“Judíos errantes”, Joseph Roth

judios errantesYa antes había visto como perdían el sentido mientras rezaban. Fue en el Yom Kipur. En Europa occidental se lo denomina “Día de la Reconciliación”, y en tal nombre vibra toda la disposición a comprometerse que caracteriza al judío occidental. El Yom Kipur no es, sin embargo, ningún día de reconciliación, sino de expiación: una dura jornada cuyas veinticuatro horas contienen un arrepentimiento de veinticuatro años. Comienza la víspera a las cuatro de la tarde. En una ciudad cuyos moradores son judíos en preponderante mayoría, la más grande de las festividades judías se siente como una pesada atmósfera de tormenta cuando se navega por alta mar en una frágil embarcación. Las callejuelas se ensombrecen de pronto a causa del resplandor de las bujías, que irrumpe desde todas y cada una de las ventanas, y del aprfesurado y temeroso cierre de las tiendas -un cierre tan inmediato e indescriptiblemente denso que bien pudiera creerse que no volverían a abrirse hasta el día del Juicio Final-. Es una despedida general de todo lo mundano: del negocio, de la alegría, de la naturaleza y la comida, de la calle y la familia, de los amigos, de su atuendo cotidiano. gente que dos horas antes iba por ahí con su atuendo cotidiano y su semblante habitual: marcha a toda prisa, metamorfoseada, a través de las callejas, en dirección al oratorio, ataviada c on pesada y negra seda, y con el terrorífico blanco de los sudarios, con calcetines blancos y flojas zapatillas, cabisbaja, el manto de orar bajo el brazo; y el gran silencio, que en una ciudad por lo común casi oriental en su bullicio se torna cien veces más patente, pesa incluso sobre los niños vivarachos, cuyo griterío es el acento más fuerte en la música de la vida cotidiana. cada padre bendice ahora a sus hijos. Todas las mujeres dan ahora rienda suelta a su llanto ante los candelabros de plata. Todos los amigos se abrazan entre sí. Todos los enemigos se piden entre sí perdón . Un coro de ángeles toca las trompetas que anuncian el Día del Juicio. Pronto abrirá Jehová el gran libro donde están consignados los pecados, los castigos y los destinos de este año.Es un momento en el que se encienden luces por todos los muertos. Y otras se encienden por todos los vivos,. Los muertos sólo están a un paso de este mundo, y los vivos sólo a un paso del más allá. Comienza la gran plegaria. El gran ayuno ha comenzado ya una hora antes. Cientos, miles, decenas de millares de cirios arden uno junto al otro, se funden y, al hacerlo, forman grandes llamaradas. Los chillones rezos restallan desde mil ventanas, interrumpidos por apacibles, tenues melodías del más allá,trasunto del canto celestial. la gente se apiña en los oratorios. Algunos se tiran al suello y allí permanecen largo rato para después levantarse, sentarse sobre las baldosas y los escabeles, acuclillarse y ponerse súbitamente en pie, balancear el tronco y correr de acá para allá sin cesar por el pequeño recinto como extáticos centinelas de la plegaria; son casas enteras las que están repletas de sudariso blancos, de seres vivientes que no están aquí, de muertos que vuelven a la vida; ni una gota humedece los resecos labios ni refresca las gargantas que tanto claman desde la aflicción, y que no claman a este mundo sino al otro, al del más allá. Hoy no comerán, y mañana tampoco. Es tremendo saber que en esta ciudad hoy y mañana nadie comerá ni beberá. De pronto, todos se han convertido en espíritus, con las propiedades de los espirítus. cada pequeño tendero es un superhimbre, puesto que hoya ha de llegar hasta Dios. Todos extienden las manos para asir la punta de sus vestiduras. todos, sin distinciones: los ricos son tan pobres como los pobres, pues nadie tiene nada que comer. Todos son pecadores y todos rezan. Les sobreviene un vértigo, se tambalean, se ponen fuera de sí, cuchichean, se hacen daño a sí mismos, cantan, claman, lloran, pesadas lágrimas cae en regueros por sus viejas barbas, y el hambre se ha esfumado por obra y gracia del dolor del alma y la eternidad de las melodías que escucha con arrobo el oído.

Joseph Roth© Fragmento del capítulo La pequeña ciudad judía, extraído del libro “Judíos errantes” ISBN: 978-84-96834-35-4

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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