“Las máscaras del escritor”, Jaime Fernández Martín

catrin-tlaxcalaAndré Maurois observó que el novelista es el único hombre que puede ser discreto sin sufrir, ya que “sus confidencias salen disfrazadas”. Inventa ficciones para revelar las verdades que no muestra fuera de la letra impresa, multiplicándose en sus personajes y diluyéndose en ellos como la persona de carne y hueso que es, de manera que no se lo pueda reconocer por completo en ninguno y al mismo tiempo deje su huella en cada uno. Un autorretrato compuesto por múltiples fragmentos: las caras de sus personajes. Quien lo busque  en uno sólo de éstos, no lo encontrará. La novela pervivirá como género incuestionable mientras preserve este juego de metamorfosis en el que el novelista hace de juez y parte.

Aparentemente la vida del escritor está envuelta en un insignificante halo de normalidad. No se distingue de la de alguien que no se dedique a la creación artística. De hecho, sólo se distingue por esto. Su verdadera intimidad hay que buscarla en sus palabras, no en la imagen externa que ofrezca. En la palabra es él; en la imagen es otro.

Guy de Maupassant pensaba que el novelista sólo puede trasladar parcialmente a todos los personajes su  conocimiento del mundo o sus ideas sobre la vida y que su habilidad se reduce a evitar que el lector reconozca ese yo bajo las máscaras de las que se sirve para ocultarlo:

“Somos siempre nosotros los que nos mostramos en el cuerpo de un rey, de un asesino, de un ladrón o de un hombre honrado, de una cortesana, de una religiosa, de una joven educada o de una verdulera, ya que estamos obligados a plantearnos el problema de este modo: «Si yo fuera rey, asesino, ladrón, ramera, religiosa, joven educada o verdulera, ¿qué es lo que yo pensaría?, ¿qué es lo que yo haría?, ¿cómo me conduciría?» Por consiguiente, sólo diversificamos a nuestros personajes variándoles la edad, el sexo, la situación social y todas las circunstancias de la vida de nuestro yo”.

Cuando el novelista teje sus historias en torno a una suerte de alter ego, entonces la máscara tiene que ser doble. Así, mientras el lector aprecia un yo único e indivisible en ese personaje que se expresa en primera persona, como si tuviera una sola cara, su creador se multiplica en él endosándole sus contradicciones.

De manera más genérica, puede decirse que desde el momento en que alguien se comunica por escrito consigo mismo –me refiero a aquel que, como dice Joubert, habla no al oído sino a la memoria- su personalidad se ve sometida a un desdoblamiento involuntario. Escribir es como interpretar. Detrás de un escritor se esconde un actor que interpreta con palabras escritas. El resultado es que quien escribe no se parece a quien nos habla. De ahí la extrañeza, e incluso la sorpresa, que suscita el escritor al que sólo se le conoce por sus libros cuando se muestra en persona. Otro tanto les sucede a quienes lo tratan con regularidad. Cuando leen sus libros les parece que ha sido otro quien los ha escrito, como si fuesen dos individuos distintos. Y lo son.

La presencia enmascara el alma de quien escribe. El cuerpo en movimiento, la voz, las facciones de la cara, las manos, todo eso difiere del texto que esa persona escribió en soledad y en el que se reveló. Porque la palabra escrita y, por tanto, destinada a la lectura, revela, mientras que la presencia confunde, si es que no obnubila. Por eso se comprende mejor a los escritores muertos que a los vivos, a aquellos que reconocemos por sus libros que a los que conocemos en persona (en latín, “persona” significa “máscara”). Pero ¿y si la máscara verdadera fuese la escritura?

mascara-pastorelaYa Nietzsche había sugerido que quizá se escriban libros para “ocultar lo que escondemos dentro de nosotros” y que “toda opinión es también un escondite” y “toda palabra, también una máscara”. Del escritor podría decirse lo que el propio Nietzsche comentó del prototipo de hombre escondido, en el que se aúnan la profundidad y la máscara, y al que “sus destinos, así como sus decisiones delicadas, le salen al encuentro en caminos a los cuales pocos llegan alguna vez y cuya existencia no les es lícito conocer ni a sus más próximos e íntimos”. Semejante escondido, “que por instinto emplea el hablar para callar y silenciar, y que es inagotable en escapar a la comunicación, quiere y procura que sea una máscara de él la que circule en lugar suyo por los corazones y cabezas de sus amigos”. En una carta a su novia Nora Barnacle, el joven James Joyce le decía que “todos llevamos máscaras”, por lo que le rogaba que captara la sencillez que se ocultaba bajo sus disfraces.

A veces la máscara encubre la lucha que el escritor sostiene en su fuero interno entre elementos contrarios. Éste fue el caso de Thomas Mann, quien hasta el final de su existencia llevó puesta la máscara de la serenidad burguesa detrás de la cual se ocultaba la pugna feroz que se desarrollaba en su interior, y que trasladó a sus novelas y relatos, entre “las delicias de la normalidad” y el desorden, el frenesí de los sentidos y el caos, el apego a la vida y una tentadora atracción por la muerte, la disciplina y la integración social y una secreta tendencia hacia la marginalidad.

Otros escritores se ponen la máscara de la vida doble: empleados cumplidores por el día en alguna oficina y poetas por la noche, como Kafka, Pessoa, Kavafis, Wallace Stevens o Juan Rulfo. En la sociedad burguesa los más exquisitos pudieron permitirse el lujo de disfrazarse de dandis con un punto de esnobs: Lord Byron, Baudelaire, Oscar Wilde o Proust. Eran unos románticos fuera de lugar en una sociedad cada vez más utilitarista, vulgar y uniformada, que los observaba como pájaros de colores.

Al igual que en el gremio de los actores, también en el de escritores hay de todo. Están aquellos a los que se les nota enseguida que escriben, malinterpretando su papel, y cuya persona resulta ser una continuidad de su escritura: parecen lo que son. Tal como se muestran ante los demás, así escriben. Son transparentes. Ahora bien, el escritor que escribe para desnudarse, además de un bárbaro, es un farsante. Escribir debe ser un acto civilizador, propio de personas vestidas de arriba abajo. El escritor nato es un fingidor nato.

En el polo opuesto se encuentran los que parecen escribir con la naturalidad de quienes no escriben. Estos son los mejores, a los que el lector lee como si se leyera a sí mismo, de modo que lo leído se le antoja que bien habría podido escribirlo él mismo si hubiese tenido la voluntad de quien lo escribió. Quizá sea este desdoblamiento el que distingue a un escritor de alguien que no lo es. Pessoa lo expresó claramente en los versos del poema El poeta es un fingidor:

“El poeta es un fingidor./Finge tan profundamente/que hasta finge que es dolor/el dolor que de veras siente./Y quienes leen lo que escribe/sienten, en el dolor leído,/No los dos que el poeta vive,/ sino aquél que no han tenido”.

Máscaras-480x640No se lee a un escritor por la forma de vida que llevó, sino por el arte que puso en sus libros.  Sus secretos están más en las obras que en su vida. Se equivocan de camino quienes lo buscan en ésta. Pero el fisgoneo en los entresijos de su vida azuza la curiosidad morbosa, mientras que el conocimiento de su obra y del arte que la singulariza, requiere tiempo, dedicación y comprensión, o sea, algo mucho más complejo y de mayor alcance que la barata curiosidad. Además, el tiempo que el lector dedica a escudriñar en la biografía de un escritor lo más probable es que se lo robe al que podría invertir en la lectura de sus obras, que fue la razón primera y última por la que las escribió.

Por precaución, el escritor que tiene una vida agitada deberá cuidarse de borrar las huellas de ésta para que, ante la falta de pruebas, la posteridad, en el caso de que lo recuerde, se ocupe de su obra y se olvide de rastrear en su biografía. Nunca será una buena señal el que se encuentre más misterio en ésta que en su obra. En cambio, un escritor con una vida poco amena quizá goce de la ventaja de ser leído exclusivamente por su obra. Oscar Wilde aseveró que “los buenos artistas existen sólo en lo que hacen y, por tanto, son absolutamente anodinos en lo que son. Un gran poeta, un poeta grande de verdad, es la criatura más prosaica. Pero los poetas de índole menor son absolutamente fascinantes. Cuanto peores son sus rimas, más pintoresco es su aspecto”.

El gusto por la máscara ha llevado a algunos autores a franquear incluso las barreras de la ficción literaria, trasladando a su vida real la experiencia de mutarse en otros personajes, de agregar una nueva identidad (o más identidades) a la antigua, con la que vinieron al mundo. Para ello empezaron por cambiarse de nombre. Voltaire no fue bautizado con ese nombre sino con el de François-Marie Arouet, el hijo del notario Arouet. Según su biógrafo René Pomeau, no sólo se escondió detrás del pseudónimo sino bajo el nombre de numerosos personajes de sus obras de teatro. “Encontró en el artificio teatral el medio de satisfacer las exigencias contradictorias del reclamo y el secreto”. Al contrario que Rousseau, el autor de la célebres Confesiones escritas con una sinceridad declarada, Voltaire se negó a hablar de sí mismo, no sólo por respeto a las convenciones  sociales de su tiempo. Su pluma prolífica contrastaba con la parquedad de su corazón.

El deseo más querido por Stendhal era “llevar una máscara” y cambiarse de nombre. Como cuenta Stefan Zweig en el estudio biográfico del autor de Rojo y negro, sólo se sentía seguro tras el pseudónimo, “en la información falsa”, seducido por el placer innato en “provocar asombro, en fingir y ocultarse”. En una ocasión jugó a disfrazarse de pensionista austriaco y en otra de antiguo oficial de caballería. Su máscara preferida fue usar un nombre enigmático para sus compatriotas, tomado de una pequeña localidad prusiana. Incluso se presentó enmascarado ante la muerte, con un “romántico disfraz para ella”. Ello no obsta para que “este maestro en el arte de la simulación”, como lo define Zweig, haya sido uno de pocos hombres que han confesado ante el mundo “tantas verdades sobre sí mismo”.

Stendhal ignoraba que después de su muerte el crítico literario Sainte-Beuve se propondría nada menos que “juzgar con claridad a este espíritu tan complicado”, pero tan admirado por escritores de la nueva generación, recurriendo a los testimonios de quienes lo conocieron en sus buenos tiempos y en los comienzos de su carrera literaria, y hasta prescindiendo de sus impresiones y de los recuerdos que tenía de él. El resultado de sus investigaciones lo resumió en dos líneas, que han pasado a la historia de los grandes gazapos de la crítica literaria: “Acabo de releer, o de intentar hacerlo, las novelas de Stendhal; son francamente detestables”. Paliaba su crítica añadiendo que al menos no eran vulgares.

El método de Sainte-Beuve, duramente denostado por Proust, se basaba en la premisa de que la obra de un autor se conoce mejor si se está al corriente de su régimen de vida, sus opiniones sobre la religión, las mujeres, el dinero, la naturaleza, y también, cómo no, por sus vicios o puntos flacos. Postulaba que era imposible separar al hombre de su obra. Él mismo confesó su gusto por las correspondencias, las conversaciones, los pensamientos y “todos los pormenores del carácter, de las costumbres, en una palabra, de la biografía de los grandes escritores”.

Proust refutará esta tesis alegando que “un libro es el producto de otro yo distinto del que expresamos a través de nuestras costumbres en sociedad, en nuestros vicios”. Quien escribió esta observación se sentía plenamente identificado con ella. El Proust que conocieron quienes tuvieron la oportunidad de tratarlo en su ajetreada vida social –el “pequeño Marcel”, como lo llamaban sus amigos, tan educado, encantador, “casi demasiado ferviente y delicado”, en palabras de su ama de llaves, Céleste Albaret- difería bastante del que escribía por las noches su novela, en la que relataba sin complacencia alguna el ocaso de la sociedad aristocrática que quizá sólo él percibía con lucidez, aislado del mundo exterior por las láminas de corcho que cubrían las paredes de su habitación. “Él nunca había dejado de verse en ese lugar, sólo los demás estaban sorprendidos”, añade Albaret.

El original universo literario de Fernando Pessoa se mueve en un incesante juego de metamorfosis del yo, en el que el propio escritor se involucró con sus heterónimos-máscaras, cada uno de ellos portador de una personalidad y una biografía diferente. Estamos ante un yo que se divide y multiplica según el sentir del poeta. Da la casualidad de que Pessoa significa “persona”, palabra que, como he recordado anteriormente, proviene del latín y designa la máscara usada por un personaje teatral.

La imaginación literaria de Pessoa se regodeaba en el juego del desdoblamiento derivado de la oposición entre la apariencia visible y el ser invisible, entre la presencia de carne y hueso y la meramente fantasmal, imperceptible para los otros, entre el funcionario-empleado de día, completamente visible para sus iguales, y el poeta diluido en la oscuridad nocturna, y entre la opinión que los demás pudieran formarse del escritor y la que él tenía de sí mismo.

El poeta es un fingidor, o sea, un actor que interpreta tan verosímilmente sus papeles que los espectadores lo toman por cada uno de ellos, olvidándose por completo del intérprete. Cuanto menos sea en el mundo real, mayores serán las posibilidades de representar más papeles y más variados, por supuesto. Consecuente con este postulado, Pessoa recomienda “monotonizar” la existencia para así poder forjar todo un mundo de cada minúsculo incidente y de paso hacerla más amena. Hay que organizar de tal manera nuestra vida que “sea para los otros un misterio, que quien mejor nos conozca sólo nos desconozca más de cerca que los otros”.

Son numerosos los pensamientos del autor portugués sobre esta experiencia, principalmente por boca de uno de sus heterónimos, Bernardo Soares, autor de Libro del desasosiego: “Mi alma es una orquesta oculta. Sólo me conozco como sinfonía”; “vivir es ser otro”; “yo mismo no sé si este yo que os expongo, en estas sinuosas páginas, realmente existe o tan sólo es un concepto estético y falso que he formado de mí mismo”; “todo en mí es la tendencia a ser inmediatamente otra cosa”; “el alma humana es un manicomio de caricaturas”; “la mayoría de la gente vive con espontaneidad una vida ficticia y ajena”; “somos esfinges falsas, y no sabemos lo que somos realmente”.

Claudio Magris ha referido una anécdota que le reveló la existencia de un Canetti huidizo al que una vez telefoneó a su viejo piso de Londres, después de haber intentado en vano contactar con él en su casa de Zúrich. La voz de una anciana señora inglesa le respondió gentilmente que el escritor vendría enseguida, y de hecho, un instante después estaba al aparato, cordial y afectuoso. Entonces le aclaró que se había retirado unas semanas a Londres, lejos de su familia, para terminar un libro y poder ser localizado cuando tuviese ganas o necesidad. Luego le confesó que había sido él quien se había puesto antes al teléfono, con esa voz de anciana inglesa…

Magris ve en esta anécdota la necesidad que tenía Canetti, el inventor de las metamorfosis, de jugar a ser otro, de mutarse. Detrás de su afabilidad, “que parece tan diversa de las aristas de Auto de fe, como tras la llana ligereza de su autobiografía, que engañosamente parece decirlo todo”, apreciaba una reticencia “que oculta, huidiza y mimética, una impredecible diversidad, una identidad inimaginable”.

En sus Apuntes (1942-1993), Elias Canetti reconoció escribir “para ser distinto”, ya que “los embusteros de la escritura siguen siendo lo que de todos modos son”. Máscaras acústicas fue el nombre con el que designó los grados de encubrimiento representados y expresados por la forma de hablar de algunos de los personajes de El rey Lear, quienes en determinados momentos cambian de registro lingüístico para protegerse del peligro de ser aniquilados por sus enemigos.

Jaime Fernández Martín©

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Acerca de Juan Zapato

Desde temprana edad mi incursión por las palabras escritas fue delineando mi perfil intelectual hacia la literatura. Ángela, mi abuela, con su cálida voz y esa facilidad para transmitir oralmente las historias que solían acompañarme por las noches –preparación para el sueño– despertó en mí la pasión por los libros. Luego vino el amor, junto con las primeras palabras que dibujaran versos adolescentes, impulsos quebrados en forzosas rimas, la intención que conlleva la pureza de plasmar sobre una hoja un universo de fantasías reales y de realidades fantásticas, trampas que el inconsciente juega a nuestros sentidos. Trasnochadas de cafés compartidas con poetas, salvadores del mundo, sabihondos y suicidas. Horas sumergidas en librerías buscando los tesoros de la literatura olvidados en algún estante. Cartas que nunca partieron hacia ningún lugar. Conversaciones perdidas con la gente que ya no está”. Ver todas las entradas de Juan Zapato

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