“Las floreras, o La Primavera”, Francisco de Goya y Lucientes

Las floreras, o La Primavera Goya

Comentario:
La Primavera, representada tradicionalmente como una escena relativa a la diosa Flora, se transforma aquí en una ofrenda de flores contemporánea, que tiene lugar en un soleado paisaje primaveral. Una joven, vestida con el atuendo de las majas, entrega flores a la señora que pasea con su niña, mientras un campesino a su espalda pretende sorprenderla con un conejo, símbolo también de la primavera. Las altas montañas del fondo recuerdan a la sierra de Gredos, cerca de Arenas de San Pedro en Ávila, donde Goya había pasado dos veranos trabajando para el infante Don Luis, o a la de Guadarrama, en las cercanías de Madrid.

El tapiz resultante de este cartón formaba parte de los que iban a decorar el comedor (?) de los Príncipes de Asturias (el futuro Carlos IV y su esposa María Luisa de Parma) en el palacio de El Pardo, encargo de 1786-1787. Por su formato, hubiera debido situarse en uno de los muros laterales, pareja sin duda de La vendimia o El Otoño (P00795). La serie iba a consistir en trece tapices con el tema de las Cuatro Estaciones y otras escenas campestres, descritas como “Pinturas de asuntos jocosos y agradables”. Los tapices no llegaron a colgarse en su destino por la muerte de Carlos III, ocurrida en diciembre de 1788. El Museo del Prado conserva los once cartones (P02896, P00796, P06323, P02895, P02524, P00797, P00793, P00795, P00798, P07346, P00794) y uno de los seis bocetos preparatorios conocidos (P02782). 

Ficha técnica
Número de catálogo:P00793
Autor: Goya y Lucientes, Francisco de
Título: Las floreras, o La Primavera
Fecha: 1786
Técnica: Óleo
Soporte: Lienzo
Medidas: Alto: 277 cm.; Ancho: 192 cm.
Procedencia: Pintado en el otoño de 1786. Transferido entre 1856-1857  desde la Real  Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, Madrid, al Palacio Real (sótanos del oficio de Tapicería). Ingresó en el Prado por Reales Órdenes de 18.1 y 9.2. de 1870
Forma ingreso

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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