“Recortes de lecturas”, Francisco Antonio Díaz García

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“Vivían, de hecho,en un segundo piso del barrio bajo de Santiago, en las cercanías de la calle Santo Domingo, cerca de donde viviste tú muchos años más tarde, en tu desclasamiento,pero no en tu desgracia, puesto que no lo viste nunca como una desgracia. Era, la residencia de las hermanas Cuevas, un segundo piso de tablas que crujían, de ruidos nocturnos, de ratas roedoras, de olores a comida. En una sala del fondo, sobre pedestales de madera en forma de altas cañas, se desplegaba el pequeño bosque de los sombreros, el bosque en penumbra. Él, Jorgito, mucho antes de pasar a ser Cuevitas, caminaría en la punta de los pies y lo miraría desde su altura infantil,fascinado. Su afición a la moda, a las formas, al misterio de los velos vaporosos, a los diseños audaces, ya sería notoria. Sentiría que los sombreros tenían, en su altura, en la relativa oscuridad, en el silencio alterado por vagos rumores domésticos, ecos de voces, choques de utensilios, zumbido de máquinas de coser, una vida secreta, independiente: cada sombrero le hablaría en una lengua particular, en su condición casi humana, en su vuelo inmóvil”.

“El inútil de la familia”. Jorge Edwards.

SEPARADOR PARRAFOS

“Durante todo el trasiego, el cabrero había permanecido sentado contra el brocal con la cabeza caída sobre el pecho. Cuando el muchacho hubo asegurado la carga con los cinteros, dispuso la manta por encima de todo para que el viejo pudiera viajar a lomos de la bestia. Se agacho junto al pastor y, en cuclillass, le habló.

– Ya he terminado de cargar al burro. Podemos irnos.

El cabrero no dijo nada, ni hizo el más leve movimiento. y el muchacho temió que hubiera muerto. Acercó una oreja a su boca y no escuchó nada. Asustado, le palpó el brazo inmóvil. ” Señor”, dijo. y el cabrero se revolvió contra la piedra y movió la cabeza con una lentitud fangosa. Los ojos se abrieron como cantos de monedas vetustas, gastadas las estrías, ya sin brillo. El hombre murmuró algo. El muchacho se agachó aún más y metió su cabeza casi en el pecho del viejo, que seguía murmurando.

– No le entiendo.

-Debes enterrar los cuerpos.

– ¿ Cómo?

-Entierra los cuerpos.

El muchacho se puso de pie y miró a su alrededor. El pueblo forrado de sombras y paredes caídas.

El cielo, en su cumbre, lejano. Echó la cabeza hacia atrás y resoplo. Se sentía al borde de la extenuación y en ese momento lo único que deseaba era volver a su agujero, el hoyo tibio y húmedo en el que se amodorró la primera noche de escapada. El cuenco primigenio hecho con el barro de la verdadera madre. El lugar en el que la temperatura es constante, en el que el sol no penetra y en el que las raíces horadan la arcilla y retienen el suelo cuando llegan el agua y el viento. Se miró las manos temblorosas y respiró. El burro cargado y dispuesto para la marcha y, a su lado, como un reflejo turbio, el viejo expresando un mandato ajeno incluso a sí mismo: dar sepultura a los bastardos, buscarles un acomodo a salvo de las fieras a la espera del juicio final.

El niño volvió a agacharse junto al viejo.

– No puedo hacerlo yo solo.

– Tendrás que hacerlo.

– No hay pala ni pico.

– Si no los entierras se los comerán los pájaros.

– ¿ Qué importa ya ?

– Sí importa.

-Esos hombres no lo merecen.

– Por eso debes hacerlo.”

“Intemperie”, Jesús Carrasco.

SEPARADOR PARRAFOS

“El Globo era el primer teatro construido por actores y para actores, lo que se notaba en su diseño. Estaba orientado de modo que el sol de la tarde, cuando tenían lugar las representaciones, no molestara a los interpretes, sino que diera sobre el público. Shakespeare dejaba caer los párpados y, disfrutando del calor del sol, se abandonaba pensando en la obra. Cuando más tarde abría los ojos, contemplaba el escenario e imaginaba el aspecto que tendían sobre las tablas las escenas que le habían acudido a la mente . El paso era siempre insatisfactorio.
A semejanza de otros teatros isabelinos abiertos, El Globo era una estructura de roble con planta octogonal. Estaba provisto de tres niveles de galerías orientadas hacia la parte interna y lo cubría un tejado de paja. En el centro disponía de un espacio despejado, que recordaba a un patio interior, conocido como ” La arena”. A Shakespeare le gustaba describir el conjunto como: “una miserable “O” de madera”.

                       “Shakespeare y la ballena blanca”, Jon Bilbao.

“Señores y sirvientes”, blog de Francisco Antonio Díaz García

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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