Lodz 1939, ¿por qué?, Yacov Drachman

010Ser hijo único y con padres como los míos, es algo extraordinario. Vivian para mí, no había nada inalcanzable. Todos mis deseos eran cumplidos. Yo era el centro de sus vidas. Si me encaprichaba a veces y no quería comer, no se enojaban ni me castigaban.

Cierto día, al parecer, mi comportamiento no fue de los mejore. Recuerdo que mi padre, Mendel, trajo a casa un Kainchik, una especie de látigo y lo colgó sobre la puerta y mirándome muy serio, dijo: Jákubek, ¿Ves esto? Esto es para cuando te portes mal. Pero la función del Kainchik fue esa: estar colgado eternamente sobre la puerta. Jamás fue usado para castigarme.

Fuimos muy felices durante los primeros cuatro años de mi vida. No recuerdo haber llorado y eso era realmente un problema.

No es normal que un niño de mi edad nunca llore.

Me llevaron al médico, para ver si me hacía llorar, pero no lo logró. Como único remedio, aconsejó a mi madre Sara, que me pellizque, y de esa manera provocar el llanto. No me pellizcaron, no me castigaron, pero tampoco lloré. Parece que el destino me, lo tenía reservado para el futuro. Ese futuro desgraciado, que cayó de pronto sobre mí.

Había cumplido cuatro años de edad, mas tampoco los próximos seis años lograron hacerme llorar, sino que me endurecieron. Hasta llegué a envidiar a aquellos a los cuales se deslizan las lágrimas por las mejillas.

En aquellos días algo que me fascinaba en gran manera era cuando mis padres me llevaban a ver a un negro en una gran vitrina de un comercio de Lodz. Había allí un maniquí de un negro, para mí era algo increíble que una persona tuviera ese color, mis padres me explicaron, que en otras partes del mundo, muy lejos, había hombres como nosotros, pero que tenían la piel de color diferente.

Así comencé a querer a mi hombre negro, a aquel hombre distinto, a ese negro orgulloso y elegante con su ancha sonrisa que cambiaba de ropas todos los días. Ese fue durante mucho tiempo mi paseo preferido, hasta mi comportamiento mejoraba de tal forma, que recibía como premio una visita a mi amigo negro. Pro uno de esos paseos terminó con mi inocencia. Mi vida feliz y todo aquel mundo maravilloso que me rodeaba se derrumbó. Fue en uno de esos paseos, iba montado en mi trineo, tirado por mamá, en dirección de mi amigo; mi madre se detiene y por primera vez, veo el miedo reflejado en su rostro. Varios muchachones polacos nos rodean y nos obligan a permanecer quietos, hablan entre ellos y noto una extraña sonrisa en sus ojos, al tiempo que van dando vueltas alrededor nuestro, acercándose más y más. Uno de ellos, ya junto a nosotros da un violento puntapié, vuelca el trineo y yo salgo volando derecho sobre la nieve. Varios de ellos se interponen entre mi madre y yo, mientras otros me levantan, toman la nieve endurecida de la calle y me la refriegan por la cara, me la pasan por los ojos, la meten en mi boca y por mi cuerpo, siento como si me arrancaran pedazos de mejilla y de labios, luego me vuelven a tirar sobre la nieve y riéndose a carcajadas sueltan a mamá diciéndole que eso harán con todos los judíos en el futuro, y que no nos atrevamos a volver a pasar nuevamente por esa calle, de lo contrario será mucho pero la próxima vez.

Mamá no abrió la boca, me tomó en sus brazos, dejando el trineo allí, salió a la carrera, escuchando tras suyo las risas burlonas y los gritos de ¡Yid, yid![1] Esa fue la primera vez que oí esa palabra. Desconocida para mí hasta ese momento. Tal fue mi presentación, era como haber recibido un título, un galardón, y desde ese instante, ese yid se convirtió en mi compañero inseparable por el resto de mi vida.

No, mi negro amigo; no te veré más: Tú seguirás siempre allí, siempre igual, con tu sonrisa plena, tú no eres más mi amigo distinto, ahora el distinto soy yo.

Yacov Drachman© Fragmento del libro “Lágrimas secas”, que presenta “La Torre de Babel Ediciones”, en la Feria Internacional del Libro de Jerusalén 2015, Stand 60.


[1] ¡Judío, judío!

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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