“Ver, concebir y expresar el paso del tiempo”, Juan Coira Pociña

Calendario-agrícolaPocas cosas, a lo largo de la historia, preocuparon tanto al ser humano como el paso del tiempo, sobre todo desde el momento en que fue consciente de que nuestra estancia en este mundo es temporalmente limitada. El tiempo, aunque no sea más que una percepción humana, es nuestro compañero y actúa sobre nosotros a lo largo de la vida; controlarlo, regularlo e incluso tratar de comprenderlo ocupó un lugar privilegiado en la mentalidad de los hombres y mujeres de las diversas culturas humanas.

El tiempo es una realidad social, es decir, que habrá tiempo en tanto en cuanto haya una persona capacitada para percibirlo; y también, una categoría cultural, desde el momento en que el ser humano comenzó a reflexionar sobre él y trató de comprenderlo. Cada cultura tuvo su propia manera de concebirlo, incluida dentro de lo que sería una categoría más amplia1: la concepción o visión del mundo.

Nuestra cultura contemporánea, marcada por el individualismo y la no creencia o indiferencia ante una vida más allá de la terrenal, concibe el tiempo como una realidad objetiva que existe más allá de nosotros (hacia el pasado o hacia el futuro). Sin embargo, la concepción medieval era diferente.

1. La concepción del tiempo en la Edad Media

Desde mucho antes, no sólo en la Antigüedad, el ser humano concebía el tiempo como un concepto estrechamente ligado al género humano, como una realidad no objetivamente separada de él. El vínculo entre la vida y el tiempo era estrechísimo, pero no sólo con el tiempo; el ser humano también se sentía estrechamente vinculado con la naturaleza, de la que no era más que una representación a una escala menor (un microcosmos), y, como en el caso del tiempo, era incapaz de concebirla como algo externo a él. Lo que no podía ser de otra manera, dado que la naturaleza era su espacio de vida, su sustento, su trabajo, su intermediaria con la divinidad y, por supuesto, su referencia temporal.

Además, la naturaleza le marcaba sus ritmos vitales. Y lo que es más importante: las pautas que establecía para realizar el trabajo agrario, para viajar, para festejar o, simplemente, para vivir, eran constantemente regulares, día tras día, cosecha tras cosecha. No había lugar a cambios, todo era igual desde siempre, el pasado se actualizaba continuamente.

Por ello, cuando reflexionó sobre el paso del tiempo, sólo pudo concebirlo de la única manera en que tenía sentido desde su punto de vista: de una manera circular, cíclica. Sin embargo, una nueva manera estaba tomando fuerza, respaldada por el Cristianismo, la nueva religión imperante, que a su vez la había tomado del judaísmo: la concepción lineal.

La concepción lineal del tiempo corresponde a una mentalidad que vive más pensando en el futuro que en el pasado (si bien éste no carece de importancia). El tiempo ya no equivale a la eternidad, pues lo eterno sólo pertenece a Dios2, creador a su vez del propio tiempo y del espacio. Puesto que creado, el tiempo tuvo un principio, tiene un  presente y tendrá un fin. Desde el punto de vista cristiano, este fin es la culminación del tiempo y su intersección con la eternidad. Hablamos de un principio y de un final, pero tanta importancia o incluso más tuvo un punto intermedio: la venida de Cristo.
Principio del tiempo (Génesis), punto central clave (venida de Cristo) y final (el Juicio Final) daban al tiempo el sentido lineal para una comunidad que avanzaba a través de los tiempos, de manera irreversible, hacia un fin determinado. Es la presencia de estos tres puntos de apoyo en el tiempo la novedad de la concepción cristiana.

A pesar de ello, esta concepción no pudo liberarse por completo de la ciclicidad, lo que se aprecia principalmente en el gran número de festividades que devuelven al presente los hitos de la vida de Cristo año tras año. El motivo principal era que la concepción cristiana del tiempo no se ajusta a lo que la naturaleza mostraba. Se fundamenta en una fe y reflexión teológica que la mentalidad de los campesinos e incluso de los nobles (no digamos ya la de quienes no eran judíos o cristianos) no era capaz de comprender. Por ese motivo la concepción cíclica del tiempo jamás desapareció de la mentalidad de la población medieval, principalmente de las personas que continuaron viviendo en estrecho vínculo con la naturaleza.

Ambas concepciones convivieron y se relacionaron a lo largo de la Edad Media sin imponerse una a la otra,3 y se revelaron a través de la oralidad y en manifestaciones que hoy utilizamos como fuentes, como es el caso de los calendarios4. En ellos, se plasmó la concepción del tiempo y se aprecia su estrecha relación con la sabiduría popular expresada en el refranero, así como la influencia de la cultura y de la mentalidad populares5.

2. El calendario, creación de la sociedad

El calendario es una construcción humana; su tiempo es totalmente social, aunque esté sujeto a los ritmos del universo. Su función no se reduce a representar el paso del tiempo, sino que juega un importante papel en la sociedad. Constituye uno de los más importantes instrumentos de poder, pues significaba controlar el tiempo y sus ritmos, es decir, el trabajo, el ocio, el descanso, etc. Por este motivo el poder, y particularmente la Iglesia, estuvo muy interesada en controlarlo y, de paso, añadirle los rasgos de su propia concepción del tiempo, como a todo instrumento que servía para expresarlo6.

El calendario está estrechamente relacionado con la religión, pues es frecuente que, en las cosmogonías, los dioses creadores del universo sean también los creadores del calendario7. El caso del Cristianismo no es una excepción, pues desde el primer capítulo del Génesis, la dimensión temporal cumple un papel esencial como referencia en la Creación: ahí se narra la creación de los días y la semana. El calendario constituye de esa forma la expresión de la determinación del tiempo por parte de Dios8. No es de extrañar, por tanto, que la mayor parte de los calendarios medievales conservados estén en relación, de una u otra manera, con el estamento eclesiástico.

Desde el punto de vista de la Iglesia, el tiempo le pertenece a Dios y a Él se le debe dedicar; la Iglesia pretendía controlar una dimensión que “por derecho” le correspondía. Sin embargo, hay diferentes maneras de dedicárselo, según el estamento al que nos refiramos. Podía haber un tiempo para la oración, para la guerra o para el trabajo, y los calendarios reflejaron esta realidad. Y es que, aunque el calendario depende del tiempo cósmico, las sociedades lo reciben y adaptan a sus determinadas estructuras sociales, políticas, económicas y culturales. Por ello, existen diversos tipos, incluso dentro de una misma sociedad, en la que existen diversos grupos sociales o estamentos, cada uno de ellos con su propia cosmovisión

.Además de esta heterogeneidad social, la Edad Media contaba con una estrechísima relación entre lo sagrado y lo profano, lo culto y lo popular, lo que supuso que la concepción del tiempo de la Iglesia se viera influida por la de los campesinos. El resultado de esta realidad se vio también reflejada en el calendario: la cultura popular y la eclesiástica se juntaron y configuraron algunos de los sistemas de medición del tiempo más originales de la Edad Media.Nuestra atención se centra en tres tipos de calendario. El primero, artístico. Se trata del calendario que se encuentra en uno de los capiteles de la iglesia parroquial de Santa María do Azougue, en Betanzos (A Coruña)9. El segundo, literario, presente en una de las obras literarias cumbre de la literatura española: el calendario comprendido entre las estrofas 1270-1300 del Libro de Buen Amor, obra del Arcipreste de Hita10. Ambos del siglo XIV, se verán complementados por un tercer calendario configurado a lo largo de muchos siglos, emanado de la sabiduría popular e incluido en el refranero, tanto clásico como contemporáneo. En él, aparece reflejada la concepción del tiempo, propia de sociedades agrarias y marineras, característica de la mayor parte de la población de la Península desde hace siglos hasta prácticamente la actualidad.

Juan Coira Pociña©
Ver, concebir y expresar el paso del tiempo.
El calendario medieval y el refranero
Medieva lismo, 23, 2013, 117-155 · ISSN: 1131-8155

1 Que abarcaría además el espacio, las relaciones sociales, el derecho, la religión, etc.
2 “La noción de eternidad era ajena a la conciencia de los bárbaros, que llegaron a conocerla bajo influencia del Cristianismo”. Aron Gurevich, Las categorías de la cultura medieval, Taurus, Madrid, 1990, p. 124.
3 Ver sobre este tema Franco Cardini, Días Sagrados, Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1984, pp. 59- 63; Aron Gurevich, Las categorías…, pp. 114-180; Hervé Martin, Mentalités médiévales. XIe-XVe siécle, Presses Universitaires de France, París, 1996; o Robert Muchembled, Culture populaire et cultura des élites dans la France moderne (XVe-XVIIIe siècle), Flammarion, París, 1991, pp. 62-64.
4 Sobre la concepción del tiempo y su expresión en el calendario ver Franco Cardini, Días Sagrados…, pp. 89 y sig., o Jacques Le Goff, El orden de la memoria. El tiempo como imaginario, Paidós, Barcelona, 1991, pp. 184 y sig.
5 Los conceptos de “cultura” o “mentalidad” populares han sido definidos por otros autores, como por ejemplo: Mijail Bajtin, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento Barral, Barcelona, 1974, especialmente pp. 9-34; Isidro Dubert, Cultura popular e imaxinario social en Galicia: 1480-1900, Universidad de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, 2007, pp. 19-55; Ernesto García Fernández (ed. lit.), Cultura de élites y cultura popular en Occiente (Edades Media y Moderna): Ronald Escobedo Mansilla, “In memoriam”, Universidad del País Vasco, Bilbao, 2001. Especialmente las contribuciones de Javier Fernández Conde, “Cultura y mentalidades en la alta Edad Media”, pp. 15-36, y de Iñaki Reguera, “Aculturación y adoctrinamiento.
Cultura de élites y cultura de masas: Acomodación y resistencias”, pp. 143-168; Aron Gurevich, Medieval popular culture: problems of belief and perception, University Press, Cambridge, 1998, pp. I-XX (Foreword); H. MARTIN, Mentalités médiévales…, pp. 3-16; Robert Muchembled, Culture populaire…, pp. 15-221; José Enrique Ruiz-Domènec, “Problemática de la cultura popular”, Muerte, religiosidad y cultura popular: siglos XIII-XVIII. Congreso celebrado del 12 al 14 de diciembre de 1990 en Zaragoza, Eliseo Serrano Martín (ed.), Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 2004, pp. 53-64. No es sencillo definir estos conceptos. En mi caso, entiendo como cultura popular medieval el conjunto de creencias, prácticas, costumbres sociales, etc. características de la inmensa mayoría de la población y que no son oficialmente respaldadas (sí pueden ser toleradas) por la principal instancia de poder, la Iglesia. Esta cultura cuenta en cambio con el respaldo de
siglos de tradición y de una mentalidad y forma determinada de concebir el mundo. Tiende a la estabilidad aunque a lo largo de la Edad Media evolucionó y mantuvo una relación de mutua influencia con la cultura culta oficial. Precisar los límites es muy complejo, de ahí que su definición no sea objeto de este artículo.
6 Tenemos el ejemplo de las campanadas de las iglesias que seguían el ritmo de las horas canónicas. Éstas se basan en los momentos esenciales de la Pasión de Cristo, con lo cual la Iglesia, a la vez que regulaba el tiempo de la población, recordaba y reactualizaba día tras día el sufrimiento de Cristo en el momento en que dio su vida por la salvación los hombres. Para alcanzarla también el ser humano, debía cumplir con la función que Dios le había asignado en este mundo. Se le recordaba, por tanto, que el tiempo, su tiempo (regulado por la Iglesia), debía caminar hacia un fin determinado: el Juicio y, con él, la salvación (si cumplió con su función) o la condenación eternas.
7 Jacques Le Goff, El orden… p. 185.
8 Sobre el calendario como expresión del poder de Dios y su Iglesia sobre el tiempo, ver Manuel Antonio Castiñeiras González, El calendario medieval hispano: textos e imágenes (siglos XI-XIV), Junta de Castilla y León, Valladolid, 1996, pp. 231-284.
9 De aquí en adelante, SMA.
10 Juan Ruiz, Arcipreste de Hita: Libro de Buen Amor, Alberto Blecua (ed.), Cátedra, Madrid, 1992. De aquí en adelante, LBA.

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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