“Humor y psicoanálisis”, Luis Campalans

lavidaesbella

Si al lector le gusta el cine -y tiene algunos años- tal vez recuerde el final de la célebre comedia “una Eva y dos Adanes “(Some like it hot, Billy Wilder,1959) donde Jack Lemmon, más bien trasvestido que disfrazado de mujer, trata de convencer a Joe E. Brown de la imposibilidad de casarse con él, quien además encuentra siempre una respuesta a sus argumentos. Ya desesperado, se quita la peluca y grita: “Es que soy un hombre”; Brown, luego de un breve titubeo, le responde: “Bueno… nadie es perfecto”.

De ese mismo film también es posible recordar al malvado George Raft, salvajemente ametrallado junto a su banda en una fiesta de gansters, por un pistolero que emerge desde dentro de una gigantesca torta de cumpleaños y en el momento de apagar las velitas. Sorprendido por la muerte y a título de últimas palabras exhala -precisamente- un “good joke” (buen chiste).

Son solo dos ejemplos, marcados por nuestro gusto personal, así como cualquiera podría encontrar los suyos, donde el humor -como efecto de un dicho- surge en el momento mismo donde se está frente a cuestiones de límite, en el borde de lo imposible de decir más que por el roce alusivo: la sexualidad en el primer caso, la muerte en el segundo. Llevados hasta un punto de “apronte angustioso” se produce un sorpresivo efecto de corte y un posterior viraje hacia una “discreta ganancia de placer”, para decirlo en los términos de Freud, quien considera a este “plus” como una de las claves del efecto humorístico. Subrayamos asimismo el calificativo “discreto”, pues con el apoyo de nuestros ejemplos intentamos dejar en claro que no se trata de la broma, la burla y menos aun la risotada.

El humor está presente al menos en dos sentidos en la obra de Freud; por un lado, formando parte -como condimento- de su estilo de escribir y por otro con la producción de dos textos específicos: “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905), perteneciente a un período de fascinación por el juego significante del lenguaje, y “El humor” (1927), donde el acento pasa por la metapsicología.

Existe pues un lugar para el humor en el campo teórico del psicoanálisis, así como en el interior de la experiencia analítica misma, y también en una ética propia del psicoanálisis (que el humor pueda tener que ver con una ética parece, en principio, una broma). Al dirigir su interés hacia el humor, Freud contribuye también a romper con el prejuicio academicista, donde lo científico quedaría adscripto a lo serio y solemne, mientras que lo humorístico pertenecería a lo pueril e intrascendente.

DELIMITACION DEL HUMOR

Existen bastantes y diversas opiniones acerca de lo que ha de entenderse por humor, tanto desde el punto de vista semántico como conceptual, de forma tal que el humor no se deja definir muy seriamente.

La etimología nos remite a la teoría hipocrática de los cuatro humores fundamentales del cuerpo, de los que son correlativos cuatro temperamentos (sanguíneo, flemático, melancólico y colérico). Por esta línea de los humores y el temperamento y a través de Galeno, Paracelso y Kraepelin, arribamos a la timia o estado de ánimo de la psiquiatría clásica. Esta concepción permanece en la lengua; es así que seguimos hablando de buen y mal humor como tinte afectivo o rasgo de carácter, pese a que podría pensarse que “buen humor” supondría una redundancia o un contrasentido. No es así -por ejemplo- para Lacan, quien distingue especialmente el mal humor como el afecto propio de “un cuerpo que no encuentra alojamiento en el lenguaje, al menos no de su agrado”. De esa dimensión de articulación, de juntura entre cuerpo y alma de la concepción hipocrática al campo del inconciente freudiano, se reencuentra una valencia corporal en la experiencia del humor, pero saltando del cuerpo de la anatomía al cuerpo erógeno-pulsional del psicoanálisis, un cuerpo -humanizado- cuya peculiaridad es sufrir los efectos de la estructura del lenguaje en el que habita.

Es por ello que el humor se sitúa como un fenómeno específicamente humano y dependiente del discurso, pues por más que se quiera ver un lenguaje en los giros de las abejas o en los movimientos de los delfines, nunca se ha visto -por ejemplo- que entre ellos se gasten un chistecito.

A continuación separaremos, entonces, el humor como estado de ánimo o talante, del humor como creación simbólica sorpresiva ligada a la irrupción de un sentido nuevo. Es bien posible que alguien -un débil mental, por ejemplo- tenga muy buen humor en tanto sea sonriente y bonachón, pero carezca en absoluto de sentido del humor. Por lo demás, basta mirarse a uno mismo y a quienes nos rodean para comprobar que buen humor y sentido del humor no siempre coinciden y que incluso pueden divergir.

EL HUMOR Y LO COMICO

En el último capítulo del libro sobre el chiste, Freud encara las relaciones del humor con lo cómico; relaciones de parentesco pero sobre todo de discriminación, clivaje que se acentúa en el texto de 1927.

Buscando apoyo en la literatura, el teatro y el cine, se podría mencionar el humor de Cervantes, Chéjov, G. Bernard Shaw, Groucho Marx, Raymond Chandler, Alfred Hitchcock y Woody Allen. Más allá de que estos gustos se compartan o no, seguramente habrá coincidencia en acordar que muy pocos de ellos son cómicos, como en cambio lo serían, casi universalmente, el Chaplin del cine mudo, Laurel y Hardy o Los Tres Chiflados.

Hay pues una tendencia a la universalidad en lo cómico, más acentuada cuanto más se aleja de la propiedad significante de la palabra y se acerca al puro significado: la torta en la cara, el resbalón en la cáscara de banana, etc. El carácter articulado del humor, en cambio, lo sitúa como enteramente dependiente del lenguaje y del deslizamiento incesante del sentido, marcando el rasgo de lo particular y diferente. Para entender un chiste -rescata Freud de Bergson- hay que “ser de la parroquia”; no tiene efecto en todos, ni en todas partes ni en todo momento. El efecto cómico puede prescindir de ese requisito lenguajero, pues se desenvuelve en el registro de la imagen, basándose en el contraste brusco e inesperado, como en la galería de los espejos. Lo cómico nos convoca a la pura descarga catártica y su contagio invita más bien a lo mismo, a lo igual (como esas carcajadas en off de la televisión). Podría decirse así que si el humor indiscutiblemente crea lazo social, lo cómico tiende más bien a hacer masa. Si el humor tiene siempre un sesgo transgresor y cuestionador de lo establecido, es discutible suponerle igualmente ese rasgo a lo cómico -a menos que fugaz- pudiendo incluso hasta fortalecer la norma; al fin y al cabo el carnaval, por ejemplo, ocurre solo una vez al año.

Existe pues una diferencia tópica entre el humor y lo cómico; este es dual -señala Freud- y aquel ternario, en tanto implica y exige la sanción de un tercero. Lo cómico se sitúa en el plano especular de la relación narcisista del yo con la imagen del otro, su semejante. Digamos que me río de la destitución, del descalabro de esa imagen ajena que soy yo mismo, de allí que lo cómico tenga sus técnicas, juegos de la forma y de la imagen: la pantomima, el “gag”, el dibujo animado, etc.

La referencia freudiana al tercero en el humor pone en juego a un Otro (con mayúscula) como lugar simbólico, más allá del ser viviente que eventualmente lo encarne. Es solo desde ese Otro como lugar del código, del conjunto o tesoro de los significantes del lenguaje y de su esencial función creadora de sentido, que un chiste puede ser sancionado como tal; que puede haber un sentido del humor y en el humor. Dicho de otra forma, si no hubiese equívoco, ambigüedad, polisemia y multivocidad en la estructura del lenguaje, operando sola, autónomamente, no habría chiste y -agregamos- tampoco inconciente.

Situaremos al chiste como una “técnica”, al decir de Freud, como una operatoria que se constituye como el prototipo del efecto humorístico; sin dejar de señalar que sus intenciones bien pueden rebalsarlo, pudiendo estar al servicio de la burla, el desprecio y la agresión. Asimismo, ese efecto humorístico no es privativo del chiste, pues abarca operatorias “lenguajeras” que le son afines, tales como la alusión, el lapsus, la ironía, la chanza y el retruécano.

EL SENTIDO DEL HUMOR

¿Qué es lo que Freud va a aislar en la “técnica” del chiste y en la génesis de su efecto humorístico? Precisamente los mismos mecanismos, la misma operatoria que llamó condensación y desplazamiento, por las cuales el inconciente dice algo -para quien lo escuche, como en el chiste- en los sueños, lapsus y síntomas. El chiste y el inconciente comparten pues una estructura común. Formalizar esos mecanismos u operatoria en los términos lingüísticos de metáfora y metonimia, tiene el valor de acentuar su función neológica, de creación del sentido en general y de engendramiento de ese otro o “doble” sentido, que es también nuevo porque antes no estaba, propio del chiste. Es por ello que no habría manual técnico o bien catálogo alguno de chistes que pudiese abarcar o hacer la lista completa de todos los posibles chistes que a partir de la lengua podrían producirse.

“En una broma se puede decir hasta la verdad”, señala Freud, lo cual nos plantea la relación del sentido del humor con cierta dimensión de la verdad. El recurso al “lo dije en chiste” o bien “de mentira”, suele ser el artilugio propio del discurso corriente para desmentir precisamente esa implicancia; la de una verdad que puede ser dicha por la mentira, en chiste.

El humor oficia así de coartada para el advenimiento fulgurante de alguna verdad que atañe al sujeto y que militaba hasta ese instante en lo imposible de decir. Eso inefable se dice además en los confines del sentido, a través de un sinsentido que es solo formal: la paradoja, el grotesco, lo insólito, el absurdo, la desmesura y el disparate. Al sinsentido del primer momento le sigue luego el develamiento de un sentido que es siempre sorpresivo, fugaz y evanescente. Es por ello que cualquier intento de atrapar o envasar esa verdad en un discurso formal, haría de ella un saber “serio” o bien “triste”, del cual el sujeto podrá fácilmente desinvolucrarse, ya sea por el simple y rotundo expediente de la negación o por el más sutil de la racionalización. Por el contrario, a través del atajo del humor el sujeto asiste -siempre de costado- a su propia división, a su condición sexuada (en los chistes de homosexuales, por ejemplo) y mortal (en el humor “negro”, por ejemplo)

Si el chiste está estructurado como una formación del inconciente, es por lo mismo una transacción, una “formación de compromiso” donde algo de lo reprimido o censurado se abre paso, sin pagar el precio -diferencia crucial- en la moneda neurótica de la inhibición, los síntomas o la angustia.

Dice Freud: “Muchos de los neuróticos sometidos al tratamiento analítico, acostumbran confirmar, echándose a reír, los resultados del análisis y sonríen incluso cuando lo descubierto no justifica en absoluto tal hilaridad.”

Reafirmamos entonces que el genuino sentido del humor que aquí nos interesa establecer y destacar, es aquel que alguien es capaz o no de tener respecto de su propia persona

EL GOCE DEL HUMOR

Si la del sentido es una de las caras de la experiencia subjetiva del humor, la otra es la libidinal. Freud va a hablar de un “ahorro de sufrimiento” pero sobre todo de una “ganancia de placer” al que califica como “poco intenso” pero “enaltecedor”. La fuente de esta erogeneidad reconoce como antecedente al jugar infantil, al placer lúdico del libre empleo de palabras e ideas, propias de la etapa de adquisición del lenguaje en cuanto puro significante. Pero este goce es casi totalmente el del ejercicio emisor de la forma verbal; dicho de otra forma, los niños juegan con las palabras pero no hacen ni entienden chistes.

Para que haya chiste hace falta además que se establezcan la represión, la desmentida, la educación y la culturalización en el sujeto; que exista racionalidad, control del pensamiento y un Yo oficial que instale las vías del discurso intencional, del sentido común, los valores admitidos y la moral. La satisfacción ligada al humor tiene lugar justamente cuando estas vías son subvertidas o transgredidas por la operatoria humorística que sigue -como vimos- otras: las mismas vías que el inconciente. ¿Qué circula por ellas? Lo que llamamos el deseo, pero no en el sentido del querer o de la intención, sino como dimensión de lo que es radicalmente inconciente e indestructible en cuanto a su insistencia en el sujeto humano; cuyo carácter pulsionante pasa al discurso bajo la forma de lo que llamamos formaciones del inconciente (sueños, actos fallidos, síntomas, etc.), admitiendo allí un nivel -diferido y parcial- de realización.

Se puede decir entonces que la satisfacción propia del humor está ligada a una realización puramente lenguajera (en el lenguaje y por el lenguaje) de deseos y del deseo, a la manera de la fórmula freudiana del sueño, pero recogida, compartida y sancionada por el Otro, cuyo concurso es condición. Es decir, una satisfacción sin objeto aparente alguno, pero forzosamente intersubjetiva. Es asimismo la resonancia, o la reproducción de esa satisfacción en los demás, lo que da sustento a la cuestión de la transmisión de un chiste, que -como se sabe- nada tiene que ver con su explicación, que mata al chiste porque anula justamente esa satisfacción desconcertante y sorpresiva.

A nivel de la teoría analítica, vamos a adscribir esa satisfacción, esa erogeneidad bajo el concepto de goce, por sobre la idea de placer, que en Freud es siempre una cuestión de homeostasis y estabilidad. El deseo pertenece al subjuntivo -dice Masotta- y el goce al indicativo, implica al cuerpo y supone el usufructo real de un objeto. En el caso del humor se puede decir que la palabra “toma cuerpo”, no solo porque ese objeto son las palabras mismas -el cuerpo de lo simbólico- sino también porque entre ellas se evoca, resuena y queda anudado un goce erógeno.

Hablar de “goce del humor” permite también explotar la ambigüedad intrínseca a su formulación misma para preguntarse: ¿quién goza de quién? Es decir, si el sujeto del humor o el humor del sujeto.

EL HUMOR, EL SUPER-YO Y LA ÉTICA

Tal vez la cuestión más compleja y a la vez paradójica introducida por Freud en 1927 es la cuestión de la implicancia, de la participación del superyó como clave de la actitud humorística. Este concepto forma parte de la llamada segunda teoría del aparato psíquico (1920); heredero del padre edípico, reúne las funciones de autoobservación y crítica del yo, la conciencia moral y la formación de ideales (ideal del yo).

Lo que en el texto de “El chiste.” (1905) era teorizado como un relajamiento parcial de la represión, como una brecha en la vigilancia y coerción por parte de la función de la censura psíquica (concepto sin duda menos antropomórfico), pasa a ser formulado en 1927 en términos de una “sobreinvestidura” del superyó. En el humor, esa voz interior y extranjera a la vez, “habla al yo” -así dice Freud- “de manera cariñosa y consoladora”, incluso “como un adulto a un niño”. La dificultad de esta formulación no se le escapa, pues agrega que “en todo lo demás” tenemos noticia del superyó como de un amo severo, feroz e insaciable que ordena gozar de la prohibición y de la renuncia.

No hace falta ser analista para tener la experiencia, propia y ajena, de que las “sobreinvestiduras” del superyó -desde la rigidez obsesiva hasta la certeza paranoica- conducen más bien a la incapacidad del humor. Por el contrario, el humor tiene ese efecto de “liberación patética” (Freud) cuanto más su texto se inspira en nuestros monotemas neuróticos, cuando ridiculiza aquellos personajes “superyoicos” que más seriamente creemos ser, cuando relativiza y conmueve creencias y certezas y permite que el deseo se abra paso, relevándose de culpa. Donde, al cabo, el humor puede hacerse palabra de amor, más allá de la homofonía.

Freud parece zanjar la cuestión en el texto de 1927, adscribiendo ese “superyó benévolo” casi exclusivo del humor a lo que llama “instancia parental”. La entendemos como una referencia al orden de la ley -no insensata sino apaciguante- y a una entidad paterna esencialmente simbólica que, marcando el paraíso como perdido, habilita en el humor a que se goce de y por los deslices de la palabra.

Paradójicos resultan también los vaivenes narcisistas y el saldo subjetivo de la experiencia humorística. A despecho del “triunfo del narcisismo” señalado por Freud, nos parece que quien resulta “patético” en el humor es precisamente nuestro Yo oficial, en tanto aquel denuncia -siempre con indulgencia- lo fallido o irrealizable de las ilusiones y aspiraciones narcisistas. Ello, sin embargo, es compatible con una “dignidad” que Freud destaca con énfasis y que falta enteramente en la burla, que está al servicio -por ejemplo- del resentimiento o de la autodegradación melancólica. Dignidad que sería más bien la del antihéroe y que hace a una determinada posición subjetiva frente a la arbitrariedad de lo real, con su correlato de autoafirmación; siempre más cerca de la esperanza que de la ilusión y de la aceptación de la castración -simbólica- que de un supuesto triunfo de la excitación maníaca.

En su alocución “Televisión” (1973), Lacan hace de la diferencia entre el buen y el mal humor o “pesadumbre moral”, cuestión de una ética propia del psicoanálisis e implicada en su final, pues de nuestra posición como sujetos somos siempre responsables. Sitúa a la tristeza como un pecado y aun “una cobardía moral”, oponiéndole la “gaya ciencia” o el “saber alegre”, figura del romanticismo que hace al arte de combinar rimas y estrofas y que supone -pensamos- una referencia al texto de Nietzsche (1882).

No debe confundirse con un simple estado de ánimo, pues se trata de una posición relativa al saber de nuestra condición sexuada y mortal y que sitúa al deseo inconciente como aquello de lo que el sujeto no puede evadirse y por el cual ha de responder. De ese “gay saber” se desprende la virtud del bien-decir, del que el humor formaría parte; deber que no es retórico, sino el de “reconocerse en el inconciente”, y además con alegría. Virtud del bien-decir lo imposible de decir, de soportar con dignidad creativa la falta fecunda del ser y la imposiblidad del goce absoluto, que libera al deseo a suerte y verdad. “Virtud que no absuelve del pecado” (Lacan) sino que nos vuelve a remitir a él, en tanto es original, es decir, que está radicalmente perdido. Etica más bien de lo imposible que de lo prohibido y que por lo mismo no dejaría espacio para el fastidio y para la querella contra el Otro “que decidió por uno”, sino más bien para extraer ese “placer poco intenso” de su inconsistencia.

Resuenan aquí ciertos deberes freudianos, tales como el de “soportar la vida” o “hacerla más soportable” y también el del “amor a la verdad”, que caracterizaría a la posición del analista; llamativo amor, pues la verdad, bien lo sabemos, no suele ser muy amable ni se deja saber del todo.

EL HUMOR, EL ANALISIS Y LOS PSICOANALISTAS

Si bien en lo que antecede se ha intentado dar cuenta de la implicancia del humor en el interior de la experiencia de un psicoanálisis, es necesario llevar la cuestión hasta interrogar la posición misma del analista. Entiéndase posición como función, en el sentido matemático del término, despojada del sujeto que la encarna y la soporta, prestando su persona. No proponemos precisamente que un analista deba ser chistoso o divertido, sino el otorgarle al chiste -no importa de quién provenga en la circulación del diálogo analítico- el estatuto de la interpretación, elemento principal de la intervención analítica.

En primer lugar porque si está estructurado como una formación o expresión del inconciente, un chiste es ya una interpretación en sí mismo, en tanto hay un decir (sobre algo reprimido) connotado en lo denotado o efectivamente dicho. Pero además y sobre todo, el chiste debe considerarse como un modelo de la interpretación analítica, no porque esta deba necesariamente causar gracia, sino porque opera y obtiene su eficacia -como el chiste- por su efecto a posteriori. No tanto por lo que dice sino por lo que da a entender; por la forma de su texto más que por la explicitación de su contenido. Si alumbra alguna verdad como sentido, este surgirá después, pues no es la aplicación de un saber “serio” preexistente. La interpretación comparte además, con el chiste, que la explicación anula su efecto; también la fugacidad de la permanencia de su enunciado en la memoria y aun su anonimato, es decir, el borramiento de su autor.

Pero ya dijimos que no hay función analítica sin personas que la sostengan, por lo que -dando un giro- nos interrogaremos ahora por los psicoanalistas en tanto objetos del humor. Al menos en nuestro medio socio-cultural, la abrumadora mayoría de la producción humorística sobre los analistas y su comunidad pertenecen al humor gráfico y a una especie particular: la caricatura (Quino, Caloi, Fontanarrosa, Sendra y Rep, han sido los más interesados).

No conviene menospreciar la función que el humorismo -y el humor gráfico en particular- cumple en nuestra cultura, no digamos en su seno, sino desde una cierta marginalidad. Podríamos decir que el humorismo hinca sus dientes en el incurable malestar y nos lo devela, nos lo devuelve con la opción de recuperar una sonrisa. Respecto de su temática, casi seguramente se tratará de los mismos “toques” cotidianos de lo real: padecer, muerte y sexualidad, con que nos capta -por ejemplo- el noticiero de la TV. Desde luego que ambos, el noticiero y el humorismo, contribuyen a construir esa ficción necesaria que llamamos realidad, con la diferencia de que este último no comulga con el discurso del amo. Es bien conocida la habilidad del humorismo gráfico a lo largo de la historia moderna para eludir y transgredir censuras o prohibiciones y para desenmascarar y ridiculizar las rigideces, falsedades e hipocresías del discurso del poder y de las instituciones en general.

La caricatura, a mitad de camino entre el humor y lo cómico (pues se vale de la distorsión de la imagen) realiza -dice Freud- la destitución de “objetos eminentes y respetables”; está ligada al develamiento y a la advertencia, literalmente: “Este individuo al que admiras y veneras como a un semidiós, no es sino un hombre como tú”. No debe extrañar entonces que sus predilectos sean los políticos o figuras del espectáculo y del deporte, quienes además suelen ser -sin quererlo, claro está- sus mejores guionistas.

Pero ¿por qué los psicoanalistas?

Sin duda, testimonia algo asimilado e instalado en la cultura, digamos: “cuánto se analiza”, cuán público es el psicoanálisis (cosa curiosa), pero puede que diga también algo sobre “cómo se analiza”. Podría esgrimirse que subyacen camuflados ataques envidiosos; una suerte de querella o protesta contra “el Otro que sabe y goza de la vida”, encarnado por la figura del analista. ¿Habrá que revisar si en nuestra política de marketing – por así decir – los analistas hacemos promesas o vendemos ilusiones al respecto? ¿Se tratará de la mera proyección de una ilusión -caricaturizada- que la cultura le adjudica a la figura del psicoanalista, o podrá tratarse además de un resto, una deuda también, que haya que asumir?

Tal vez, a la manera del cirujano que se olvida un instrumento en el interior de su paciente, puede que no se opere bien, incluso que no se opere en absoluto, la destitución de esa figura casi solemne del analista amo del saber y del goce. Esto puede acontecer -aun involuntariamente- toda vez que un análisis transcurra como una masa de a dos, a la manera de la hipnosis, y se deslice como saldo hacia la identificación con la persona del analista, ubicado en el lugar del ideal.

De alguna manera, ya sea espontáneo de pasillo o de café, ya sea formalizado en la caricatura gráfica, el humor vendría a realizar esa destitución pendiente. Lo haría desacralizando al personaje, a sus rituales, a sus insignias (la barba, el diván, etc.) y a sus instituciones, dejando un saldo más humano y también más erógeno, pues al fin y al cabo es difícil querer a quien no se puede “cachar”.

Luis Campalans© Fuente: http://fp.chasque.net/~relacion/0208/humor.htm

Anuncios

Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: