“El tesoro y los duendes”, Manuel Llano

Cuando la moza acabó de llenar el cántaru en el chorru de la juente, empezó a andar hacia la su casa.

A los pocos pasos el cántaru empezó a moverse de un lau a otru. La moza asustá aposó el cántaru, y el cántaru se movía en el suelu para arriba y para abajo y de un lau a otru como una peonza.

Al mismu tiempu que se movía oyó una vozuca que salía del cántaru y que decía así:

Debajo de la juente
hay un gran tesoru
hechu de plata y de oru…

La muchacha ya sabía que metíos entre el agua hay unos duendes chiquitines que a veces salen con el chorru del agua y estamengan los cántaros y los rompen por travesura; y otras veces avisan a la gente cuando averiguan que debajo de la tierra por onde vien el agua hay alguna mina o algún tesoro de los que dejaron los moros escondíos.

El duende de las juentes y de los ríos, que es más chicu que la cabeza de una cerilla, no paraba de cantar en el cántaru:

Debajo de la juente
hay un gran tesoru
hechu de plata y de oru…

Asombrá la muchacha de lo que decía el duende, golvió a la juente y vació el cántaru, que es lo que hay que hacer cuando un duende se mete en un cántaru, porque si no al beber se le traga y las personas se güelven locas y traviesas y no pueden parar quietas un momentu.

Cuando golvió a la su casa se lo contó a su padre, y al ser de noche, cuando ya no había ninguna luz en el pueblu y la gente estaba dormía, la muchacha y el su padre jueron a la juente con unos picachones para cavar en la juente y encontrar el tesoru enterrau.

Dale que te dale con los picachones y venga de sacar tierra y encontraron una piedra muy ancha.

Las sus juerzas no podían levantar la piedra y se golvieron a casa desconsolaos.

A la otra noche golvieron tampocu pudieron levantar la piedrona.

Así jueron unas cuantas noches y la piedra sin menease de allí.

Entonces el padre de la moza se jue al monte y llamó a un ojáncanu y le dijo que le daría su hija si levantaba la piedra pa sacar el tesoru.

El ojáncanu bajó con el hombre a la media noche y levantó la piedra.

En unas arcas de yerru había miles y miles de sortijas, de gargantillas y de barras de oru.

Pocu a pocu el hombre jue sacando aquellas riquezas y el ojáncanu se las llevó a casa.

Después el padre, avariciosu y villanu, llamo a la su hija y la dijo para engañala que ya había levantau la piedra y que se juera con él para traer el tesoru.

La moza se levantó muy contenta y cuando estaban cerca de la juente encontraron a un crio que iba llorando. El ojáncanu estaba escondíu a la parte de allá de un matorral para llevase a la moza en cuantu el padre le chiflara avisándole.

La muchacha compadecía del criu que iba llorando muy desconsolau, le preguntó con muchu cariñu y con mucha lastima que por qué lloraba.

Y el criu le respondió que lloraba porque se le había perdíu un corderu del rebañu y que venía de un pueblu que estaba a dos leguas buscándole.

En esto se sintió balar a un corderu y la moza y el criu echaron a correr muy contentos hacia ónde salían los balíos. Al llegar onde estaba el corderu, el criu le dijo a la moza:

– Corre, corre sin parar
porque el tu padre te quier engañar.

El corderu se convirtió en un caballu y en el caballu se amontonaron la moza y el criu.

El ojáncano echó a correr detras del caballu, pero no le alcanzó.

Cuando ya estuvieron muy lejos de la juente, el criu aparó al caballu y dijo a la moza:

– Soy un duende del monte y vi al tu padre con el ojáncanu y oí que le decía que le daría la hija si le sacaba el tesoru.

Después de decir estas palabras, el duende se convirtió en una viejucu baju y gordu, con unas barbas largas, muy blancas; y el caballu se convirtió en corderu y después al dale el duende con el bastón en la frente se convirtió en un lobo muy grande.

Porque tos los duendes del monte van acompañados de un lobu que se puede convertir en pájaru grande, en caballu y en otros animales.

La moza agradeció al duende la su salvación y se quedó con él en la su cueva, a onde se entraba por un roble huecu.

A los pocos días la moza sintió qye escarbaban en la tierra, encima de la cueva.

Despertó al duende, que estaba dormíu, y el duende adivinó que era el ojáncanu que había encontrau el sitio onde se escondían.

En aquel istante dio con el bastón un golpe muy suave en la frente de la moza y la moza se convirtió en una oruga. Dio otru golpe al lobu y el lobu también se convirtió en oruga. Y él también quedó convertíu en oruga.

No paraba el ojáncanu de escarbar en la tierra hasta llegar a la cueva del duende.

Con el ojáncanu estaba el padre de la moza. El duende, la moza y el lobu convertíos en orugas salieron de la cueva.

Después el duende golvió a la cueva, se metió debajo de la tierra y fingía la voz como si hablaran un hombre y una mujer.

El ojáncanu no paraba de escarbar, creyendo que debajo de la cueva había otra. Así abrió un hoyu muy hondu. Entonces el duende se convirtió otra vez en oruga, salió al monte, se convirtió otra vez en un vieju bajucu y gordu, con las barbas muy largas y muy blancas, se asomó a la orilla del hoyu que abrió el ojáncanu y empezó a reirse con toa la juerza. Se dió él mismu con el bastón en la frente y se convirtió en un gigante con unas manos grandísimas.

Y sin parar de reirse jue echando la tierra en el hoyu y allí quedaron sepultados el ojáncanu y el padre maldecíu de la moza.

Manuel LlanoNació en Sopeña (Cabuérniga), el 23 de enero de 1898 y murió en Santander, el 1 de enero de 1938. De adolescente se traslada con su familia a Santander, pero esto supuso para él un desarraigo del mundo rural y una introducción en un ambiente urbano, desconocido y hostil, que le brindaba penalidades y un destino incierto. El rechazo de este medio y la vuelta y apego al de su infancia se hará una constante en su vida y en los temas de su obra literaria. Ejerció de maestro, sin titulación, desarrollando así su vocación pedagógica que, junto a su formación autodidacta, van perfilando sus afanes de escritor. Publicó sus artículos en diversas revistas y diarios. Ganó el concurso del Ateneo de Santander. Su afición por los temas folclóricos iba en aumento y recorrerá con el cuadro folclórico La Jila varias ciudades españolas, representando estampas naturalistas. Su calidad literaria también crecía y dejó a su muerte obras en preparación, hoy perdidas. Se le considera como un poeta en prosa de primerísimo rango.

Bibliografía:

“Tablanca”, 1929.
“El sol de los muertos”, 1929.
“Brañaflor”, 1931.
“Campesinos en la ciudad”, 1932.
“La Braña”, 1934.
“Rabel” (Leyendas/, 1934.
“Parábolas”, 1935.
“Retablo infantil”, 1935.
“Monteazor”, 1937.
“Dolor de la tierra verde”, 1949.

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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