Guerra Mundial. Tierras en las que yo había estado de niño, por tanto un mundo familiar, conocido. De algún modo, yo sentía eso: que tras la frontera había algo de conocido y al mismo tiempo de desconocido. Y creo que esto es fundamental para la literatura, que a menudo es un viaje de lo conocido a lo desconocido, y al mismo tiempo de lo desconocido a lo conocido. Este sentido del viajar como riesgo, como necesidad de convertirse en lo que se es, creo que puede tener ahí, en esa “situación fronteriza”, su origen.

¿El ser humano va recomponiendo sus paisajes, como todo lo que se refiere a la formación de su identidad personal a lo largo del tiempo? ¿Cuáles diría que han sido sus nuevos paisajes y lugares preferidos, descubiertos en los últimos años y viajes?

Esta pregunta es importantísima, precisamente por esta expresión de “recomponer” los propios paisajes y, también, por lo que menciona sobre la relación que hay entre esto y la propia identidad personal. Aunque quizá, se podría decir “las propias identidades personales”, porque tenemos muchas: no sólo la nacional, sino también la política, sexual, religiosa, cultural y tantas otras. Yo, por ejemplo, he visto recompuestos de forma consciente –tanto en mi fantasía, como luego, traspasado a mi escritura– ciertos paisajes fundamentales de mi infancia, sobre todo los marinos. Todo ello se ha convertido en una especie de estructura que se ha dado la mano con otros paisajes amados y encontrados en mis viajes por el mundo. Paisajes naturales, urbanos, culturales y paisajes sobre todo humanos: hombres y mujeres, así como gestos y modos de expresarse; ideas, pero también, y sobre todo, sentidos, encuentros. Entre los paisajes que me han marcado profundamente, después de la experiencia de El Danubio y también quizá de Microcosmos, tengo que citar el paisaje gallego, la ruta del Quijote, ciertos e inolvidables paisajes andinos y, ahora mismo, algunos paisajes caribeños, tan sólo entrevistos de forma material en Cuba, pero que cultural y literariamente he encontrado en grandes páginas, sobre todo las pertenecientes a escritores de las Antillas francesas, con Édouard Glissant a la cabeza.

“En el mundo organizado a escala planetaria, la aventura y el misterio del viaje parecen acabados”, decía usted al comienzo de El Danubio. ¿Qué cree que ha matado en nuestros días esa aventura y misterio de antiguos viajes y viajeros?

No creo en absoluto que en nuestros días la aventura y el misterio hayan sido eliminados. Creo que la falsificación existía también en el pasado, aunque en unas formas, como es natural, muy diversas. Y también creo que los antiguos viajes y viajeros se tenían que enfrentar a esta falsificación, a la dificultad de ver el misterio. Continuo creyendo que, en unos modos siempre nuevos y distintos, unas veces más o menos difíciles (y hoy serían muy difíciles) tenemos que tener en cuenta el misterio, siempre presente, tanto en la vida como en la historia. Y por supuesto, tenemos que hacerlo sin coquetear con él, sin convertirnos en sus legisladores o en unos conferenciantes del misterio.

¿Le molesta, dentro de su amplísima bibliografía, ser presentado como “gran viajero y autor de libros de viajes”? Una dignidad de la literatura de viajes que existía en efecto en el pasado y lo testimonian perfectamente autores como Sterne, Goethe o Chateaubriand.

No, esa definición no me molesta. Naturalmente toda definición, de cada uno de nosotros, es siempre parcial y no se puede pretender que una definición integre toda una vida, incluso una modesta como la mía y como casi la de todos nosotros. Tan sólo puede ser irritante cuando se convierte en una etiqueta casi automática, hecha casi para poner fuera del juego a alguien. En cuanto a las transformaciones, creo que la literatura, como es la de estos escritores citados, enriquece y por tanto cambia el tipo de viaje, en el sentido de la vida. Una dignidad de la literatura como viaje, o del viaje como literatura, que existía en efecto en el pasado y lo testimonian perfectamente estos nombre y continua existiendo hoy, aunque naturalmente de manera distinta. Viajar es antes que nada viajar en el tiempo; en el pequeño tiempo de nuestra vida individual, que se consuma mientras viajamos, pero también en ese tiempo más grande de la Historia que nos integra a todos a la manera de un gran río.

Mercedes Mommary© Fuente:http://www.revistamercurio.es/hemeroteca/index.php/revistas-mercurio-2009/mercurio-109/164-08-entrevista-con-claudio-magris-

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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