Francisco Acebal y "Aires de mar", Andrés González-Blanco

Aires de MarEn novela, cuando entró el realismo, entró con el empuje robusto de Balzac, cuya sombra gigantesca se proyecta sobre toda la obra de Galdós, o más tarde, con la violencia áspera de Zola reflejada en Blasco Ibañez. Fue preciso que viniese un artista nuevo, contrario a esta literatura de experimentación, de alcoba o de clínica, trasudando pachulí o ácido fénico. Esa literatura malsana -que diría D. Pompeyo Gener- nos había intentado convencer de que el mundo es una inmensa sala de hospital. No lo es, no: aunque, infortunadamente, no sea tampoco una luminosa estancia del Edén. Así lo ha comprendido Acebal; por eso sin incurrir en el candoroso y retrasado idealismo de los Feuillet y Alarcón, tuvo tino suficiente para no atascarse en la ciénaga de “La Terre”. Guardó para reproducirlos sus más preciosas versiones de vidas humildes, de idilios callados, de todas esas cosas tan escondidas como el polvo y tan brillantes como el cielo.

Siguió los pasos de esas muchachas que anidan en las callejuelas de las viejas ciudades castellanas, como alegres golondrinas en torre sombría de catedral; nos cantó sus pequeñas pasiones y sus hermosos sueños, sus tristezas y sus dolores mansos ahogados en lágrimas. Con estos materiales formó su primera novela “Aires de mar”, más admirable por lo que deja entender que por lo que expresa. Pensad que ingente capacidad artística supo penetrar en esas almas casi muertas en la abrumadora pesantez del medio circundante, y que un día resucitan a la luz; pensad que delicadeza de intuición implica; pensad que enorme cantidad de energía desarrollada presuponen; pensad, sobre todo, lo que vale una obra de este género por lo que oculta.

Ved, por ejemplo, la gran fuerza de observación que requiere haber podido comprender las sombrías audacias evocadas a veces en esos espíritus apacibles de mujer por un desengaño. Esos espíritus sienten, cuando una resolución les hiere, extrañas rebeldías, en ellos inconcebibles; después reaccionan, comúnmente por una crisis de lágrimas. Acebal comprendió ese estado del alma común en las almas vírgenes, prendadas de un sueño, que rompen en llanto al sentirse desgarradas las alas. Y puso en boca de Araceli, la heroína de “Aires de mar”, cuatro palabras que son un alma entera, y toda una vida. ¿Qué importa en estos momentos de intensidad dramática la corrección de la frase? ¿Qué importa el lenguaje castizo o caprichoso, de diccionario o de salón? Lo verdaderamente sublime entonces es el corazón que se siente latir bajo las letras impresas.

En “Aires de mar”se reveló un espíritu profundamente inquieto y, por lo tanto, profundamente lírico. Como gran lírico que era, Acebal llegó en su novela a dos conclusiones consoladoras que a algunos parecerán desesperantes: que la vida está tejida por las hadas madrinas de la miseria y del sufrimiento, y que sin estos dos acicates que espolean la vida, ésta no tendría valor alguno. Conclusión sedante y litificante, como que infunde una resignada y melancólica placidez; conclusión a que había llegado uno de los mejores poetas franceses de la actualidad, Francisco Vielé-Griffin, cuando cantaba:

Que toute chose est triste
Et triste aussi l´amour

“Aires de mar” es -y no temo engañarme al decir esto- la primera novela de las vidas humildes que en España se ha escrito. 

Andrés González-Blanco©

Francisco Acebal y “Aires de mar” ( Historia de la novela en España. Desde el romanticismo a nuestros días, 1909)

https://archive.org/stream/historiadelanove00gonzuoft#page/n7/mode/2up

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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